Archivo de la categoría: teatro

Letales besos

No necesito de tus cuidados para sobrevivir. No los quiero, ni siquiera te los he pedido alguna vez. No puedo mendigar tus retales, ya sabes que aprecio más que nada mi propia piel. Estoy a tu lado, sí, pero nunca hemos compartido ilusiones, ni siquiera un bocado de una mísera hamburguesa. No estamos hechos el uno para el otro, aunque te empeñes en otorgarme necesidades banales.

Me dices que esto no es amor. No lo sé ni me importa, y reconócelo, a ti tampoco. Pasión quizá, intensa y efímera, como un orgasmo. Acabas de gemir y todavía te da tiempo a escuchar tu propio eco. Un escalofrío de envidia te sacude hasta que reconoces en el clímax tu propia voz. Entonces te dices, lastimosa, que no ha sido para tanto. Mejor si lo hubieran filmado.

Tu obsesión por la perfección me lleva a la locura. ¿Qué sentido le hallas a vivir en un cuento de hadas? La vida es como es, disfrútala. Me has sumergido en un océano de presiones que no soporto, tu mirada condescendiente me produce repentinos vómitos que ya no soy capaz de disimular.

Te empeñas en dar a todo demasiadas vueltas. Los auténticos besos envenenan la razón y al final lo único que consigues es perder tus amistades. Las historias románticas siempre dejan de serlo y después regresas al basurero de tu pueblo a rebuscar entre despojos humanos. Algo encontrarás, seguro, allí siempre habitan amistades superfluas que nunca lamentaron tu silencio. El verdadero amigo jamás recuperará tu confianza, tuvo que continuar solo la batalla y sin ti saboreará las contadas mieles de la vida. 

¡Deja ya de mirar a los lados, la gente se ha cansado de escuchar, de mirar, de reír! ¡Tu historia ya no importa a nadie! ¡Sí, se acabó, olvida el puto qué dirán!…A partir de hoy no habrá nadie que te conozca, tus ojos no se cruzarán con más ojos, tu piel olvidará pronto el calor. Sólo escucharás el grito animal del hombre, la voz que una vez convirtió para siempre el edén en dolor. Tendrás la suerte de sentir que para uno gozar de verdad alguien tiene que sufrir, que la vida sólo es auténtica vida si está rodeada de humillación, de destrucción y de muerte.

Hoy nacerás de nuevo, pero esta vez será de verdad, sin infancia, sin inocencia. Y esta vez la sociedad no aplaudirá tu paso vacilante, nadie consolará tu lloro, se acabaron los chupetes, se agotaron las maicenas. Estarás por fin ante ti misma para descubrir que dentro de ese abrigo de piel y huesos no eres otra cosa que un humano más en este planeta de mierda que ha disfrazado de amor sus continuados fracasos.

Por eso no te llamo amor, porque no lo necesitas. Sigue acariciando mi sexo, al menos sentirás algo más duro que la propia existencia.

En tus ojos

Quisiera saber por qué te extraño. Por qué cada vez que cierro los ojos y respiro profundo me encuentro en la playa donde crecí, con la sensación de tener los pies sobre la húmeda arena, en el límite de un inmenso océano.

Te reconozco que es una sensación extraña, inquietante, de tensa espera. Últimamente casi percibo el suave rumor de las olas, justo antes de que un pequeño escalofrío recorra mis piernas como añorando la inminente llegada de una gélida caricia.

Sé que es sólo mi imaginación, pero aun así, ni siquiera me atrevo a dar el corto paso que me permita confirmar que esta sensación no es real. Quieta, entumecida y ligeramente estúpida. Así es como me siento.

Fui yo la que se fue, la que decidió devolver la barca y continuar el camino por tierra firme. Estaba cansada de navegar sin remos, de flotar a la deriva esperando que tus aleatorios impulsos me llevaran a buen puerto. Quería vivir mi vida protagonista, aunque fuese al margen de la tuya. Lo siento.

En tus ojos había verde marejada y no supe verlo. Ahora sé que jamás me he sentido igual que cuando mi corazón se agitaba con tus inesperadas locuras, sobrepasando embravecida el horizonte, sumergiéndome asfixiada en tus vaivenes. Amanecer mecida en tu brisa, descubrir cada día un nuevo horizonte. Navegar, sí, navegar de nuevo, ahogarme en tu risa, perderme en aquel azul cielo atascado de estrellas, de estrellas…

No imaginas cómo esta dura tierra ha secado mi corazón. Atrás quedaron la tempestad, tus risas y tus besos. Hoy sólo resuenan las olas de un océano cada vez más inmerso en la bruma del recuerdo. A mi lado veo la barca, reseca y frágil, ya sólo sirve de leña, de madera que aviva hogueras en frías noches de invierno. El tiempo no ha perdonado ni uno solo de sus días.

Tengo miedo a cerrar de nuevo los ojos, miedo porque estarás ahí y no te querré tener. ¿No me atreveré a dar nunca ese paso, ese minúsculo y desquiciante paso?. En el norte acostumbramos a esperar a que suba la marea, aunque quizá para entonces ya te hayas evaporado.

(“En tus ojos” forma parte de la serie de monólogos “Corazones negros”) 

El último adiós

Hoy ya todo me resulta más sencillo. Hoy sé que puedo partir, que ya no me necesitas porque nuestro amor, al fin, se ha convertido en un dulce recuerdo. Nuestra historia reposa plácida en las páginas de tu diario, mis besos duermen para siempre entre tus labios.

He sufrido interminables noches esperando la llegada de tu nuevo amor. No llores, no escondas tus temblorosas manos porque seré feliz si eres feliz. Levanta tus ojos, relaja tu cara y dedícame uno de tus guiños traviesos, sólo uno, el último. Respira profundo, desafía al destino sin vergüenza. Canta, grita, ríe para él como sólo tú sabes. Yo estaré ya lejos, gozaré cada uno de tus gozos y recordaré el sabor de cada uno de tus besos. Nada me hará más feliz que tu felicidad, ya sabes que amarte no pude más.

El tiempo que estuvimos juntos me queda en el recuerdo. Los finales siempre llegan, más pronto o más tarde, no tiene sentido que te lamentes más. Sé que piensas que no tuvimos el suficiente tiempo para disfrutar, pero te equivocas. Un reloj no es el instrumento adecuado para medir nuestra historia porque nuestra historia no tiene años, ni días, ni tan siquiera minutos, el amor la hizo eterna.

No tengas miedo a amar de nuevo. Encontrarás miles de maravillosas cosas que surgirán de nuevo cada día, como de la nada, como antes, ¿te acuerdas? Llegarán arrastrándote a veces como una cascada, otras en cambio espaciadas, como un cuentagotas. Todas ellas formarán pronto parte de otra historia, de otro diario. Por eso necesitaba estar hoy contigo, quería ver tu sonrisa y llevarme para el camino tu perfume.

Si al menos se me permitiera acariciarte una última vez, si en un robado segundo las yemas de mis dedos secaran tus lágrimas, si en ése descuidado instante mis brazos te rodearan de nuevo…Dios mío, cómo latiría mi corazón de nuevo fuerte en tu pecho, cómo jugarían otra vez mis dedos con el lunar de tu espalda, cómo lloraría esta segunda despedida, este último adiós.

Sin embargo ya es demasiado tarde, tú ya no puedes oírme. Ahora que mi cuerpo es sólo un montón de tierra y mi voz un murmullo en el atardecer he de partir para siempre. Gracias por las flores, las últimas flores. Gracias y hasta siempre amor mío. Corre, vete y no mires atrás, a mí el cielo me espera y a ti la vida te está echando de menos.

(“El último adiós forma parte de la serie de monólogos “Corazones negros”) 

Mujer amada

No te preguntes cómo he llegado hasta aquí.
No me mires con esos ojos
ni quieras saber cómo me llamo
porque no te lo diré.
Por más que lo intentes
no acertarás a pronunciar mi sagrado nombre,
porque surjo de la nada
y desaparezco entre las sombras.

Me conoces,
he comido contigo miles de veces,
he bailado abrazada a ti cada noche,
hemos hecho el amor lo suficiente
como para que no seas capaz de olvidarme.

Mi abrasador tacto te aturde,
mi aliento de brisa te desquicia,
mi voz te derrumba.
Soy la mujer que anhelas cada día
y persigues cada noche,
la que te embriaga con un beso
y te tumba con un golpe de cadera.

Mi cuerpo es El Cuerpo,
mi mirada La Mirada,
mi voz La Voz.
No intentes atraparme porque no podrás,
sólo me quedaré si me apetece.

Soy libre porque no existo sin amor,
porque cada vez que te amas me dejas de amar
y desaparezco entre la maleza que descuidas.
Vivo y muero cada día, cada hora.
No sabes dónde encontrarme
hasta que ya estoy a tu lado.
Soy todas y soy una,
tengo mil caras y ninguna.

Contigo llego,
en ti amanezco.
Sobre tu piel florece mi piel,
sobre tu beso mi beso.
Conmigo ves aparecer
ante ti el bosque al que temes,
el que disfrutas con miedo.
El viento agita las ramas, ¡no temas!
Es sólo placer, algo de sexo.
Déjame demostrarte mi poder,
olvídate ya del pasado.
No intentes buscar un rayo de luz
que rompa esta intimidad.
En la oscuridad de este sueño
te haré sentir de nuevo aquello
que una vez creíste haber hallado.

Pero en mí no has de buscar
beneficios mundanos,
no los hay.
Mi cuerpo no esconde fruto,
no soy mujer de provecho.

¿Cuántos nuevos rostros
necesitas que te muestre?
¿Cuántos más para que entiendas
que el amor sólo es amor si es inútil?

En tus sueños me intuyes,
en tu vela deserto.
Obligada a mudar cada rato
la humana piel que tan grato
me abriga.

Del amor que me niegas
se alimenta esta eterna
huida a la que condenada
me siento.

Sí,
a ti te hablo,
hombre que ama.
Yo soy poderosa,
yo soy mujer,
yo soy amada.

Mi nombre jamás lo sabrás
porque aquél que conociera mi nombre
podría llamarme cuando le interesara.
Aquél que mi nombre dominara
podría tenerme a su antojo.

Ah…
si supieras que en cada caricia me enredas,
que en cada improvisada sonrisa me pierdo,
que en cada callado beso me olvido…
pero eso sería demasiado decir.

Cierra los ojos, respira tranquilo.
Calla tus labios… escucha.
Siéntate… descansa.

Hoy estoy aquí para que no sufras,
y puede que esta vez me quede para siempre.

(Forma parte de la obra de Teatro basada en monólogos “Corazones Negros”)