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Casi todo el tiempo

“Como me dijiste que sería,
así es,
casi todo el tiempo”

Una historia correcta, una vida sencilla. Los días… los días pasan, atraviesan monótonos las frías tardes de invierno. Sigo en aquel trabajo, y viajo mucho. Atiendo las peticiones estúpidas de grandes corporaciones, escribo y des-escribo, copio, pego, sonrío. Todo como dijiste. Todo igual. No me he casado todavía, tengo miedo. Aún creo ser demasiado joven, soñando con la libertad, casi todo el tiempo…

Y tú… tú seguirás estudiando, y mejorando tu francés, niña londinense en París. Tú vivirás la vida de jóvenes que yo ya una vez viví en otros lugares. Estarás quizá con tus amigas, corriendo bajo los soportales de la Place des Vosges con las mejillas acaloradas. O besando a desconocidos en cafeterías de Montmartre, quién sabe, un domingo por la mañana:

Llegarás quizá de nuevo con tu taza y tu croissant, y con uno de esos zumos embotellados que los franceses tan caros saben vender. Te desabrocharás el abrigo y te desenroscarás la bufanda, azul, verde, gris, roja, quién sabe. Sacarás tu pequeño diario y mirarás al extranjero que se sienta solo al fondo del café, y quizá le dediques una de tus luminosas sonrisas. Y entre frase y frase, algún cabello rubio de tu coleta bailará al son de tus miradas, hasta que aquel extranjero se levante y te pida fuego. Entonces te apartarás a un lado en ese banco negro de madera despintada y, mientras él se sienta, le pedirás un cigarro. Y hablaréis de la vida y lo imposible, y compartiréis un trago de zumo, el café y el cenicero. Luego caminaréis por la Place du Tertre ese lluvioso día de enero, quizá, y os detendréis en los pequeños puestos de pintores. Y tú posiblemente le regales un pequeño óleo del Sacre Coeur. Y puede que paséis el resto de la mañana entre calles y plazas, tú con tu liviano brazo en su cintura y él con su mano sobre tu hombro. Y así, cerca del mediodía, llegará un último beso con sabor a café, y le dirás entonces que tú deseas para ti la vida que él ya tiene para sí, casi todo el tiempo…

Así es, una vida sencilla, como dijiste que sería, casi todo el tiempo. Y desde el sofá en el que hoy se abrazan a mi cintura, mientras pasa esta tarde de domingo, yo observo ese pequeño óleo colgado en el salón. Y cierro los ojos… mis ojos, que sólo recuerdan tu sonrisa. Entonces me levanto y me preparo un café.

Gymnopédies Nº1 (Jesusito de mi vida)

Aquella canción, pieza como te gustaba llamarla, dos minutos y cuarenta y pico, lenta y dolorosa, lente et douloureuse se ha ido, Jesusito. La cinta que me grabaste cuando te empezaron a flaquear las manos se borró ayer sin yo quererlo. Me sabe mal, Jesusito, me sabe mal. Por eso he venido.Perdona que te traiga estas letras escritas y no te las lea de viva voz, pero la vista ya no me acompaña, y la memoria para saber dónde puse las gafas la semana pasada tampoco. Han pasado años ya, verdad, y sigues como aquí, a ratos. Este último tiempo he venido poco, o nada dirás. Apenas me dejan salir de la residencia sola. Ves, eso nos pasa por no querer tener niños. Nos las apañamos bien de jóvenes pero cuando la cosa se puso fea me dejaste con los silencios, esos silencios tan tuyos. Me acuerdo de nuestras discusiones sobre música, y de Gynopédies Nº 1, la primera canción moderna de piano que me gustó. Yo aplaudía antes de que terminaras, y tú me reñías porque el último compás de silencio decías que también era música. ¡Qué cosas! Y los paseos por los Campos Elíseos después de tus conciertos, y te decía si ya podía hablar o si tu taconeo seguía dentro del último compás.

Y después el alzheimer y nos volvimos. Te lo cuento como si no lo supieras, pero con esa enfermedad, Jesusito, es como si no lo supieras. Y me grabaste Gymnopédies Nº 1 con el magnetófono que nos regaló mi hermana aquella primera Navidad de vuelta en España. Para que me escuches cuando ya no pueda tocar. ¡Ay, tus pruebas de acústica! Con esa castaña de magnetofón, que luego me dijo que le costó dos perras un día que nos enfadamos, y tú pensando en la acústica. Decidiste meterlo en el piano, bajo la tapa, porque se grababa mejor. Y cada vez que lo he escuchado desde que te fuiste, con el sonido de la tapa cerrándose y abriéndose, o abriéndose y cerrándose, al principio y al final, parece que salieras tú del ataúd para tocarla. Sor Camino me lo decía, la muy bruta: ¡Guarde esa cinta que bastantes muertos tenemos aquí cada año como para escuchar a Jesusito el vampiro!

Ya he ido a la revisión esta mañana y don Ignacio me ha extendido un cheque de doce meses si cuido de catarros, caídas y colitis (las tres ces, como se las conoce y se las teme). Pero el cuerpo, qué penita de cuerpo, Jesusito. Si lo vieras, con esos ojitos de músico loco, dirías si te pinto de negro pareces un semitono. Ahora sí que parezco una francesita, eso me dice Tomás, Aladino que yo le digo, todo el día con el clarinete para arriba y para abajo. Sor Camino le grita Aladino, calle ya un poquito, pero ese sí que no sabe lo que son los silencios.

Y Manuela me dejó la habitación para mi sola… Se fue con la tercera ce y casi me lleva a mí detrás gaseada como en Auschwitz. Ahora, alguna noche, viene el Aladino con su clarinete y me dice unas cochinadas que no veas. Le digo, toca, toca, que así no hablas, pero se me mete en la cama y me dice que su lengua es mejor que los dedos de mi difunto. El clarinete es el instrumento de los mejores amantes, me dice el muy guarro. Y yo le ponía la cinta en el magnetófono, aunque ya casi sólo se oía la tapa abrirse y cerrarse. ¡Pero ay anoche, Jesusito! Le pongo al play, sale la tapa y en lugar de nuestro Gymnopédies Nº 1, me suena la marcha de la procesión del Corpus en clarinete, que me la ha grabado encima. Entre tapa y tapa, Jesusito, y ya no te tengo. Te dejo aquí el magnetófono, igual tú puedes con esto.

Besos,
tu Anita

El final de Arquímedes

Curioso es al menos que las verdades incontestables de la ciencia no se puedan aplicar a las relaciones entre los seres humanos. Este mundo se rige por las leyes de la naturaleza, leyes matemáticas que empezamos a conocer desde hace apenas un puñado de siglos, leyes físicas y químicas que explican la atracción entre los cuerpos, la relación entre la fuerza aplicada y la velocidad alcanzada, entre la mezcla de componentes químicos y la temperatura que alcanza la reacción, el compuesto final y el calor liberado. Somos la suma consciente de un conjunto de fórmulas que regulan la interacción de cada uno de nuestros componentes y la interrelación con nuestro entorno.

No se me olvida el último siglo y los avances en teoría de caos, la dualidad onda-corpúsculo de la luz, la relatividad de Einstein, de igual forma que tampoco se me olvida el Principio de Indeterminación de Heisenberg: “Es imposible conocer simultáneamente la posición y la velocidad del electrón, y por lo tanto determinar su trayectoria; cuanta más precisión se obtenga en conocer su posición mayor error se comete en conocer su velocidad y viceversa”.

Yo creo que fueron las veces que te pregunté si me querías lo que hizo que dejaras de amarme. Mis dudas y tu silencio, mi esfuerzo y tu aparente indiferencia. La avalancha de besos y detalles cotidianos, llamadas y cafés, y mi tiempo, el que ahora me sobra. Pero es que cuando me enamoré de ti yo me regía por la física de Newton y la estupidez de Eva, seducidos ambos por dos malditas manzanas. Principios de acción y reacción, de dos más dos siempre son cuatro… pero no lo fueron.

Todo avanzaba a un hermoso ritmo y sentíamos los árboles pasar, como ahora. Caminábamos juntos, pero yo me empeñé en averiguar a dónde, y a fuerza de preguntar me confirmaste que a ninguna parte. Ahí nos quedamos: supe la posición pero alteré la velocidad. Nuestra trayectoria murió.Hoy sólo queda el espacio que dejaste y el tiempo que sin ti se consume, mis libros de física y este paseo rutinario y vacío. Es el peso del volumen desalojado, como formuló Arquímedes, lo que provoca un empuje, pero en mi caso es hacia abajo. Debe ser que vivo en un mundo al revés y que empecé contigo por donde todos, probablemente, terminan.

A la deriva

Dicen que el que escribe es alguien que no está muy seguro de quién es, que el destino le ha puesto en un lugar en el que no es feliz y que por eso diluye sus problemas en universos fantasiosos y, en ocasiones, infantiles. Es alguien que busca en la persona que está al otro lado del papel un pecho en el que apoyar de vez en cuando la cabeza. No quiero otorgarte esta responsabilidad, no me entiendas mal, sería demasiada carga.

Lo que quería decirte es que no creo que este problema de identidad me afecte tan solo a mí. Ahora mismo, por ejemplo, estarás imaginando una cara, unos labios diciéndote estas cosas, aunque bien sabes que yo jamás me atrevería a decirte esto directamente. Preferiría que me imaginases escribiendo… Mejor así, gracias. ¿Y tú? Yo te imagino leyendo, pensando que no tienes mucho tiempo y que te quedan todavía unas líneas más y te daría las gracias por tu paciencia.

Pero si te das cuenta, en estos momentos es tu propia voz la que resuena mientras lees estas líneas. Realmente lo que yo escribo es lo que tú lees, pero es tu propia voz la que lo dice. Es tu yo oculto el que te habla, ese yo al que habitualmente no dejas expresarse y que en ocasiones se emociona, ríe o llora cuando roba unas frías frases de un papel para decir lo que ha callado tiempo atrás.

Pero sigues firme. Sabes que esto es realmente un papel, lo he escrito yo y tú lo lees… que lástima. Ahora podría hacer que pensaras todas esas cosas que nunca me has dicho y ser yo quien tenga tu cabeza apoyada en mi pecho: “no te preocupes, todo en este mundo puede cambiar un día, un día…” (es tu voz, ¿la oyes?) “… un día que llegará cuando todo sea diferente y me puedas acompañar de nuevo en este raro dolor de estar vivo”.

Al menos lo he intentado. He escrito esto para ti, Manuel, y tú posiblemente no llegues ni a leerlo. Me equivoqué, otra vez, como aquel día en que te abandoné. Tú ya habrás rehecho tu vida y habrás encontrado a otra mujer. Alguien que quizá te haya dado los hijos que por mi estupidez nunca me pediste. Yo conseguí mi soñado cargo de Consejera. Desde el ordenador de este despacho sin fotos he lanzado esta carta a un digital océano, a este foro. Y si algún día te conectas y llegas a leer esto, quizá entonces puedas perdonarme, aunque ya sea tarde.

Siempre tuya,

Leonor

PD: Y a ti, navegante intrépido que encontró en Internet esta carta a modo de mensaje en una botella, lamento haberte entretenido. Déjame otra vez a la deriva, que aún no he llegado a puerto.

El día

Aquella mañana las sábanas cortaban. Sentía su tacto afilado, de rayado y frío acero y mis piernas ausentes, llenas de dedos abiertos y entumecidos. Una almohada de roca dentro de una áspera funda. Y mucha luz afuera.

La ventana iluminaba la habitación con una extraña combinación de colores. Me asomé: las nubes se arrastraban heridas sobre la ciudad y los pájaros, cansados de respirar hollín, habían decidido caminar sobre los tejados. Abajo en cambio brillaba el adoquín, azul. Y el asfalto, verde como no lo imaginaba, parecía hasta mullido.

No había ropa en el armario, tan sólo harapos apolillados y perfume de serrín. No encontré zapatos, apenas unos cueros acartonados con cordones de vivas serpientes. Y así me dejé bajar las escaleras, hacia el salón. Ese día no fue sólo el ácido aliento de la mañana, también escuché gritos agudos de una extraña mujer y un niño piel ceniza. Recuerdo todavía esas voces, el olor de los besos fermentados, los cabellos con reflejos de lo habitual, de las cosas de siempre. Y salí a la calle.

Fue como un parto tras demasiado tiempo en una placenta sin aire, alimentado por un cordón, sin saborear. El aire frío y las aceras azules y el asfalto mullido y verde, sí. Vi muchas caras envueltas en turbantes de occidente con ojos hundidos y tristes, algunos acompañando a sus perros esclavos. Me senté sobre el bordillo y me descalcé guardando las zapatillas en los bolsillos del pijama.

No tenía que ir hacia ningún lado y me quedé respirando. Pasaban coches con prisa. Aquella mi primera mañana no dio para otras preocupaciones. Sólo aire, sólo color. Al rato tuve hambre y encontré lo más rico en algunos restos gratuitos, después de rebuscar un poco. Nada demasiado difícil salvo esquivar algunas caras que ya he decidido no ver. Y la tarde fue parecida, casi perfecta. Hay tanto aire por respirar que es mejor tomárselo con calma.

La oscuridad llegó pronto, antes, y me puse de nuevo las zapatillas. No estuve solo aquella primera noche. Afuera, en la casa, recuerdo otras noches en soledad, esquivando camisones de espinas, escuchando voces de dentro que ya se han callado. Mi primera noche, decía, un perrillo vino a mi lado, sin condiciones, sin contrato. Y él sabe que es libre de marcharse y yo de alimentarle. Pero nunca nos hemos dejado. Aquella noche paseamos unas horas, por donde él quiso y por donde yo quise. Y nos pareció bien orinar junto al río.

Cerraron todas las casas y apagaron las luces, primero algunas y luego todas. Entonces descubrí la verdadera noche. Me acuerdo de aquella no por haber sido la primera, sino por ser la última sin vello en la cara, que el aire de la noche no es grato para los recién llegados. Y aunque cualquier sitio es bueno para descansar, no niego que los hay mejores que aquel callejón. Perro también opinaba lo mismo, ¿verdad?
En la noche me despertaron linternas y voces que no dieron conmigo y que de no ser por vosotros ya casi había olvidado. Pero a pesar de todo descansé mejor que todas las noches anteriores juntas. Y así terminó el día.

¿Y la mañana siguiente? – alguien preguntó.
¡Sí, por favor, cuenta otra vez lo de la mañana siguiente! – insistieron los demás.

Me despertó Perro, hurgando con su hocico en mi oreja. Me levanté sonriente como nunca, como hoy, y respiré otra vez. Y al fondo del callejón encontré este carro plateado en el que ahora llevo mis cosas. Había en él una moneda con la que me dediqué una canción.

Luego vine hasta aquí tarareando, descalzo sobre el verde asfalto y el azul adoquín. Desde la otra manzana olí el calor de vuestros cartones al fuego y Perro siguió el rastro. Al llegar os vi bebiendo y bailando, y tú, Pedrín, te paraste y mirándome a los ojos gritaste “¡Bizco! ¿Dónde te habías metido?” y luego seguiste bailando.

Oye, Bizco, nunca nos has dicho a qué te dedicabas antes – preguntaron.

¿Antes de aquel día? Antes de aquel día yo estaba loco.

Crónica de un erizo gaulteriano

 - PRÓLOGO -

Preocupación

No esperen en este prólogo una adulación del autor. Yo estoy preocupado a la par que perplejo. Círculos cercanos a Pablo pretenden convertir esta recurrencia en el acontecimiento literario del verano. No, esto no es el Premio Planeta. Más bien parece el Día de la Marmota. Algunos compañeros y sin embargo amigos, algunos amigos y otros que desconozco de parte de quién aparecen en la lista de distribución, algunos –digo– aguardamos con paciencia la llegada del dichoso relato, para seguir la tradición, sin más.

Círculos cercanos a Pablo han calificado su texto como “dibujo cónico de una realidad musical”. ¡Por favor! Intuirán, probablemente, que no es sino una degeneración de relatos de Elvira Lindo, sin nombrar a la Bicoca, que Pablo califica de cuento.
En nombre de la literatura, y sin esperar mucho de ustedes si es que son asiduos de “esto”, les pido que lean libros. Y a ti, amigo Pablo, otras dos peticiones. La primera: no digas que escribes los “cuentos de Andersen” porque trabajas en el edificio Windsor; es excesivo y ya puedes pasar página. La segunda es que dejes de enviarme tus propios comentarios como Círculos cercanos a Pablo, no cuela.

Mr. de Peistor

CRÓNICA DE UN ERIZO GAULTERIANO

Es caprichosa y repentina. Yerno, que suerte la tuya… que suerte la mía, sí. Cambiante del día a la noche, pero sobre todo de la noche al día. Irresistible bajo la luz eléctrica y la intensa preparación cosmética.

Bodas de verano, bacanales sociales de laca y carmín desprendido. Orgía de perfumes y orfebrería. Este año hay más, por supuesto, pero este año, al fin, voy a ser yo la estrella.

17:05

Se quedará de piedra, lo sé, lleva una hora en la toilette y no me ha visto. Lo he preparado todo a conciencia. Suerte que la acompañé a comprarse el vestido para la ocasión. A los dos días volví solo solicitando para mí algo espectacular… “Sus vaporizadas gasas perla serán el mejor fondo para este satinado traje hipercruzado de Gaultier” (así me lo soltó el agitado dependiente mientras me llenaba el tobillo de alfileres cual muñeca budú). ¿Y no me molestará este botón–erizo bajo la axila en los bailes? – le pregunté. Casi no entiendo su gesto arcada romana, debía indicar que ya no está de moda menearse con Paquito el Chocolatero.

18:00

¿Cariño estás lista? ¡Honey, ve bajando a sacar el coche del garaje, que estoy en un tris! (De dónde coño habrá sacado ahora ese cóctel californiovallecano). ¡Tranqui, my Cinderella, que ya me las apaño!

18:05

El portero me ha mirado sorprendido… “No me lo esperaba de usted, la verdad” – espeta, “váyase acostumbrando, buen hombre, esto es “fashion-la-nuite”, no está usted al día – le contesto.

18:30

Pues no baja, no… se me está clavando el maldito erizo y paso de llevar el coche con el codo estilo taxista. Deslumbrante querida, ¿qué te has hecho en el pelo? – le pregunto (a buena hora, me dice que se llama “flequillo ladeado al golpe de viento”). ¿Y tú, mi amor, que te ha pasado en la cara? – inquiere. ¿En la cara? Nada, que me he levantado de la siesta más exfoliado que nunca, cielo. Face scrub skin supplies for men ¿no lo conoces? Qué gusto da decirlo todo seguido. Pues parece que llevas dos horas vigilando que no se te queme el pollo en el horno – añade. Creo que no volveré a tocar el tema.

18:45

Tengo dirigidas todas las salidas de aire acondicionado hacia su cabeza, como un batallón de fusilamiento. ¿No tienes calor, amor? Luego no me digas que se te corre el rimel. Pero sorprendentemente el flequillo no se puso así de un golpe de viento, porque a mí, de rebote, se me ha congelado la oreja derecha y su peinado en cambio parece petrificado. Aparca ahí – me ordena – que parece que no hay tanto barro. No había barro, no. No había barro de su lado.

19:30

Nuestro acercamiento progresivo a la masa social que espera a la puerta de la iglesia con este traje hipercruzado nos hace ir prácticamente de lado. Llegó al fin el ritual masivo de los besos, tan laterales y empolvados que una adorable y restaurada abuelita, en su afán de esquivar mi carrillo en el citado acto casi me deja su pendiente de esmeraldas a modo de piercing de diez mil euros colgando de mis fosas nasales, y a ella una oreja desgarrada.

19:35

A los Martínez de Orujo no los soporto, pero ella ya ha salido muy disparada llevándose mi mano presa. Hola, Julián, ¿qué tal tus hijos? – con cortesía pregunto. Muy bien, pero no han podido venir, están en Yale este mes – responde. Qué asco, por Dios, qué asco dan esas eles palatales. Paso de preguntarle la pasta que se estará dejando, total, me lo dirá dentro de un rato. ¿Y que te ha pasado en la cara? – me pregunta. Nada, nada, Julián, déjalo…

19:54

Qué bonita está la iglesia, parece un belén visto así todo sobre el moño de la de delante. ¡Vamos, honey, que te toca leer! – me apunta mi mujer. ¿A mí, pero si yo no leía? Que sí, venga, no seas tontorrón, que nos está mirando toda la iglesia. Es que le da un poco de vergüenza – indica con su afinado timbre de voz. Ahora creo que sí que estoy rojo al golpe de viento y exfoliado por partida doble.

19:55

No se escupe para ver si suena –  me indica esta vez el reverendo reverenciado. Paso de explicarle en rueda de prensa y con video digital en directo que se me ha clavado el erizo buscando las bifocales y me ha salido una exhalación fortuita. Pero qué bien lee mi marido – adivino en los labios de mi reina con mis progresivas Varilux que para qué. ¡Amén no! – me increpa el reverberado – ¡Palabra de Dios, por Dios!. Palabra de Dios por Dios – termino. Risas. Rimel corrido. Triple exfoliación y en carne viva.

19:58

Con las bifocales el suelo parece el planeta tierra, esférico, lejano. Yo el Columbia, buscando una pista para aterrizar. Sobrevuelo el coro y, tras un picado en barrena sobre el moño navideño, me detengo junto a mi mujer. No te sientes  – honey – que no toca. No puedo más, por Dios de Dios, que el tiro Gaulteriano de este pantalón hipercruzado es inhumano, para eunucos, vamos.

20:25

Arroz, arroz. Millones de perdigones sobre mi epidermis dermosensitiva y revitalizada. Póngase ahí para la foto, bajo la sombra, que su cara está sobreiluminada – organiza el sobrino fotógrafo de CCC, y creo que lo de la sobreiluminación no era un piropo. Y apriétense un poquito, que no van a salir todos – completa. El que no va a salir ni con pinzas es el erizo endemoniado.

20:40

De vuelta al coche, alfombrillas de barro y golpe de viento huracanado al contacto de las llaves. El GPS del coche nos hace llegar casi a los postres, después de una ruta turística por los arrabales, y me toca en la mesa de los niños. Mi honey me dice que ni me queje, que bastante han hecho con acostar temprano al pequeño de los Pérez. Estos niños de hoy tienen unas conversaciones de lo más interesante.

23:00

El mocoso de enfrente, que hoy va de Harry Potter, me ha confundido con “El que no puede ser nombrado” (cosa que por otro lado llevo tiempo escuchando a mis espaldas en los pasillos de la oficina). Asegura que me puede hacer desaparecer al menor contratiempo. Si supiera lo que llevo ya encima me habría volatilizado con ese tenedor amenazante. Termino la cena dando pacharán a los menores y consigo al fin un poco de paz.

00:30

Dudo si mi mujer es aquella que está siendo sodomizada al ritmo del Paquito el Chocolatero por Felipe el chocolatero del pueblo de mi suegra. ¿Estos puros no serán de marihuana? Conociendo al novio… y a la novia… La barra libre al menos está libre. Doble Cardhu on the rocks y el camarero me contesta que sólo DYC en inglés.

01:39

Recupero a mi mujer ebria sobre los brazos de Felipe, la meto en el coche al golpe de viento y me exfolio de nuevo con el barro del aire acondicionado. Apago la colilla de marihuana sobre la pantalla del GPS y saco el coche on the rocks. Vuelta por los arrabales, doble exhalación fortuita con el erizo-botón hipercruzado en la sisa y con un moño postizo enredado en los pinchos con alevosía. Subida por las escaleras de casa bajo gesto preocupado de nuestro portero-la-nuite con mi honey en volandas de un Columbia bifocalizado en los peldaños convexos. Apertura de la puerta tras operación de ensamblaje en cerradura con mujer a bordo y aterrizaje forzoso, previo paso por la toilette en un tris. Dos oraciones por el descanso de nuestras almas, extirpación del erizo enquistado, pomada en el tiro gaulteriano a la par que hipercruzado y doble loción reafirmante de lo gilipollas que soy.

Un día de tormenta

Valentín se asomó a la ventana y observó el cielo que comenzaba a nublarse. “Otra tarde más” – pensó, mientras se desnudaba para entrar en la ducha. Había decidido salir de marcha aquella noche, aunque realmente no tenía ganas.

De su armario escogió lo primero que encontraron sus manos. El pelo ligeramente engominado, su camisa entreabierta y el cinturón ceñido. Un poco de vaselina en los labios y sobre su pecho perfume que camuflara la tristeza. Cerró de dos vueltas la cerradura y se acomodó la bufanda mirándose en el espejo del ascensor.

En la calle se había levantado la brisa que anuncia un día de tormenta. Introdujo las manos en los bolsillos del abrigo y apresuró su paso. El dinero no abundaba, así que decidió acercarse al centro caminando. Dobló la primera esquina y se incorporó a un río de gente que paseaba por la arbolada avenida. Las copas se mecían al unísono, interpretando una inquietante melodía. Observó la expresión de los peatones, los fruncidos ceños y las mandíbulas tensas.

La ciudad cada día parecía menos humana, las calles más sombrías, los saludos más siniestros. Cruzó el puente apretando los brazos contra su cuerpo. La brisa comenzaba a convertirse en un intenso viento que se incrementaba a cada paso. Por un segundo pensó en volver a casa, pero rechazó la idea. Las primeras gotas, apenas apreciables, le devolvieron de sus pensamientos.

Valentín se cobijó contra la pared mientras avanzaba esquivando a las señoras mayores que protegían con el alero de los edificios sus alborotadas permanentes. El ácido perfume de la laca se mezclaba con orines de perro entre portal y portal. Decidió cambiar de acera. El tráfico era intenso y su decisión provocó un par de frenazos, seguidos de algún que otro insulto que murió apresado dentro de la ventanilla. En el otro lado de la calle, la situación no mejoró demasiado.

El viento remueve la conciencia de la ciudad, agita esquinas umbrías, escarba entre los adoquines para aflorar un poso de mierda acumulado en días precedentes. Entonces toda esa basura comienza su danza entre piernas, farolas y ruedas de vehículos. En ella se puede leer, como en un diario, la hipocresía de la pulcra sociedad.

Aún quedaba un buen trecho cuando un golpe de viento abrió su abrigo de par en par. Hizo un amago para abrocharse de nuevo los botones pero sus manos estaban apresadas dentro de los bolsillos. El abrigo se batía violentamente y sólo acertó a cruzar sus brazos sobre la cintura, quedando el pecho prácticamente al descubierto. Una señora con gesto recriminatorio le gritó: “¡Chaval, tápate que vas a coger algo!”

El árbol de la sabiduría

Cuenta la leyenda que el rey de un lejano país tuvo dos hijos cuando había perdido toda esperanza de ver perpetuada su dinastía. Agradecido a los dioses decidió darles desde el primer momento todo aquello que él había tardado una vida entera en conseguir. Idénticos como dos gotas de agua, los pequeños príncipes vivían rodeados de todo lo que su padre creía que podían necesitar. Era su deseo que jamás se vieran en la obligación de pedir nada y, por ello, todo estuvo a su alcance antes incluso de necesitarlo.

Los príncipes crecían y el rey iba descubriendo que pese a ser dos cuerpos gemelos, sus almas no lo eran. Uno aceptaba cada instante como un justo regalo, mientras que el otro, aunque también era agradecido, se empeñaba en encontrar el sentido a cada situación que la vida le ofrecía. Su padre le descubría muchas noches sin dormir, sentado sobre la barandilla de piedra, en la terraza del palacio mirando al horizonte.

Una noche el rey se acercó al príncipe y le dijo: “Hijo, dime qué piensas cada noche aquí sentado”. El príncipe respondió: “Padre, ¿sabes qué es lo que más me gusta de esta vida?” El rey contestó: “No lo sé hijo, dímelo”. El príncipe añadió: “La fruta que siempre dispones en mi alcoba al anochecer. Tras el largo día, cuando me retiro a descansar, tomo una de esas frutas. Nuestro reino tiene una tierra fértil porque los dioses saben que eres justo y generoso. Sin embargo, al dar el primer bocado, me pregunto si existirá en el mundo un árbol que dé una fruta mejor. Entonces vengo aquí y me quedo un rato mirando el horizonte. Este reino es un gran reino pero el mundo es grande. El día que ya no estés dejaré a mi hermano la mitad que me corresponde y me marcharé”.

El rey se entristeció pero no quiso decir nada más esa noche. Dio un beso a su hijo y se fue a dormir.

Pasaron los años y el rey murió. El príncipe insatisfecho entregó la mitad del reino a su hermano, tomó un par de caballos y tras despedirse de los criados salió al galope. El príncipe satisfecho, convertido en nuevo rey, subió a la terraza y lo vio perderse en el horizonte.

A sus espaldas el palacio se desvanecía mientras su sueño comenzaba a hacerse realidad. Viajó todo el día y llegó hasta el Gran Río, límite de su despreciado reino. Encendió una hoguera y sentado frente al fuego se quedó dormido. En la mitad de la noche una voz le sobresaltó:

“Hijo, has decidido tomar el camino difícil. Recuerdo el día en que, en la terraza del palacio, me hablaste del árbol que da la fruta más sabrosa. No me atreví a darte ánimos porque no quería verte padecer, pero ahora sé que tu decisión es firme. El árbol que buscas existe y al verlo lo reconocerás. Se llama el árbol de la sabiduría. El viaje será duro pero la recompensa no se le ofrece a cualquier mortal. Ten suerte y siempre déjate llevar por los sentidos. Que los dioses te acompañen.”

El príncipe se levantó un tanto aturdido y se aseó en la orilla. Vio su imagen reflejada y en ella observó la esencia de la juventud. Se sonrió y alzando la voz se dijo mirándose en el agua: “Está amaneciendo y es mi voluntad cruzar el Gran Río. Dejo atrás una vida llena de facilidades pero es una vida que no me satisface. Lo que hago es obedecer a un sentimiento que sale de lo más profundo de mí. Si está ahí adentro es porque los dioses ahí lo han puesto”.

Dejó los caballos en libertad, cruzó el Gran Río y se adentró en el territorio vecino donde pasó desapercibido como un habitante más. Recorrió el país de sur a norte y de este a oeste pero no encontró ninguna fruta que mereciera la pena. Sumido en la desesperación buscó ayuda, pero todos se encogían de hombros y sólo alguno, después de mucho insistir, le indicaba que cruzara el Gran Río. Entonces decidió marcharse lo suficientemente lejos, allá donde ya no hubiera ninguna referencia a su antiguo reino. Después de varios años de travesía, y siempre con el horizonte como meta, llegó a los confines de la tierra.

El último de los reinos de la tierra era llamando por sus habitantes el Reino de la Armonía y en él todos cantaban y danzaban, se saludaban siempre con una melodía alegre y se despedían con una triste. En él aprendió a tocar varios instrumentos y a expresar emociones con su voz. En este reino buscó su preciado árbol y en él halló una curiosa fruta que, al morderla, emitía un sonido que resonaba en el interior. Al masticarla, la melodía llegaba a sus extremidades convirtiéndose en un excitante escalofrío. Aquella era una gran fruta, sin duda, pero quizá echaba en ella en falta algunas otras virtudes, otras sensaciones. Se despidió con la canción más triste que pudo improvisar y tomó el camino que seguía la costa en busca de su particular tesoro.

A lo largo del trayecto la música desaparecía de la rutina, llegando a convertirse en un inaudible ronroneo. El camino se fue alejando de la orilla y se adentró en un gran bosque en donde la luz del sol apenas iluminaba el suelo. La gente que iba encontrando a su paso solía aturdirse ante su voz, mientras que sus apretones de mano eran apreciados y correspondidos con un gran abrazo. Con el tiempo aprendió a comunicarse con sus manos, llegando a no ser necesario emitir sonido alguno. Entonces supo que se hallaba en un reino al que llamaron Reino de la Imaginación. En él, el príncipe aprendió a dar forma a las cosas y comprobó que para ver no siempre hacía falta tener los ojos abiertos.

Buscó entre los árboles tallados alguna pista que le llevara al objeto de su viaje y allí encontró un pequeño arbusto del que nacían frutas diminutas de formas diversas. La suavidad de su piel era tal que sintió lástima al morderla. En la boca se deslizaba como un pañuelo de seda, cubriendo su lengua y envolviendo cada uno de sus dientes. Fue al tragarla cuando sintió un pinchazo de amargura, de abandono, de insatisfacción. Recordaría aquel bosque con ternura pero supo que su viaje no había finalizado. Se despidió de todos en un gran abrazo colectivo y continuó su camino a través del bosque.

Pasaban los días, los árboles se espaciaban y el cielo se abría con una luz cegadora. Una mañana se halló a las puertas de un inmenso valle. Un río fluía desde lo alto de la montaña y el sol se reflejaba en el agua, coloreando las laderas con los tonos más diversos. Corrió hasta alcanzar el río y quitándose la ropa se zambulló. Nadó, hizo piruetas bajo el agua y cuando regresó a la superficie confirmó que aquel lugar era una réplica del paraíso.

En la orilla, sentada junto a su ropa, una hermosa mujer le observaba. Él, ruborizado por su desnudez, no se atrevía a salir del agua. La mujer se levantó y le dijo: “No te sonrojes forastero, eres bienvenido en el Reino de la Belleza. Aquí todo lo que con naturalidad se muestra es hermoso a los ojos. La fealdad sólo existe en la mirada indiscreta”. Se vistió y acompañó a la mujer al poblado.

Aquella mujer parecía la mujer más bella de la tierra. Los habitantes, las calles, las casas, todo parecía carecer de imperfecciones. Las formas no eran regulares pero el color matizaba los contornos, la luz bañaba aquel mundo y en él se sintió por primera vez radiante. Allí permaneció por un tiempo, olvidado del objetivo de su viaje.

Un día, al anochecer, recogió en una bandeja una pieza de cada fruta de aquel reino y de entre ellas seleccionó la más hermosa. Un sentimiento de vacío le sobrevino al comprobar que aquella maravillosa fruta no tenía sabor. Esa misma noche se despidió de todos con lágrimas en los ojos, sabiendo que allí también abandonaba los últimos días de su juventud.

El príncipe decidió tomar el camino que llevaba a las montañas, remontando el cauce del río. La temperatura descendía y el intenso verde de la hierba se fue transformando en una suave capa de nieve. En lo alto, oculta entre el hielo y las rocas divisó una cueva a la que a duras penas pudo trepar.

Un grupo de personas vestidas con pieles salieron a su encuentro. “Adelante, amigo” – dijo el que parecía ser jefe del grupo. “Pasa y siéntate al calor de nuestro fuego” – añadió. El príncipe agradeció de corazón a aquellos habitantes su hospitalidad y les preguntó cómo era posible que vivieran en aquel clima tan inhóspito. “El exterior no interesa, inquieto extranjero, lo importante está en el interior”- indicó la mujer más anciana del grupo. “Acabas de hallar, oculto en las montañas perdidas, el secreto Reino del Placer” – explicó la mujer.

El interior de la montaña estaba horadado por multitud de túneles y cavidades en las que habitaban centenares de personas. Cada una de ellas conocía un único y diferente secreto que, al ser desvelardo en la intimidad, provocaba una sensación tan intensa que se llegaba a perder el juicio durante algunos días. El príncipe se quedó y disfrutó con tal ansia que perdió la noción del tiempo.

Un día, todavía aturdido por la última experiencia, preguntó si existía en aquel reino alguna fruta realmente sabrosa. Todos rieron ante su pregunta y añadieron: “En estas cavernas no crece ninguna planta, tan sólo una raíz de intenso sabor, aunque pocos tienen el valor de probarla”.

El príncipe fue llevado a una pequeña estancia sobre cuyo techo debía crecer algún extraño árbol. Una enorme raíz surgía de las paredes convirtiendo el angosto espacio en un laberinto de ramas y espinas. Se introdujo con cuidado para probar aquel extraño manjar. Mordisqueó ligeramente la superficie, intentando evitar las espinas, pero el intenso sabor que llegó a su paladar le produjo un incontrolado impulso que le llevó a continuar, devorando violentamente la misteriosa raíz. Su boca y su cuerpo se llenaron de llagas y, a punto de morir desangrado, perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí, se encontró en un inmenso llano, lejos de las nevadas montañas. Sintió voces y risas en la distancia, perturbando el silencio de la llanura. Se levantó y se aproximó con cautela al origen de aquel estruendo. Al acercarse percibió algunos aromas exóticos, perfumes llegados de otras tierras. Un enorme campamento acogía a decenas de personas reunidas junto a una gran hoguera central. Se sentó junto a ellos y el hombre que en esos instantes hablaba le dio la bienvenida a aquel reino sin tierra, el Reino del Recuerdo.

Aquel variado grupo de personas viajaban juntas mientras el camino fuera compartido. Algunos viajeros llegaban y estaban sólo unos días, otros en cambio llevaban largo tiempo, postergando incluso su destino inicial. Al caer la noche se reunían junto al fuego y rememoraban aventuras pasadas.

Una noche el príncipe se animó a participar y relató la aventura de su vida. Explicó a todos la renuncia a su antiguo reino y su peregrinación en busca del Árbol de la Sabiduría. Recordó los reinos que había visitado y cómo había llegado al campamento, ahora que se aproximaba a la vejez.

Cuando el fuego se consumió y todos se retiraban a dormir, un hombre se acercó y le dijo: “Yo he estado ante el Árbol de la Sabiduría. De él recogí algunas frutas que ahora llevo conmigo en pequeños frascos. Te ruego que la pruebes” – dijo. El príncipe tomó una de ellas y por un instante el mundo se abrió ante sus ojos, pero la sensación duró apenas unos segundos. “Por los dioses, buen hombre, dime dónde encontraste el árbol. Esta fruta es la más sabrosa que he probado, pero en conserva no ha de saber igual que fresca” – dijo el príncipe. Aquel hombre le señaló con el dedo el horizonte y añadió: “No está muy lejos de aquí”.

El príncipe salió al instante y, apenas había transcurrido un día, lo divisó en la lejanía:

El árbol brilla como una estrella en el horizonte.

Su copa, mecida por la brisa del atardecer,

compone una familiar melodía.

De sus recias ramas cuelgan proporcionados frutos

de intensos colores,

de irresistible dulzura,

de inconfundible aroma…

 El príncipe se acercó al añorado árbol y arrancó temeroso una de sus frutas. Se sentó bajo su copa, cerró los ojos y la introdujo en su boca. El mundo se abrió de nuevo ante él, pero esta vez no se cerró. Vio aparecer los cinco reinos y entonces comprendió el consejo de su padre. Había peregrinado a través de los sentidos y, gracias a ellos, fue capaz de valorar aquel soñado manjar: el crujir de la pulpa, la suavidad de su piel, la hermosura de su color, la dulzura de su zumo y el exotismo de su aroma. En su boca quedó una pequeña y delicada semilla que depositó en la palma de su mano. Fue entonces cuando, observándola detenidamente, el príncipe se echó a llorar.

Al instante sintió una mano sobre su hombro. Abrió los ojos y vio a un anciano que le dijo: “¿Qué has hecho, forastero? ¿No sabes que está prohibido comer de este árbol?” El príncipe pensó mirando al anciano: “Desconoces que éste es el árbol que da la mejor fruta porque no has probado el resto”. El anciano le ofreció un precioso pañuelo de seda y dijo: “Aquí no está permitida la tristeza. Este es mi reino y, desde que mi hermano se fue, nadie puede probar la fruta de este árbol sin nombre”.

Las frases perdidas

¿Qué haces aquí? – me dijiste con sorpresa. Llevo contigo más de media hora – contesté.

Y es que a su lado nada puede ser de otra manera. Entre la gente hablo solo mientras ella se pierde en el bullicio. Ya estoy acostumbrado. Como no puedo mantener tres frases seguidas debido a nuestra falta de coordinación al caminar me he acostumbrado a utilizar las “frases perdidas” de las aceras. Empezó como un juego de adivinanzas para escapar del aburrimiento y ha acabado por convertirse en un oscuro vicio.

Al comienzo de nuestra relación intenté poner toda la carne en el asador y acabé chamuscado. Desistí por agotamiento. Su insaciable consumismo, sus gestos compulsivos que la llevaban a ponerse unas gafas de Chanel sin haberse quitado las Gucci, o su frenético ritmo para probarse faldas que obligaban al dependiente de Gianni Versace a recoger la prenda en el probador de Giorgio Armani. Cuando se pasaba por las rebajas de la calle Ortega y Gasset  todos los dependientes terminaban en la tienda que no era.

Nuestra falta de coordinación comenzó a hacerse patente el día que me di cuenta de que, después de diez minutos caminando calle Serrano abajo, le había contado mis problemas de erección a un jubilado con peluquín que caminaba medio metro detrás de mí. Su ficticio color de pelo y el nuevo escaparate de Carolina Herrera, trescientos metros atrás, me habían jugado una mala pasada.

Desde aquel día dejé de agobiarme. Un día salí por la tarde a dar un paseo con ella y terminé cenando con unos señores muy simpáticos de Tarrasa que estaban en Madrid de paso. Una vez pierdes la vergüenza comienzas a sentirte un poco familia de todo el mundo. Quién más quién menos todos tenemos el ochenta por ciento de los genes iguales, ¿por qué no dejar a un lado los convencionalismos?

Creo que todavía seguimos siendo pareja. Digo creo porque posiblemente y siguiendo los cánones clásicos, esto que compartimos no debería llamarse ni siquiera una “relación de amistad”. Pero es que, aunque alguna vez se me pasó por la cabeza dejarlo, nunca se lo pude plantear. Es un tema difícil para soltarlo así en una frase y, como a la tercera desaparecía, nunca me dio tiempo. Además ocurría que la siguiente vez que la tenía a tiro, o se me había olvidado de lo que estabamos hablando o ya no venía a cuento.

Alguna vez lo intenté por teléfono pero tampoco pude. Su maravilloso celular con sus, por lo menos, diez líneas en espera no fueron suficientes. Casi siempre comunicaba y la única vez que entró la llamada sólo pude decirle “hola cariño cómo estás” para dejarme ipso facto en espera escuchando una versión de Rigoletto, eso sí, ejecutada maravillosamente por su centralita digital. La batería de mi móvil me dejó a medias del tercer acto y, ya puestos, la verdad es que me habría salido más barato ir a la ópera.

Ahora lo llevamos mejor. Yo ya no me agobio y ella creo que tampoco. Hoy en día se lleva esto de las relaciones liberales y hay que estar a la moda. Además cada vez nos vemos menos, sobre todo desde que me dio por las “frases perdidas”. Fruto de la imposibilidad de comunicarnos y de los paseos entre el bullicio de la ciudad comencé a escuchar las frases de la gente que caminaba por nuestra misma acera. Se llaman “perdidas” porque no forman parte de una sola conversación. Son trozos de muchas conversaciones que se superponen mientras caminas por la calle.

Me costó mi tiempo darme cuenta pero resulta que esas frases perdidas forman parte de una única conversación que está ahí, la voz de una ciudad que te habla, un mensaje secreto en boca de todos. Los primeros días que te pones a ello parece un poco caótico y acabas pensando si te estarás volviendo loco, sin embargo todo es cuestión de práctica. Hay veces que creo que era más difícil entenderla a ella.

Hay voces de hombre, voces de mujer, distintas entonaciones, diferentes acentos, aparentemente distintos temas… la verdad es que no es fácil. Sobre todo hasta que no descubres el truco. Resulta que, como toda conversación, también requiere de tu colaboración. Las frases de la gente que camina en tu mismo sentido te aportan más información, ya que por lo menos las escuchas unos pocos segundos. Conviene no sincronizar demasiado el paso con los que caminan junto a ti porque la conversación puede quedar demasiado influenciada por la opinión de una única persona. Pierdes el mensaje y te puede pasar lo que al jubilado con peluquín en Serrano. A fin de cuentas no estamos en este mundo para soportar las miserias de los demás, con las propias ya se tiene suficiente.

Una vez has “sintonizado” la conversación de alguien que camina en tu mismo sentido hay que estar muy atento, porque la réplica a esa frase surge fugaz de alguien que camina en sentido contrario. El problema es que la velocidad relativa de la persona que viene es elevada (sobre todo si es un ejecutivo hablando por el móvil o un ama de casa en chándal con el carrito de la compra) y no da tiempo más que a escuchar unas tres o cuatro palabras. Entonces entra en juego el truco. Es necesario completar esa frase, y para ello sólo vale la práctica. Los días en que la ciudad habla de política hay que dar una replica a tono. Los lunes por ejemplo, que sólo se habla de fútbol, no tiene sentido que intentes cambiar de tema. Si no te gusta el fútbol te jodes y te quedas en casa.

Sin ir más lejos, ayer sábado por la mañana escucho de un par de señoras arregladas: “eso que le pasa a tu madre es por las pastillas…” y acto seguido un par de chavales con pinta de haber salido de un after-hour añaden: “¡Iba hasta las cejas la muy… !”. Caray con la abuela, me digo, “la muy…, la muy…” a ver como salgo de ésta. No es fácil, uno también tiene sus días.

Me gustan mucho los viernes. Hay mucho jaleo en calles y bares, y ella se pierde enseguida. Me dejo llevar entre las quejas de una ciudad de trabajadores explotados que añoran el fin de semana. Me abandono por las ebrias palabras que se susurran al oído parejas bailando agarradas mientras cruzo infatigable de lado a lado la pista. Entonces empieza el maldito “chumba-chumba” que todo lo calla y me decido a cambiar de bar. Al llegar a casa ella ya está dormida y yo demasiado abrumado como para despertarla.

Este año quiero ir a la playa. Me ha dicho un conocido de la calle Princesa (que también le da al vicio) que en la playa de Torremolinos hay muchas frases perdidas. He reservado hotel pero no encuentro momento para decírselo a ella. Ahora le ha dado por los mensajes SMS y ya es que ni levanta la vista del móvil. El otro día se pintaba los labios mirándose en el reflejo de la pantalla mientras su pulgar era una sombra difuminada sobre las teclas y el dependiente de Farrutx nos seguía corriendo detrás con tres zapatos en cada mano y un calzador en la boca.

Quizás ahora, con ese nuevo idioma para los mensajes cortos, en el que puedes decir “te espero en el cine a las 10, ya compro yo las entradas” con tres consonantes, dos puntos y un paréntesis, todo combinado aleatoriamente, tenga una oportunidad de aclarar lo nuestro.

Aunque, pensándolo bien… ahora ya no discutimos.

Lavando culpas sobre el río Spree

Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre.

Herido profundamente en su orgullo y consciente del error cometido, decidió acabar con su vida devolviendo a las causantes de su pena parte del dolor infringido. Culpó a su mujer de la desidia de sus últimos años de matrimonio y a la joven amante de convertir su plácida senectud en una tormenta de promesas incumplidas.

Citó a las dos mujeres en medio del puente de Gerlitz advirtiéndoles de su firme convicción de arrojarse al río delante de ellas. El episodio restablecería el honor perdido y dejaría en las pérfidas damas un regusto de culpabilidad que les amargaría para siempre la existencia.

A la hora convenida se subió a la barandilla y miró hacia ambos lados con la esperanza de verlas aparecer simultáneamente por cada orilla. Esperó y esperó pero ninguna de ellas acudió a la cita. Preocupado por la posibilidad de resbalar y precipitarse al río antes de tiempo, se sentó en la barandilla con los pies colgando sobre el cauce. Allí pasó el resto del día, indeciso entre regresar a casa como un cobarde o acabar con su miserable vida sin disfrutar aquel último y añorado instante de gloria.

Al anochecer, un joven que paseaba por el puente se acercó y le preguntó: ¿qué hace usted ahí sentado?. Albinus respondió: he decidido suicidarme delante de las dos únicas mujeres que han significado algo en mi vida y, aun sabiéndolo, ninguna ha querido asistir. El joven, tras unos segundos en silencio, preguntó: ¿Cree que no han venido porque usted ya no significa nada para ellas o porque, no acudiendo a la cita, usted no se arrojaría?

Albinus, sorprendido por el planteamiento, no supo que contestar y mirándole a los ojos dijo: ¿y usted, qué haría en mi lugar?, a lo que el joven contestó: no sé cuáles son sus razones, pero parece evidente que usted no quiere asumir el problema y pretende trasladar su responsabilidad a otra persona.

Albinus, asombrado ante la sagacidad del joven preguntó: ¿Cómo ha sabido usted que el culpable de todo soy yo? El joven añadió: No lo sabía, pero usted casi me convierte en el culpable de su muerte.

La consulta

Sobre la cómoda del dormitorio apenas quedaban ya unas pocas pastillas. Miró el reloj que colgaba frente a la cama, marcaba las diez menos veinte. Con paso lento se acercó al armario y abrió uno a uno todos los cajones para comprobar que cada cosa estaba en su sitio. Revisó meticulosamente los trajes y corbatas colgados y sacó brillo por última vez a sus gemelos de plata favoritos. Cerró el armario y regresó arrastrando las zapatillas a la cama.

Las sábanas todavía calientes le invitaron a introducirse de nuevo. Una vez tumbado alcanzó la agenda que estaba sobre la mesita. Repasó las citas canceladas y arrancó suavemente la hoja correspondiente a ese día. Había abierto ligeramente la contraventana. Desde su cama se intuía un maravilloso día de invierno, un par de nubes casi transparentes sobre un relajante azul cielo. Miró al techo. La habitación parecía haberse cansado definitivamente de girar.

No se atrevió a juzgar si aquella mañana de diciembre era de verdad la mañana adecuada para hacer un balance de su vida. Quizá el médico le había metido demasiado miedo como para permitirse el lujo de esperar un día más, quizá fue él mismo el que no quiso esperar. Su diagnóstico no dejaba lugar a la duda: enfermedad terminal, reposo absoluto y dos tranquilizantes cada ocho horas; venga usted dentro de dos días y estudiaremos un tratamiento específico.

Habían pasado ya casi las cuarenta y ocho horas y esa misma tarde debía volver a la consulta. Pensó que aquellas pocas horas eran tiempo suficiente para resumir su vida, que no sería capaz de encontrar tantas cosas que resaltar. Pensó lo rápido que había pasado su niñez, que su adolescencia se había solapado con su juventud y que, en un abrir y cerrar de ojos, se había plantado a las puertas de un inmenso abismo. Se dio cuenta, realmente, de que su vida cabía en una sola línea.

Y a falta de otra cosa que pensar decidió vivir de nuevo su vida en aquellas pocas horas. “Cambiaré las decisiones importantes que tomé” – pensó, “quizás así imagine por unas horas que tuve una vida cuyo resumen merezca algo más que una línea”. Y comenzando de nuevo el ejercicio se remontó a su niñez, y descubrió que los años comenzaban a pasar y buscando una decisión relevante que modificar, comprobó, para su asombro, que no había tomado ninguna. “Curiosa vida la mía” – resolvió – “me siguen sobrando horas antes de la consulta”.

“Probaré hacia adelante, construiré el futuro que esta oscura dama ha venido a robarme” – se dijo decidido. “Concentración, eso es lo que necesito”- pensó, y tras unos minutos en silencio nada venía a su cabeza, sólo el repetitivo sonido del segundero del reloj que de la pared colgaba. “Sarcástico reloj éste” – se dijo indignado. Unos minutos más tarde ya estaba vestido para salir. “Está bien, pues a vivir se ha dicho” – gritó, y salió a la calle.

Respirar, escuchar, caminar… a cada paso elegir, no dejar un solo sueño por cumplir. Cambiar, olvidar los días en los que todo era nada y disfrutar esos en los que cualquier cosa te parece suficiente. Dejar atrás la estabilidad y la cordura, luchar para no volver nunca, conseguir que al menos alguien te llame loco. Que los pocos días que quedan sean más que todos los vividos.

“Buenas tardes doctor, cómo le ha ido la mañana” – preguntó. “Bien, acompáñeme por favor” – le indicó. Fue casi una hora de alta tecnología aplicada sobre su cuerpo: escáner, radiografías, análisis, sondas, cuestionarios. “Ya hemos terminado – aclaró el doctor-  “por favor, espere en la sala, le llamaremos en media hora”.

Pasó la media hora y una enfermera pronunció su nombre. “¡Tome joven! – le dijo, dándole un sobre, “¡entrégueselo al doctor cuando le llame!”, y dándose la vuelta desapareció por el fondo del pasillo. Tanteó su contenido y colocándolo sobre la palma de su mano comprobó el peso. “Quién se atrevería a pensar que un sobre tan ligero pueda llevar una carga tan pesada” – pensó.

Regresó a su asiento y mientras acariciaba los cantos del sobre escuchó una voz que le llamaba, pero esta vez no provenía del pasillo, alguien en la calle había dicho su nombre completo. Se levantó, sorprendido, y salió a la calle. Tras unos segundos mirando a ambos lados se dijo que lo había imaginado y, girando sobre sí mismo, inició el camino de vuelta. A los pocos segundos volvió a escuchar su nombre, en la calle, otra vez. Respirar, escuchar, caminar… a cada paso elegir… y guardando el sobre en el bolsillo de su abrigo regresó a casa.

Pasó el tiempo, el reloj de la pared dejó de sonar. Por la ventana se intuía un maravilloso día de invierno, un par de nubes casi transparentes sobre un relajante azul cielo. Bajo el techo, frente al reloj, un anciano cuerpo yacía rodeado de su familia. En su pecho un sobre abierto, en su cara una sonrisa y en su mano una tarjeta: Feliz Navidad.

Timbales para la eternidad

Nunca supe si las arrugadas faldas de mi novia eran de Adolfo Domínguez o es que en los bares todo el mundo le metía mano. Todas las noches que salíamos a tomar algo me desquiciaban sus incesantes idas y venidas al baño. Entre la multitud (prefería llevarme a bares abarrotados) la excursión al servicio era su aventura favorita. Yo la veía desde la barra, alejándose liviana como una pluma, flotando sobre las miles de manos que debían estar “transportándola” desde abajo, regalando su hipnotizante sonrisa a diestro y siniestro y dejándome con una copa en cada mano y la cara de gilipollas.

No puedo negar que tenía buen tipo, de esos que llaman “ligeramente” la atención, que hacen que los ojos realicen un recorrido ascendente – descendente – ascendente para luego posarse con babeantes pupilas sobre los míos implorando perdón. Siempre tuve la sensación de estar saliendo con la Venus de Milo y la firme convicción de que todo el mundo se creía en el derecho de terminar de moldear su silueta. Lo que más me reventaba era, sin embargo, que a mí casi no me dejara tocarla. Paseábamos, bailábamos, “etc.” (You know what I mean…) pero se ponía terriblemente irritante cuando mis manos descendían más allá de la línea de su cintura. Ahora creo que mi mano se le antojaba obstáculo en su diana, un impedimento a su gratuito y vespertino masaje de glúteos.

Recuerdo con toda perfección la noche en que quise terminar con mi sufrimiento. Me escapé de la barra y me introduje entre la multitud esperando a que regresara del baño. Allí estaba yo, asomando la mano por el pasillo que ya estaba formándose como un miembro más del “Dream Team”, esperando la aparición de Michael Jordan a la salida de vestuarios para la palmadita de rigor. Pedí al pincha, de camino, que me pusiera el “Mambo Number Five”. La gente estaba entrando en faena, comenzando a agitar lascivamente sus caderas y tararear la melodía. Creo que incluso vi a uno escupiéndose en la palma antes de frotarse ansiosamente las manos. Estaba claro que había caldeado suficientemente el ambiente.

Salió de la taza y todos la vimos reflejada en el espejo, dirigiéndose hacia la pila para lavarse las manos. La música cada vez sonaba más alta y empezó a desatarse una especie de histeria colectiva… “A little bit of Monica is what I need!” coreaba la gente mientras comenzaban a agarrarse por los hombros, casi como si estuviéramos ganando la octava Copa de Europa. Todo el bar ya miraba hacia la salida de los baños y, cada vez que salía alguien la gente gritaba “¡¡¡¡¡Uuuuyyyyyy!!!!!” totalmente enloquecida. “’¡Es polaco el que no bote!, ¡eh!, ¡eh!…” seguían coreando, mientras el pincha volvía a subir la música.

Se abrió la puerta y en ese mismo instante el foco que apuntaba hacia la bola de espejos se giró para iluminar la salida del baño. Se había mojado ligeramente el pelo y miraba totalmente de frente, como una auténtica reina de la noche. El pasillo se estrechaba, tanto que si hubiera tenido guardaespaldas habrían empezado a repartir hostias a tutiplén. Comenzó a caminar y por un instante pensé que ella sería pronto presa del pánico, sin embargo, en un par de pasos inició el movimiento de pandero como sólo ella sabía. Su culo era ciertamente lo más parecido a la reencarnación de unos timbales de un “Centro Cubano”. Izquierda (¡ZAS!), derecha (¡ZAS!). Izquierda (¡ZAS!), derecha (¡ZAS!). “¡Dios, como podrá ser tan cerda!”, pensaba. Entonces supe por qué cuando la miraba desnudarse en mi habitación, sus enrojecidas nalgas me recordaban litografías de Andy Warhol.

Mientras estos terribles pensamientos azotaban mi mente, ella continuaba con su recorrido, cual pin-ball rebotando locamente en cada una de las manos que encontraba en su camino. Comenzaba a dudar si tendría el pandero tan duro por el gimnasio o es que siempre estuvo inflamado de tanto azote. Quedaban apenas dos manos para llegar a donde yo me encontraba. En un par de segundos (con sus correspondientes sonidos, cual campanadas fin de año) se situó frente a mí. Giró su cuello, me miró directamente a los ojos y en lo más profundo de su mirada leí un “soy patrimonio de la humanidad” que me dejó totalmente de piedra.

Entonces sentí un impulso nervioso surgir violento de mi cerebelo y abalanzarse hacia mi mano, un latigazo bioquímico de milésimas de segundo que se me antojaron eternas. Me sentí inquilino de mi propio cuerpo, espectador de acontecimientos inminentes que me involucrarían definitivamente en el fatal desenlace. (Evidentemente en milésimas de segundo no se me ocurrieron estas palabras, ¿qué pensáis, que estaba fumao?). En ese fugaz instante cientos de miles de cromosomas  mutaron al paso de la información neuronal, produciéndose una metamorfosis cuando menos peculiar. El RH de mi sangre se tornó negativo, los músculos de mi brazo y de mi mano se amorataron, y cual pelotari “¡ahí va la hostia!” le arreé uno de los mayores azotes de la historia de la humanidad. Si me hubiera visto algún policía me habría metido perpetua por cometer delito contra la ley de conservación del patrimonio histórico-artístico.

Ella se elevó casi cinco metros sobre el suelo, saliendo despedida por encima del pasillo humano que se había formado. Me aparté del gentío y fui corriendo al lugar donde se suponía debía descender. Estaba muy cerca de la puerta, así que mientras llegaba y no (y mira que tardó un rato en caer), abrí con mi pierna izquierda la puerta del bar. Mi brazo seguía amoratado, prácticamente no sentía la palma de mi mano y mi RH estaba más negativo que nunca. Entonces vi que no estaba solo. A mi lado, otras tres personas esperaban la llegada del asteroide con ansiosas ganas de rematar la faena. Metí codo y grité: “¡mía!”. El primer azote no fue nada comparado con el segundo: movimiento ascendente, impulso descomunal y giro de muñeca “spin left”. Salió a través del quicio de la puerta con destino la órbita K-27. Las lentejuelas de sus braguitas iban despegándose durante la ascensión, dejando una estela al más puro estilo “Cometa Halley”.

En ese emotivo momento fui al guardarropa, recogí mi abrigo y me fui a casa. Salí a la terraza y miré al cielo. Mi querido cometa ya no era del todo mío (¿alguna vez lo fue?), pero no estaba triste. Allí seguiría por toda la eternidad, estudiado, admirado y añorado por científicos, noctámbulos y borrachos. Yo, mientras tanto, duermo en el anonimato recordando nuestra última melodía al ritmo del “son sabrosón” de mis timbales favoritos.

Prótesis legítima

Mi padre era protésico dental y tenía una máquina de escribir.  Aunque en ambas cosas no era del todo malo, me quedo con la segunda, porque las ficciones que de sus manos salían eran bastante más creíbles. Voluntad nunca le faltó, aunque no era lo que podríamos decir un manitas. Sus reducidos pacientes y escasos lectores nunca nos aventuramos a dar una crítica realmente exhaustiva, quizá porque tampoco era realmente necesario. Los primeros se las apañaban bastante bien. En el aspecto funcional del problema tenían asumido que ya nunca podrían hincar el diente a cosas duras. En el plano estético-personal tampoco. En cuanto a los segundos, entre los que nos encontrábamos familiares y amigos, siempre nos quedaba el consuelo de leernos El Quijote cada par de años.

Mi padre murió hace ya unos años, sin embargo la costumbre de leer a Cervantes la conservo. La historia del ingenioso hidalgo la llevo conmigo cada día, su idealismo me acompaña en todas las empresas que acometo. Pienso que qué mejor escudero para tutelar mis andanzas por este falso mundo que ese infinito optimismo, que esa febril capacidad de transformar la mentira que nos envuelve en otra ficción más verosímil a nuestras miopes entendederas. “Total, si vamos a contar mentiras, tralará…” – me digo.

Su máquina de escribir todavía la atesoro, es mi tótem de la gran burla de la vida. Sus contadas teclas aún recuerdan historias que los demás seguramente habremos olvidado. Su deteriorado carro lleva grabado descoloridos personajes envueltos en problemas banales, que de tanto girar sobre si mismos terminaron por reescribir su propia miseria. Su afónica campanilla hace tiempo que no avisa que la línea llega a su fin. Allí se quedó, en un estado inacabado, sin papel y con la tinta seca.

Sus otros personajes de ficción deben yacer ya bajo muchos metros de tierra, alimentando esperanzas de recios cipreses. Su sabiduría se habrá esparcido, entremezclándose con las proteínas de otros familiares y vecinos enverdeciendo la ladera. Sin embargo, mi padre seguirá allí presente. Su protésica firma perdurará años, quizá siglos, y cuando ni la ladera ni los cipreses presencien el místico atardecer de la ciudad, él y sus miles de enterradas sonrisas continuarán riéndose del destino y de la vida.

Mandi, ácida por desidia

Apretada en el fondo del refrigerador, la mandarina se sentía agria. Eternamente ignorada, su vida se congelaba en un sinfín de días sin sol. Sólo de vez en cuando llegaban a su piel celulítica los pálidos rayos de una bombilla que veía tras los barrotes de la bandeja de los yogures.Las Navidades habían pasado y allí seguía, soportando las burlas y comentarios de los habitantes de tal particular mansión. “Tú no sirves ni para hacer zumo” le había soltado un día un pomelo con su tono particularmente ácido.

En las mazmorras más inaccesibles del blanco castillo, Mandi veía que su vida llegaba a término y pronto comenzarían a reblandecerse sus carnes. Temía particularmente el cáncer de gajo, que comenzaba con una ligera y suave pelusilla blanca y terminaba por tapizar de verde toda su piel. Lo había visto un par de veces en alguna compañera y era sabedora de los efectos que tal mal conllevaba. Una nueva remesa de tomates y sería totalmente aplastada, lenta pero inexorablemente.

Ocurrió que un sábado por la tarde llegaron unos yogurines desnatados no se sabe D’anon’e (léase “de dónde” en gangoso). Venían empaquetados en un vehículo de transporte que anunciaba un fantástico viaje al caribe a cambio de un simple código de barras. Ella no tenía código de barras, pero podía apañárselas para conseguir uno. Con un celador tan despistado, a veces quedaban esos vehículos semidestrozados durante largos días al alcance de la mano (bueno, del gajo). Tuvieron que pasar un par de cenas y por fin pudo hacerse con uno, y cuidadosamente lo introdujo entre dos de sus gajos por un orificio que solo Mandi conocía (joder, no seáis crueles, que habían sido demasiados días sola, y la carne es débil).Ahora sólo faltaba escapar. “La estrategia ha de ser perfecta” se decía. Un fallo y terminaría en el fondo de la bolsa de la basura. Nadie sabría apreciar la laxitud de sus carnes en su justa medida, o al menos, ningún humano livianamente sibarita. Y su celador lo era en gran medida. Con sus cenitas a base de tomatitos y anchoa, sus tórridas fondues y sus pasionales “strawberry cheesecakes”. Tenía que huir y rápido.

En su larga y tormentosa estancia en el “fridge”, como alguna vez le había oído decir al pijillo, era conocedora de la alta rotación de sus okupas, los tomates. No debería decir tacos, pero alguna que otra vez murmuraba “joder, si es que se los come hasta verdes, el muy pederasta…”. Así que decidió hacerse pasar por uno de ellos. “En una tarde de resaca y del color que se me están poniendo las carnes, no será muy complicado”, pensaba.

Y pasaron un par de días y vio nítida su ocasión (la verdad es que son demasiadas tardes de resaca, las de este mamón…). En cuanto se abrió la bandeja, apretó fuerte fuerte hasta que su piel se hizo tersa por unos instantes… Una mano la rodeó y salió del frigorífico. A los pocos instantes ya estaba debajo de un chorro de agua helada. Sintió rejuvenecer sus carnes y un intenso escalofrío sacudió su cuerpo. Un par de meneos y ya estaba encima de una tabla de madera.

Entonces un brillo cegador la sobrecogió. Un terrible y afilado cuchillo se acercaba rápidamente y no veía escapatoria. Rápidamente se hizo a un lado y salvó el primer envite. Otro quiebro y salvó el segundo. “Joder con el tomate”, oía decir, pero ella seguía concentrada (que es lo contrario de recién exprimida, según le habían dicho). “Un par de envites más y desistirá”, pensó. El filo esta vez se acercó por el centro. No había escapatoria. Entonces sacó el código de barras que llevaba enrollado dentro y le hizo frente. “¡Atrás mamón!” gritaba, con un estilo que recordaba ligeramente al Zorro Banderas. El cuchillo no entraba y Mandi se sintió “heroína”.

Entonces el celador sacó una cucharilla, colocó a Mandi encima, puso el mechero debajo, rompió el precinto de una jeringuilla, la aspiró suavemente y se metió un viaje. No es el caribe pero es la hostia.

Donde duermen los sueños

Se despertaba minutos antes de salir el sol. Desde la temprana oscuridad, su cuerpo se predisponía para dar la bienvenida a los primeros rayos de la mañana. Al igual que las hojas del árbol que bajo su ventana se erguía, sus brazos se acomodaban con un suave vaivén, preparándose para no desaprovechar ni el más fugaz reflejo de luz, convirtiendo los livianos segundos del amanecer en un cotidiano milagro.

Invadiendo lentamente su habitación, esos primeros rayos bañaban su cuerpo y ella los sentía frescos y suaves como rocío bajo los pies, los oía inesperados y joviales como la melodía de un joyero, los soñaba negros y profundos como negra y profunda era la angustia que la invadía al abrir los ojos. Presa en su propia pesadilla, vivía sin poder hallar el lugar donde duermen los sueños.

Día tras día muchas eran las sensaciones que se sucedían, sensaciones que para la mayoría pasaban inadvertidas. Ella, sin embargo, esperaba siempre al acecho, cazadora y devoradora de imágenes invisibles. Con el paso del tiempo llegó a sentirse orgullosa de su capacidad para conocer y memorizar su alrededor, convirtiendo la casualidad de cada evento en una simple rutina.

Y año tras año retornaban del oculto baúl las ilusiones perdidas y las promesas falladas. Y cada 6 de Enero el odio de su niñez se tornaba en pena y dolor que hacían más negra y ciega su altiva mirada.

Con la esperanza olvidada, ocurrió que un 5 de Enero del Año del Despertar, paseando por las calles de su ciudad natal, cercana la medianoche, algo se interpuso entre su bastón y los húmedos peldaños del portal. Tanteó durante unos segundos hasta que una voz la sobresaltó:

-¿Quién se atreve a perturbar mi sueño? – exclamó desde el nivel del suelo.

- No sé quién es usted, pero este es mi portal y usted no puede estar aquí durmiendo – replicó.

– Llevo mucho tiempo esperándote, tanto, que mis compañeros me han abandonado– y añadió: –Estoy aquí para hacer realidad tu deseo, si es que todavía tienes fe.–

No sabía a cuento de qué venía eso, pero la broma era de evidente mal gusto.

– Digamos que no quiero amargarle más la noche. Márchese de aquí y no llamaré a la policía – contestó y seguidamente cerró el portal de un portazo.

Esa noche apenas durmió. No podía apartar de su mente al hombre que se había encontrado en el portal. – Debería haberle preguntado su nombre, al menos me habría quedado más tranquila – pensó.

Y entre sueños y pesadillas escuchó el sonido de su viejo despertador, y por primera vez en toda su vida, permaneció en la cama ocultando su cabeza bajo la almohada. Y pasados unos minutos sintió cómo, de nuevo, un cálido y suave bálsamo bañaba sus piernas, cómo una inesperada y jovial melodía endulzaba sus oídos, y al apartar la almohada, una blanca y radiante luz encendía sus ojos, atravesando la ventana que tantas veces sus ojos habían soñado.

Se incorporó de un salto y se colocó frente al cristal. El horizonte era más profundo de lo que creía. Bajó su mirada deteniéndose en el árbol al que tantas veces había imitado y que se elevaba mostrando sus desnudas y brillantes ramas, ligeramente congeladas. –Por esta vez no te tengo envidia- pensó. Entonces prosiguió su recorrido visual por la calle, intentando imaginar al hombre que la noche anterior dormía en su portal. Sin embargo, allí no había nadie.

Se puso el abrigo y bajó a la calle. No había nadie en la puerta de su casa, pero en su paseo encontró muchas personas en lugares a cuál más inhóspito, y a todos ellos despertó preguntándoles si la conocían y cuáles eran sus nombres, pero no halló ninguna información que de algo le sirviera. Y cuanto más se alejaba de casa, más vagabundos se encontraba. Sin embargo, ninguno de ellos le proporcionaba ningún tipo de pista. Dio la vuelta y cabizbaja inició su regreso a casa.

Fue entonces cuando en un acto reflejo cerró sus ojos, olvidando el milagro que había sucedido. Habían pasado tantos años que conocía el camino sin necesidad de bastón, sin embargo en su recuerdo no era capaz de situar a todas aquellas personas que tantas veces allí habían estado y que ella no había sido capaz imaginar. Orgullosa como estaba de su capacidad de reconocer su entorno, no había reparado en aquellos que tantas noches habían dormido al abrigo de esquinas, portales y aceras. Y sintió lástima de si misma.

Entró en el portal y en las escaleras se tropezó con un abrigo. Intrigada lo recogió y tanteó en los bolsillos. Su corazón se sobresaltó al sentir un áspero papel totalmente perforado. Lo sacó suavemente, desdoblándolo mientras abría los ojos. En él no había nada escrito, sin embargo sus dedos no opinaban lo mismo. Cerró de nuevo los ojos y con una suave caricia recorrió la primera línea, que rezaba: “Queridos Reyes Magos…”

Recuerdos de un verano inolvidable

Cuando cierro los ojos todavía puedo sentir su perfume.  Apoyada y ligeramente inclinada sobre la barandilla del paseo marítimo, su silueta se insinuaba a través del vestido invitándome a permanecer unos instantes alejado, de forma que la luz del atardecer me permitiera contemplar su cuerpo en todo su conjunto.

Sabía perfectamente lo puntual que acostumbro a ser, pero siempre acudía a nuestras citas unos minutos antes y me recibía como si no esperara mi llegada. Yo la veía bastante antes de llegar, de espaldas y con la cabeza levemente girada hacia el sol. Al salir del apartamento siempre apresuraba mi paso hasta llegar a la avenida que desembocaba en el paseo, ansioso por comprobar que ella no había faltado a la cita. Ya desde la avenida, su cuerpo destacaba sobre la gente que se había animado a salir a pasear al lado de la playa, y era precisamente allí donde aminoraba mi marcha para deleitarme. Eran los minutos más emocionantes del día y el acercarse lentamente los convertía en más excitantes si cabe. Cualquier persona que la observara por detrás pensaría que estaba admirando la puesta de sol, refrescando la bronceada piel con la brisa que solía levantarse al caer la tarde. Sólo yo sabía que sus ojos esperaban cerrados mi llegada, que su cuerpo, aferrado al pasamanos, solicitaba mis brazos a su alrededor.

El pelo recogido en un alborotado moño facilitaba el primer contacto. Unos labios, los míos, despertaban sus ojos con un suave beso en la nuca mientras sus brazos, libres ya de la seguridad que la barandilla proporcionaba, se aventuraban a rodear mi cintura. Su cara ya no apuntaba hacia el horizonte, se había vuelto para recibir mi boca y así, en un fugaz y eterno beso comenzaba cada noche nuestra particular aventura.

Hoy, ya de vuelta, no recuerdo cuáles fueron esas aventuras, sin embargo no puedo olvidar que el comienzo de cada una de ellas fue siempre el mismo, y que ese comienzo, me acompañará durante todo el invierno.

 

Son of a beach!

(Que no es una canción cubana tipo Gloria Stefan sobre la playa sino un juego de palabras)

 

Hace ya quince días que estoy de vuelta de las vacances y todavía no sé de dónde viene esa peste. He lavado toda la ropa y no consigo eliminarla. Lo peor es que con los efluvios me acuerdo de la jodida gorda contoneándose como una foca en la barandilla de la playa. Embutida a presión en ese vestido, sus michelines se transparentaban de tal manera que siempre dudaba si acercarme o marcharme corriendo en dirección contraria. La puesta de sol y ella delante era como un eclipse solar.

Por más que intentaba llegar antes que ella para no sufrir semejante cuadro, ella debía verme llegar desde algún sitio, porque cuando me acercaba ya estaba la jodida estatua de Botero en la playa. Y encima se hacía la loca. Con el inmenso pandero hacia mí y de perfil, como si por un casual me fuera a equivocar con otra… Salía del apartamento apesadumbrado, preguntándome cómo podía haberme comido eso la otra noche, con paso lento y vacilante, pero al llegar a la avenida desde la que se adivinaba la playa (porque lo que es ver…), y la veía, echaba a correr para que la gente no me viera llegar. Y es que desde la avenida, su cuerpo destacaba sobre la multitud como una ambulancia del SAMUR en un dormitorio oscuro. Cuanto más cerca estaba, más deprisa corría para apartarla del paseo. No quería que la gente me viera llegar pero montaba unos atascos en la acera que la gente pensaba que había un show en el medio (y más gente que se apelotonaba alrededor). Si hay un momento que aborrecía del día era entrar en el jodido espectáculo marítimo y llevarme al elefante marino. (Había niños que hasta lloraban). Lo peor de todo era que casi no podía abrir los ojos de lo gorda que estaba y que su piel brillaba como un langostino escaldado. No había forma de hacerla entender que su cuerpo no se bronceaba, que por más que se echara aceite, lo único que iba a conseguir era parecerse cada vez más a una señal de STOP de autopista. Pues allí estaba, agarrándose al pasamanos y apoyada sobre el abdomen, ocultando los adornos de la barandilla entre los michelines.

Su pelo era como una escarola atada con una goma de oficina, dejando al descubierto una peasso colleja que invitaba a cebarse. Al llegar no podía reprimirme (¡ZAS!.  ¡ZAS!, ¡ZAS! y ¡ZAS!). (Había que igualar el color del cuerpo con el del cuello). Entonces soltaba de una puta vez la barandilla y me agarraba por la cintura hasta elevarme por encima de la gente. Me subía y me bajaba mirándome como si fuera un bollo de nata montada. Cuando abría la boca, sólo se oía una cosa…  (me había ido por la pata abajo…)

Ya desde Madrid, no recuerdo otra cosa que la llegada al paseo marítimo. Me queda todo el jodido invierno para poder olvidarlo… No sé si me quedarán fuerzas…