Madama Butterfly en el Real

Bajo los focos, ante las cámaras. Público que observa al público que observa. Un escenario que gira transponiendo los planos, jugando con el travelling de la cámara cuando es realmente la escena la que se mueve. Una más que notable dirección de escena de Mario Gas y una soberbia dirección musical a cargo de Plácido Domingo. Así es Madama Butterfly, el último estreno del Teatro Real de Madrid.

Un juego escenográfico en el que la dramática historia de John Luther Long es rodada en cine. Director y actores esperan la llegada del público sobre el escenario, en los prolegómenos del “cinco y acción”. El primer acto pasa ante mis ojos y oídos sin pena ni gloria, quizá como en aquel primer estreno de febrero de 1904 que obligó a Puccini a introducir cambios.

El segundo acto es ya otra cosa. Tras el solitario “Un Bel Di Vedremo” comienza la apoteósica interpretación actoral, dejando casi en un segundo plano la interpretación musical de todo el reparto: un ejercicio de orquesta y actuación teatral que superan la partitura de Puccini. Y luego llegó el final del segundo acto: un momento de insuperable intimidad, bajo las cámaras que lentamente acechan a la protagonista, un instante que arrancó alguna que otra lágrima.

Silencio, oscuridad. La orquesta afina de nuevo a 440. Vuelve la luz, vuelve el drama, tercer acto. Sostenido el público de un fino hilo de seda, igual dió que se bordara el “Addio Fiorito Asil“, estaba ya todo hecho.

Una historia sin historia

A veces dígome a mí mismo qué pasaría si comenzara una historia sin historia, un relato sin argumento alguno. Comenzar a teclear sobre una peripecia cualquiera, real o inventada: hacer volar la imaginación o dejar que la inventiva se arrastre por el suelo. Lo más probable es que la historia comenzara de alguna manera igual que este relato, con una breve introducción para calentar al espectador, lector, mientras se me ocurre algo ingenioso o me viniera algo a la memoria. Seguramente ocurriera lo que ahora, que se acumulan las líneas sin tener algo, nada que decir. Incluso puede que se acumularan las palabras, nombres, adverbios, conjunciones copulativas y copulantes verbos, conjugados frívolamente y espolvoreados de epítetos y especificativos adjetivos que darían al texto un tono pedante y relamido. Podría incluso llegar el momento de borrar lo escrito, o incluso concluirlo esperando que alguien entendiera en todo ello una genialidad, una ocurrencia. Pero también podría continuar, describiendo la mayor y la menor de las cosas que me circundan como si de una gloria o desgracia trascendente se tratara. O quizá seguir sin más, escribiendo como quien escucha el teclado de un piano sordo, mudo más bien, línea tras línea, letra tras letra. Entonces es probable, según dicen los expertos, que en un momento llegase la inspiración, una fina línea argumental a la que agarrarse, ese hilo del que tirar, sin desesperación pero desesperado, esperando que tras él llegue lo esperado…

Poema de Horizontes Germanos

Pareja de luz
árboles de profunda raíz
y hojas de llama azul
vuestros ojos.

Enamorados de España
España enamorada de vos
como dos espejos que
reflejándose crecen.

Porque en la distancia
el recuerdo es más intenso
como feliz y clara
vuestra sonrisa.

Nacerán nuevas luces
de vuestra cálida piel
claras serán para el mundo
y de vuelo elevado.

Ilusión para vuestra nueva vida
y a los horizontes amplitud
en nosotros alegría
caminamos juntos.

Excesos y déficits

En la incorporación a la autopista, habiendo entrado usted sin ceder el paso, se ha colocado directamente en el carril izquierdo al abandonar la vía de aceleración. Lleva un exceso de velocidad superior a 50 Km/h en los últimos dos kilómetros, el piloto trasero izquierdo de freno no le luce, los retrovisores no están homologados y, aun sin haberse bajado del vehículo, puedo decirle que tiene usted unos ojos preciosos.

Cosas

Hay cosas que me gustan mucho.
Cosas que me gustan.
Cosas que no me gustan.
Y cosas que no me gustan nada.
También hay cosas que me disgustan.

Me gustan mucho.
Me gustan.
No me gustan.
No me gustan nada.
Me disgustan.

Mucho.
Normal.
Poco.
Nada.

De nada.

Equus en el West End londinense

Predispuesto el espectador a contemplar esta imagen, el morbo está servido. El inocente niño que tan de cerca hemos observado en la multimillonaria saga de Harry Potter, se enfrenta a su propio mito. Eso es quizá lo que él o sus representantes han decidido que esté en la mente del espectador antes de que la obra comience.

Seis cabezas equinas, metálicas, esquemáticas y casi esqueléticas, presiden la estancia colgadas de las seis puertas del establo. El espacio, negro, circular, en plano inclinado, presenta cuatro prismas negros, cuatro cajas, que sirven de referente visual; cuatro elementos móviles que son desplazados por los actores a lo largo de la obra. Una luz azul, casi ultravioleta, ilumina las cabezas. El público rodea el escenario, el teatro es antiguo, muy londinense.

Richard Griffiths es el psiquiatra, soberbio en todo momento. Daniel Radcliffe demuestra que es capaz de pulverizar sus registros anteriores, a pesar incluso de su ligera incomodidad por el desnudo frontal del final, pero esto es lo de menos. El montaje es extraordinario, y el final del primer acto apoteósico, quizá el mejor Radcliffe de toda la obra. En solitario, con el torso descubierto y enfundado en unos vaqueros azules, galopando excitado un impresionante corcel (Will Kemp, que estrena ahora en España la película Miguel and William) sobre un suelo giratorio.

El resto de la obra es una reflexión, un viaje oscuro a los orígenes del sexo y sus mitos. El texto perturbador, sobre el filo de la navaja, clava sus zarpas en la conciencia del espectador y no la suelta ni siquiera después de salir del teatro. ¿Cuál es el origen de las filias sexuales? ¿Qué o quién las fija en cada persona y cuándo? ¿Es libre el individuo en la elección? Y, una vez fijadas para siempre, ¿qué hacer si no son socialmente, éticamente aceptadas? La carga de responsabilidad del psiquiatra es la carga que la humanidad soporta ante cada individuo: una vez extirpada la filia sexual no es posible fijarla en otro objetivo (acto, objeto o persona) así como así. Las experiencias del placer y del dolor quedarán ya definitivamente mutiladas, el ser incompleto.

De cómo se encuentra un restaurante favorito


(Le bar à huîtres – París, 26/Oct/2003)

Caminas a solas por París, que es como mejor se camina una ciudad (bueno, es como mejor se hacen la mayoría de las cosas) y te metes en un restaurante a comer. Te asomas, dudas si será el restaurante adecuado para comer a solas. Lo mejor es que esté situado al lado de tu plaza parisina favorita (Place des Vosges). Te puede ocurrir incluso que ese día, domingo, hayan cambiado de horario de verano a horario de invierno y, estando fuera de casa y semidesconectado del mundo, llegues una hora antes de lo normal. El restaurante tiene muy buena pinta (tienes un olfato excelente para los restaurantes) pero quizá esté vacío. Aún así, entras y pides mesa (con tu francés escaso). Te dice el maitre que está todo reservado (tienes buen olfato) y te ofrece una de las butacas elevadas en una pequeña barra que está al fondo a la izquierda. Te sientas y pides un vino blanco francés (no te acuerdas después de la marca), ostras, erizos (te encantan los erizos), buey de mar, camarones y mejillones crudos (gallegos, al gusto francés). Pasas el rato despiezando los alimentos y el restaurante se empieza a llenar. Es un restaurante con las paredes llenas de conchas y caracolas naturales, como un mosaico bizantino pero con almejitas en lugar de teselas. Se ocupan gradualmente todas las sillas del restaurante, incluidas las butacas que están en la barra. Terminas hablando con una pareja (padre e hija) que come en las dos butacas de al lado: comentando lo hermoso que es París, lo raro que es estar comiendo solo en un restaurante de 60 Euros por persona y lo emocionante de estar charlando y brindando con unos desconocidos. Sacas unas fotos con la cámara del teléfono (Nokia) y las comentas en tu blog más de tres años después.