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6 cosas que podría hacer el Papa estos 6 días

Hay tantas cosas que se están escribiendo sobre la JMJ y la visita de Benedicto XVI a Madrid que se me ocurren 6 actos en la agenda que podrían haber estado en una hipotética visita de Jesús a Madrid durante estos días. Habiendo leído tantas veces las cosas que Jesús hizo hace 2.000 años en una sociedad compleja también como era aquella, creo que estaría interesado en hacerse oir en la nuestra.

Estos son, a mi parecer, los 6 temas más importantes y urgentes para muchas de las personas que siguen, de alguna manera, el mensaje de Cristo y a los que podría dedicar un día a cada uno de ellos:

1. Visita a presos de ETA, familiares de terroristas y representantes de Bildu. Una tarde sentados alrededor de una mesa en la que hubiera una conversación sincera sobre cómo conseguir cambiar el mundo utilizando el amor y la paz en lugar del odio y las armas. Un mensaje claro para ayudar a terminar para siempre con el terrorismo en España.

2. Una día en Sol, participando en las asambleas del movimiento 15M. El desempleo, la lucha por un mundo más justo al que dar un soplo de esperanza, para intentar cambiar las cosas empezando primero por uno mismo y luego dando ejemplo a los demás. Proponer a todos la puesta en marcha de grandes grupos de voluntariado por barrios para ayudar a los más afectados por la crisis actual.

3. Visita a Las Barranquillas y a la Cañada Real, mercados de la droga en Madrid. Conocer el estado en el que se encuentran las personas que viven y visitan estos lugares, para conversar sobre las vidas que llevan hoy en día y qué les ha llevado a tener que acudir frecuentemente a estos lugares. Pedir cariño y ayuda a todos para que salgan de ese inframundo.

4. Un paseo nocturno por el entorno de Montera, Ballesta y todas las calles céntricas en donde se ejerce la prostitución. Conversaría con prostitutas, proxenetas y clientes sobre los motivos que llevan hoy en día a una persona a prostituirse  y cómo, con la ayuda de todos, aquellos que quieran dejar voluntariamente esa vida tengan las oportunidades de hacerlo.

5. Una visita a la Bolsa, acompañado por los presidentes de las empresas del IBEX 35, CEOE y los sindicatos. Conocer el criterio de reparto de los beneficios de las grandes compañías, las políticas de contratación y remuneración y los derechos sociales de nuestros trabajadores. Comparar también el estado económico de nuestro país y las condiciones de nuestros trabajadores con las de países como China, India o Bangladesh.

6. Un día con cristianos, con católicos que se sienten excluidos de la Iglesia. Mujeres que quieren ser sacerdote, hombres y mujeres divorciados a los que se les retira la comunión, personas pertenecientes a ONGs que luchan contra la pandemia del VIH fomentando el uso del preservativo, colectivos de homosexuales que piden que se reconozca su sexualidad como un don de Dios.

Querido Benedicto XVI, todavía estamos a tiempo de cambiar el mundo.

Los Guantánamos de Castilla

Sobrevuelo los campos amarillos de cereal en un Alsa que me lleva a reencontrarme con la familia. Hace tiempo que no visito Asturias, cada kilometro me huele mas a mar, cosas de la imaginación y las ganas de comer marisco en Casa Lin. No sé cómo hay gente que todavía disfruta conduciendo con la de cosas que se pueden hacer en un viaje de 5 horas.

Bueno, escuchar a Vetusta Morla también lo puedes hacer al volante, asumiendo el riesgo de tener un acelerador debajo el pie cuando las emociones invaden tu cerebro. Pues eso, que estoy escuchando “Mapas”, de Vetusta Morla, leyendo la prensa, revisando facebook, viendo el paisaje y tuiteando (antes te decían, por favor tutéame, como cambian las cosas, #verdad?).

Voy mirando el paisaje, decía, entre Medina del Campo y Tordesillas, y veo desde lo alto, esos reductos de chopos que plantan algunos terratenientes para explotar su madera. Son cuadriláteros verdes aislados en el seco cereal. Nadie sabe exactamente cuándo vendrán con la motosierra a buscarlos. Te miran pasar, encerrados en la jaula transparente que es tener las raíces tan profundas. No sé, me acordé de pronto de esos chicos que ven pasar el tiempo esposados de rodillas en Guantánamo, dentro de unas verjas de polígono industrial.

Dejo en Madrid a mis hijuelos este fin de semana, o hijazos, o lo que sea. Están en buenas manos, la exposición arriba del teatro junto a Enio con la oreja puesta a ver si alguien quiere “una foto por Dios, que me las quitan de las manos”. Abajo el micromusical con Sergio y Vanessa, dando la bienvenida de 13 en 13 todas las tardes. Y yo aquí con la batería del iPad al 19% y me quedan un par de horas por los menos. Y Luis mandando a no sé quién muy importante al lugar. Un sin vivir.

El cuerpo

No hay nada parecido a viajar. Estoy en un Starbucks desayunando un domingo a las 11, cosa rara ya que ayer no salí (me hago mayor), sentado junto a la ventana fría de marzo siberiano este año y dos mesas más al fondo hay un chico con un cafe en taza de porcelana (sí, de porcelana) y suena One Headlight de The Wallflowers (Jacob Dylan). Está leyendo una guía Lonely Planet de Tailandia. Lleva más de 10 minutos en la misma posición. Me imagino que habrá usado sus manos en algún momento para pasar página, pero yo no lo he notado.

Se me ha ocurrido pensar que en este momento es un cadáver feliz. Un cuerpo inerte mientras su mente realiza un cuasi-viaje astral en Tailandia. Quizá la canción de los Wallflowers de Dylan haya colaborado a provocar este fallecimiento corporal transitorio de la misma forma que a mí me ha hecho coger la Blackberry y escribir esta pequeña crónica (eso, y la insistencia de Beatriz para que escriba más).

Creo que la necesidad de escribir está directamente ligada a la infelicidad, no siempre, pero en mi caso casi siempre. No escribo ya porque cada día soy más feliz. Ni los médicos han conseguido entristecerme este último año. Este chico debe estar triste… con qué facilidad nos ha dejado a su taza de café y a mí en esta fría mañana de marzo frente al ventanal de la calle Alberto Aguilera.

Y mientras su cuerpo se va enfriando al tiempo que el café, su mente debe estar recorriendo templos, selvas y playas… Sorprende incluso más saber que es una guía Lonely Planet, libro gordo casi sin fotos, todo pura experiencia literaria. Su mente reconstruye las experiencias del reportero viajero utilizando los recursos de la lengua castellana (posiblemente tras haber sufrido las mieles de la traducción).


Dios mío, el chico acaba de resucitar y antes de irse se ha puesto el abrigo azul con la urgencia con la que cubren a los náufragos que llegan a nuestras costas. Las ilusiones sobre mundos mejores también hacen cometer locuras, de eso no hay duda. Es una pena pero, al final, el cuerpo también es importante.

(Como desconfío de mis infelices cualidades descriptivas, dejo una foto a modo de ilustración). Feliz domingo.

Cuenta atrás

10, 9, 8…
Las tardes se hacen cada día más blancas, las sombras no se alargan más, no se detienen tampoco. Eres a veces una forma extraña de pensar en uno mismo, amigo. Palabras que nunca se atreve la lengua a recorrer, sonidos que no escapan entre los dientes.
7, 6, 5…
Esos pensamientos se enredan entre la saliva, se mastican por la noche, dormido. Son cosas que acaban provocando caries, agujeros en el alma. Pequeñas manchas en el blanco de la tarde, como pájaros que picotean en un banco de mármol.
4,3,2…
Los dedos también revolotean en los bolsillos buscando un motivo para detenerse, quizá una llave que abra definitivamente la puerta. Las uñas rozan, escarban el forro de la chaqueta buscando, puede ser, una dirección hacia la que partir de una vez por todas.
1…
Uno siempre está solo. Uno no cuenta con nadie para la vida, la vida es de uno. Uno piensa que hay algo más que uno mismo, algo que soporte, que detenga, que empuje, que explique. Pero uno es uno, no hay nada más.
0…
Nada. El blanco de la noche, otro final, o comienzo.

Lost eyes

Estoy leyendo el reportaje que El Viajero le dedica a San Francisco, un conjunto de historias inconexas alrededor de Vertigo, el filme de Hitchcock. Mentiras. Puro maquillaje. Llevo tiempo intentando bajar a palabras la percepción casi extrasensorial que supuso para mí la reciente visita a la ciudad de las mil cuestas.

Y me sigue resultando difícil cogerle los cuernos a este toro, muy difícil. Es una sensación casi irreal, casi sin información sobre la que construir los detalles. He colgado las fotos, he hecho un vídeo con ellas, tengo incluso otro vídeo que es una locura. Pero ay, los detalles… esos pequeños elementos que hacen fácil, verosímil, una historia. La luz que atraviesa una botella de vino blanco en el pequeño patio interior de un restaurante en Hayes Valley. El viento que te azota la cara desde lo alto de Buena Vista Park. La mirada perdida, enajenada, de una anciana que camina por la calle sin rumbo fijo en North Beach. Las banderas gays que ondean en Castro, los cangrejos sobre una pequeña barra metálica en Fisherman’s Wharf. Los tranvías, los putos tranvías.

No encuentro los detalles, no veo la historia. La ciudad es un espejismo, una idea. El final del sueño americano, la entelequia californiana convertida en asfalto, parques y mar. El ideal de la vida sencilla, del buen clima. La meta de una sociedad decandente, la americana, que nace a la vida en Nueva York, la jungla de edificios en la que hasta los arrastrados marcan tendencia. Un país que bascula su historia de costa a costa, que piensa en las carreras meteóricas, donde Wall Street, Central Park y Chelsea se convierten en el ejemplo de la buena vida, de diablo vestido de Prada. El punto de partida para una sociedad mundial que de día solo piensa en ascender y ascender y de noche sólo disfruta descendiendo y descendiendo.

Y llega un día en que se preguntan qué coño están haciendo con su vida, que para qué tanto trabajar. Entonces, quizá, encienden la televisión o cogen un libro (ejem) y descubren una historia que lleva a California. La meta. El sol, las playas, la brisa que se cuela en el alma poeta y bohemia. Queman las corbatas y los sostenes. Venden las acciones (si es que todavía valen algo), se compran un coche de segunda mano y se recorren el interior del país por la ruta 66. Descubren que viven en un lugar maravilloso, en una tierra que jamás sabrán paladear sus habitantes (bueno, los indios sí, pero esos no cuentan casi ¿no?). Y pasan junto a Monument Valley y les dan las ganas de tirarse al vacío como Thelma y Louise. Pero siguen y siguen por una carretera sin fin. Pasan por Las Vegas, pierden lo que les queda de dinero y dignidad y llegan haciendo auto-stop a San Francisco.

Allí viven, sí, todos ellos, junto a los ricos-veloces de Silicon Valley y a los bundies (vaga-bundies, je je). Con sus pequeñas galerías de cuadros, sus bocadillos mirando a la bahía, sus vecinos de ojos rasgados, hijos de hijos de hijos de los bombardeados de Hiroshima.

San Francisco, la entelequia. La ciudad del frío, joder qué frío. La ciudad de la niebla y el viento. La ciudad más bella y llena de locos que he visto en mi vida. El cementerio de elefantes de occidente, el destino soñado. El paraíso liberal americano de taxistas que son capaces de ofrecerte una boda dentro de un taxi en una religion para ateos (lo juro).

San Francisco, difícil de explicar, más extraña de vivir, imposible de olvidar.

La vida falsa

Hay veces que pienso en las cosas que no he hecho. No en el sentido de la falta de iniciativa, ni tampoco en el de no tener la oportunidad de hacer por estar alejadas de mi estilo de vida. Pienso más bien en esas cosas, situaciones, ocasiones, tentativas de decisión, que en el último momento no han sucedido, quizá por casualidad o quizá no. Pero todas ellas, que de alguna manera han sido meditadas, masticadas, prefiguradas, especuladas, conforman un universo paralelo de aquello que no he hecho, que no he sido. Y aunque si bien en la línea del destino se encuentran en trayectorias paralelas, porque la decisión afirmativa sobre alguna hubiera desembocado con total seguridad en un escenario vital diferente, yo las imagino todas ellas de alguna manera entrelazadas, existencias de un mismo universo inventado. La vida que nunca tuve, trágica, visceral, apasionada, loca. La vida que no estaba llamada a ser vivida, la vida falsa, la vida de veras.

Una historia sin historia

A veces dígome a mí mismo qué pasaría si comenzara una historia sin historia, un relato sin argumento alguno. Comenzar a teclear sobre una peripecia cualquiera, real o inventada: hacer volar la imaginación o dejar que la inventiva se arrastre por el suelo. Lo más probable es que la historia comenzara de alguna manera igual que este relato, con una breve introducción para calentar al espectador, lector, mientras se me ocurre algo ingenioso o me viniera algo a la memoria. Seguramente ocurriera lo que ahora, que se acumulan las líneas sin tener algo, nada que decir. Incluso puede que se acumularan las palabras, nombres, adverbios, conjunciones copulativas y copulantes verbos, conjugados frívolamente y espolvoreados de epítetos y especificativos adjetivos que darían al texto un tono pedante y relamido. Podría incluso llegar el momento de borrar lo escrito, o incluso concluirlo esperando que alguien entendiera en todo ello una genialidad, una ocurrencia. Pero también podría continuar, describiendo la mayor y la menor de las cosas que me circundan como si de una gloria o desgracia trascendente se tratara. O quizá seguir sin más, escribiendo como quien escucha el teclado de un piano sordo, mudo más bien, línea tras línea, letra tras letra. Entonces es probable, según dicen los expertos, que en un momento llegase la inspiración, una fina línea argumental a la que agarrarse, ese hilo del que tirar, sin desesperación pero desesperado, esperando que tras él llegue lo esperado…

Los cambios

Por las tardes, con la caída de las horas, entre dos hojas perdidas que sobrevuelan tu alma y la mía, con el tacto de quien sólo es capaz de cambiar el rumbo de las vidas, como un templo de naipes se derrumban los pasos, los acontecimientos, las dudas, las verdades, los holas y los adioses, los amigos y los rivales.

Por las tardes, como esta tarde, se abren y se cierran cajas, puertas, brazos, abrazos, manos, puños, vientos, truenos…

Como esta tarde, se viene encima el futuro, con sus deseos y sus infortunios, lo querido y lo odiado: todo se materializa en este estúpido instante para susurrarme a gritos que muy pronto quizá me arrepienta de las decisiones de hoy, o que tal vez las celebre.

Quién sabe.

esperarles como reyes…

Puede uno esta noche pasarla en vela, esperando la nocturna entrada de tres señores con barba vestidos de señora, por la puerta o por la ventana, quizá, con un saco, o varios, llenos de ilusión, aterciopelado saco rojo cabaret, desgastado del uso, puntual en el año pero milenario en su historia, esperarles toda la noche con un cubo lleno de agua para tres sedientos camellos, con unos trozos de turrón junto a la chimenea, esperarles toda la noche con una copa de champagne desde la cena, viendo como las diminutas burbujas ascienden y superan la línea que separa los dos estados, líquido y gaseoso, y se pierden perfumando la estancia, esperarles toda la noche mirando parpadear las bombillas de dorada luz en el árbol, como cientos de fugaces deseos en el firmamento del desierto, como granos de arena volando en la luz de la tarde, esperarles toda la noche hipnotizado con la suave caída de unos copos de nieve, blancos, que cubran de juventud las rancias aceras, los desgastados parabrisas, resbalando por el cristal de la ventana hasta diluirse en gotas que surquen el espejo de nuestra mirada, esperarles toda la noche…

… pero es que resulta que tengo una fiesta en casa de unos amigos dentro de unos minutos y con esta chorrada ya llego tarde, así que, si me lo permiten, les esperan ustedes y mañana con detalle me lo cuentan.

Ah… y que disfruten de sus regalos.

Nada

No se me ocurre nada. Pasan los días en esta soledad neuronal, ni un pensamiento interesante, sólo un vacío hueco, eco, eco… y me acuerdo de muchas anécdotas con las que podría decorar este árbol navideño, posts como bolas, esféricas, distorsionadoras de la realidad circundante, pero no toman cuerpo, todas se caen, y botan y rebotan y se marchan por la puerta, bota, bota, bota… y bajan las escaleras y casi ya ni las oigo, bota, bota, bota… salen del portal de casa y las veo por la ventana, rebotando en las cabezas de los transeúntes, mullidos botes a veces, en peinadas cocorotas de laca navideña, secos botes otras, sobre escarchadas calvas, bola contra bola como en un billar… y siguen botando sobre la acera y el asfalto, parabrisas de vehículos, copas de árboles casi sin hojas, botan en charcos, en perros sin collar, y al final parecen detenerse en el cristal de la pastelería que veo enfrente, pero entonces empiezan a rodar, calle abajo, hacia otras casas quizá…

El Pompidou y la ciudad del amor… propio

……….……….Una profunda bocanada de aire cálido,
……….……….no como el grito invertido del ahogado
……….……….sino como el trago definitivo del mejor borgoña.

La ciudad del amor acoge en su mismo corazón la casa del diablo. Sus venas de fuego corren sobre su piel, sobre sus huesos. Hundido en lo más sagrado de París, con su boca ortodóntica te traga, te digiere para ser siempre parte del perfume contemporáneo, la esencia de la descomposición. Si de este mundo sobra lo superfluo, sobras tú. Yo contenido, sujeto, frente al continente, transparente.

Solo llego a París y mis pasos me llevan por el camino que nadie recorre. Los edificios se apartan de mi deambular perdido, las sombras me guían. Este adoquinado es chanson, tres mujeres se despiden y se dispersan como tres
palomas se diluyen en un cielo de Sisley, tras un disparo.

Solo cruzo la sombra gótica del ábside de St. Merri y me asomo a la Fontaine Stravinsky, preludio de lo que acontece, Jardín de El Bosco. Serpientes de color escupen agua maldita, una laguna Estigia sin Cancerbero. Todo esto es una blasfemia, un grito en mitad de la perfección.

Vengo a Paris con 30 años perdidos, de lo vivido nada me queda. Las alegrías fueron tantas como las penas, el balance equilibrado, malgastado. Las vidas compensadas son vidas mediocres. Mejor ser santo o diablo. Mejor diablo. En esta plaza hundida, el Centro Pompidou me observa insignificante. No hay mente humana que haya podido concebir semejante locura, porque esta obra no es del hombre.

Uno compra un ticket como si llamara a un gondolero: un viaje sin retorno hacia el museo de arte contemporáneo, plantas 5 y 6. Ese ascenso doloroso, estadios sobre una mecánica escala, metáfora de una vida. Tramos de dejarse llevar, como siempre. Un intestino trasparente desde el que ves la vida alejarse mientras asciendes. Títeres y titiriteros, plazas de Baudelaire, fiestas y viudas, el mundo y la carne. Barandillas sobre la muerte.

El sol se pone sobre los tejados, moldes invertidos de bizcocho, negras tejas de pizarra y tiza:

No volveré a malgastar la vida
No volveré a malgastar la vida
No volveré a malgastar la vida
No volveré a malgastar mi vida.

El mundo es más hermoso desde lo alto. La voz que siempre habla dice todo esto te daré si te postras ante mí y me adoras. Un paisaje de espaldas a la vida, a mi propia vida. Sobre el cielo, bajo el horizonte, a izquierda y a derecha, Notre Dame y el Sacré Coeur. La torre Eiffel al fondo, mi otro yo, el que todo lo ve, el que se supone que todo lo sabe y realmente no sabe nada.

La gente que me rodea no existe, no escucho sus voces, no las oigo. Sólo el sol que ya no está y padre y madre a derecha e izquierda. Vistas de Mont Matre en mi mente, rojas sombrillas en la Place du Tertre bajo las cuales deben quedar los últimos lienzos. Y las cuatro estaciones, las horas de la vida en la fachada de Notre Dame como las Catedrales de Rouen que escupía Monet.

Es el mundo al que pertenecí hasta que vine aquí: todo lo ocurrido, lo acontecido, lo banal. Todo esto te daré si te postras ante mí y me adoras… Podría lazarme sobre las rocas, pero no creo que un ejército de ángeles venga en mi auxilio. Es el hombre frente al hombre, frente a un mundo sin dioses. Con mi espalda frente a la tarde siento el verdadero paisaje frente a mí.

El siglo XX descansa dentro de este infierno de cristal y acero. El desprecio absoluto por la ley, la destrucción de todo canon de belleza, un inmenso puzzle de siglos desparramado por el suelo. Odio o amor, luz o sombra, arte o destrucción. Pero ay, somos hijos del XX y amamos los pechos que nos amamantaron, aunque seamos Rómulo o Remo. Delaunay, Picasso, Rothko, entraron en el templo y a gritos expulsaron a los mercaderes de impresiones.

Hay más belleza en una sola tesela que en todas las bóvedas de Caracalla, más amor en un verso de Neruda que en todos los ripios de Bécquer. Uno entra en este bosque de acero y el David de Donatello parece un muñeco de plastilina, el Nacimiento de Venus un aborto.

Desprecio el porvenir porque ya no queda nada que romper, tan sólo el recoger cada pieza e intentar reconstruir de nuevo este Big Bang, ¡qué solemne aburrimiento! Por eso sale uno por la misma puerta que ha entrado. La ciudad está a oscuras, las escaleras mecánicas descienden.

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Yo nunca me fui del Pompidou. Ante él me postré y lo adoré. Hay otro yo que huyó al abrazo de París, a la vida sin vida. Yo me quedé aquí, en este infierno pestilente de autodestrucción. Notre Dame y el Sacre Coeur abrazaron al hijo perdido en el templo, pero yo descansé entre las cosas de mi padre. La Tour Eiffel amó al desertor. Junto a ése vivió el XXI mientras mis huesos aun arden al fuego de este desierto, sin maná, sin Jahvé.

Quiero

Pero no puedo. No puedo callar. Necesito hablar, gritar, escribir, disparar, matar. El silencio destruye las neuronas por resonancia, por acumulación de pensamientos banales, trascendentes, estúpidos, geniales, invisibles, rojos, imposibles. No puedo. Mi cabeza es una inmensa olla de palabras, un enorme caldero al fuego, suspendido de un travesaño requemado. Un caldero que bulle desbordado de agua, hidróxido de sodio y grasa humana: desperdicios de la especie a la que pertenezco.

La saponificación es un proceso conocido, pero no por ello puedo esperar. Necesito echar más leña a la hoguera, hasta salir despedido, en forma de pompa transparente, temblorosa, infantil, con el viento al soplar sobre este pozo por todos conocido, el foso en que la vida nos ha metido. Volar sin más, en el aire, como una pompa diminuta, frágil, sin ninguna dirección ni sentido. Sólo como una esfera que se eleva sobre el suelo y que en su ascenso refleja, sobre su tornasolada superficie, la realidad distorsionada de lo que la circunda. Pompa o nada. Hacia el cielo, lejos, lejos del suelo. Y elevarse con pequeños impulsos, palabras sin mucha pretensión. Esquivar las miradas adultas con la ayuda de la fortuna y la indiferencia, hasta alcanzar los primeros metros. Después mentir, mentir para hincharse, inflarse, crecer, engordar el vacío interior de los primeros partos. Todos son caminos y todos son válidos, la verdad la inventaron los santos y para mí están ya todos muertos. La verdad es mejor disfrazarla, hasta que parezca mentira. Y proseguir el ascenso inmerecidamente, palabra a palabra, altisonante, insultante, exultante a fin de cuentas, me da lo mismo. Crecer como una pompa que se transforma paulatinamente en globo, estratosférico, obsceno hasta el extremo, como el planeta, como un planeta o un sol, rojo o verde, o negro como la miseria de la que todos estamos hechos, la que el día menos pensado quizá perfore esa fina película de agua y jabón en la que nos hemos convertido y con un sonoro chasquido, estrepitoso, como un pedo, nos devuelva a nuestra forma natural, a una gota minúscula, a una minucia. Y el aire o alma, que conteníamos, crecida a base de saponificar los desperdicios, se disuelva en la niebla del día y sea respirada por todos, y todos los ojos nos devuelvan el asco en la mirada.

Pero ser gota y haber volado, como la lluvia. Ascendido y muerto en la cima, destruyéndolo todo para caer estrellado en el asfalto, igual que una gota de tinta en un papel inmaculado. Derribado, sí, pero habiendo oteado el horizonte. Y sobre el papel convertirse en reguero de negra conciencia, en una línea estrecha y descendiente, que zigzaguea y paulatinamente vuelve a convertirse en palabra, escarbando el papel y ensuciándolo, como una pluma o cuchillo de acero que vacía las entrañas de lo blanco, y las expone públicamente, de nuevo, a sufrir el merecido e implacable peso de la justicia.

Sobre el arte moderno

El arte moderno es una profunda incisión en el cuello, un corte limpio de la arteria yugular del espectador y la sensación de que la sangre brota a borbotones por entre unos dedos que no alcanzan a cortar la hemorragia. El arte moderno es un impacto tan descomunal en el entendimiento de la belleza que desestabiliza todo el organismo: un cambio en el ritmo cardiaco, una sensación ausencia progresiva de óxigeno en el cerebro y la repentina intuición de que el final está ya muy cerca. El arte moderno, aunque no es más que vivir esta vida, se parece más a morir que a otra cosa.

Por placer

A la hora de preparar estas palabras, uno desconoce en qué momento de la ceremonia será llamado a leerlas. Y en el momento en que las escribo, pienso si habré de estar en donde ahora me ven, antes o después del “podéis ir en paz”.

Porque no es lo mismo saber que la audiencia espera sentada hasta el final de estas líneas por el deber o por el compromiso. Por lo que a mí respecta, preferiría que estuviera escuchando por placer. Y es que en la vida, Esther, José Ramón, nos encontramos cada día con estas tres formas de hacer las cosas: la obligación, el compromiso o el placer.

Sobre la obligación no voy a hablar demasiado porque la ley, divina o humana, es muy poco específica. Se escribieron cientos de páginas en el antiguo testamento, mandamientos y preceptos, y tuvo que venir Jesús a echarnos una mano: “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. San Agustín apostilló con su “Ama y haz lo que quieras” y ya está dicho todo. De las leyes humanas me quedo con “tu libertad termina donde empieza la del otro”. Pocas cosas, pues, las que hacer por deber.

Placer o compromiso, no son dos caminos. No es cierto que por placer haría una cosa y por compromiso haría a veces la contraria. No es un quiero o un debo. Uno en la vida hace lo que tiene que hacer, porque uno solo es el camino, porque se vive solo una vez. Es la forma en que uno vive, la que uno ha elegido. No es el QUÉ, es el CÓMO.

Por placer estar juntos en la alegría, por placer en la enfermedad. Por placer compartir cuatro paredes, por puro placer pagarlas. Por placer besar, procrear, amamantar, acariciar, educar. Acompañad esas nuevas vidas que tendréis, José Ramón y Esther, acompañadlas en la vida por placer.

Desde el primer día que os vi juntos se me quedó en la cara una sonrisa porque vislumbré que entre vosotros no había compromiso. Estabais juntos por placer, porque sí, porque no estar juntos era ir en contra de lo evidente.

Hoy estoy aquí y no sé realmente si me ha tocado hablar representando la amistad, el pasado reciente o la pasión por las letras. Me da igual. Hoy hablo por placer, y con este inmenso gusto y orgullo que siento por estar hoy aquí, aprovecharé estas palabras primeras que escucháis siendo una sola carne para felicitaros porque vuestro amor ha triunfado.

Nada más queda ya por decir, salvo que continuéis tomando tan sabias decisiones. Que eduquéis a los hijos en el placer de vivir conforme a la verdad, como sé seguro que lo haréis, por encima de normas y de leyes. Y que aprendan de vosotros el verdadero valor de la amistad, de la que nos sentimos tan orgullosos nosotros, todos, vuestros amigos.

(Texto para la Boda de José Ramón y Esther) 

Lala

Desde siempre nos han dicho que primero es la obligación y después la devoción. Que el futuro es imprevisible, que primero es lo seguro y después lo incierto.

Yo te recuerdo sobre todo entre familia y pinceles, pero estos dos días en el tanatorio he visto que otros te recuerdan entre pupitres y amigos, entre cabalgatas y teatro, entre alumnos y arcilla.

Todo en la vida lo hiciste con pasión porque siempre hiciste lo que te apasionaba, por encima de dificultades e incertidumbres. Nos demostraste que en esta vida la única obligación es la devoción, y por eso tienes una plaza en Veguellina y un gran parque en todos nuestros corazones.

Pensabas que por todo esto te echaríamos tanto de menos que tu decisión fue irte despacio, para que no notáramos de pronto tu ausencia. Algunos dicen que era Alzheimer, pero yo sé que no es así. Y poco a poco te alejaste de las fiestas y carrozas, de los pupitres, el teatro y la arcilla, de los amigos y la familia. Te alejaste de caminar, hasta de hablar, dejando para lo último el lenguaje del amor, los gestos de cariño con los que desde hace unos días te despedías definitivamente.

Esta mañana he visto que el cielo está más azul y que son más hermosas las nubes, y soy feliz porque veo que has vuelto a coger los pinceles.

(Texto para el funeral de mi abuela Isabel) 

Rebajas

Mis oficinas se encuentran muy cerca de unos grandes almacenes y muchos días suelo dejar el coche aparcado dentro. Antes intentaba todo tipo cosas para que al pasar con el traje a través de los pasillos no me tomaran por un dependiente, pero siempre salía con la sensación de haber fracasado. No sé por qué me sentaba tan mal que se confundieran, ya que siempre me ha parecido un trabajo de lo más respetable. Hojeaba algún libro expuesto o me probaba alguna colonia para disimular, pero desde el día que me recriminó el responsable de planta, creyendo que estaba descuidando mis funciones, no lo he vuelto a hacer. Ahora incluso, durante las rebajas, camino seguro entre las estanterías y, en cuanto descubro alguna mirada oculta entre los productos, me dirijo al primer comprador despistado que encuentro con el socorrido “¿se le ofrece algo?” y entonces todo el mundo mira para otro lado dejándome el camino despejado.

Abuelita

Hoy es el día del feliz encuentro, en el que los largos caminos quedaron ya bajo tu paso decidido. Hoy, descansas aquí Rosalía, bajo este artesonado cielo de Macotera donde hace años te uniste a Ataulfo para convertiros en una sola alma. Por la puerta salisteis dispuestos a caminar cincuenta años juntos, años juntos de familia y alumnos, años de amor.

Hoy es el día del feliz encuentro, en el que la mitad de tu alma te espera un poco más arriba de este cielo de madera. Ya juntos podremos deciros, Ataulfo y Rosalía, que os damos las gracias por todo, que somos lo que quisisteis que fuéramos y que nos sentimos orgullosos de que así nos hicierais.

Hasta pronto, Rosalía, descansa feliz. En nuestro corazón nos quedamos con un poquito de ti para recorrer lo que a nosotros nos resta.

Hasta pronto, Rosalía, que papá ya te espera en la encina.

(Texto para el funeral de mi abuela Rosalía) 

Un mundo diferente

Este es un mundo curioso. Un mundo hecho de la suma de muchos mundos, de muchas personas, todas distintas. Cada pequeño mundo tiene su propia prehistoria, sus edades de piedra, de bronce y de hierro. Cada uno sus pequeñas revoluciones, sus dictaduras y sus democracias. Todos y cada uno con acontecimientos que van escribiendo una particular historia, una vida en definitiva.

El gran mundo observa el transcurso de las diferentes vidas que lo componen y necesita hechos palpables, sucesos puntuales a los que colocar una fecha. Sin embargo, en cada uno de los pequeños mundos las cosas suceden progresivamente, sin un claro principio o fin.

Creemos necesitar estos hechos para confirmarnos y confirmar ante el resto una realidad que vivimos internamente. Pero no debemos dejarnos embaucar por el ritual de los días señalados, porque las fechas del gran mundo nada tienen que ver con los acontecimientos que surgen mágicamente en nuestras vidas.

Preguntaos hoy cuándo os enamorasteis y no encontraréis una fecha. Es probable incluso que cada uno de vosotros conteste un día diferente. Y es que en cada pequeño mundo las cosas suceden en el momento más inesperado. Un gesto, una caricia, una palabra. Todo ocurriendo progresivamente en un mundo interior en el que poco a poco nace una realidad, el amor.

Hoy el gran mundo esta contento porque, en este ocho de junio, ha encontrado una fecha en la que ubicar una realidad que antes no era capaz de medir. Sin embargo, para cada uno de vuestros mundos, este ocho de junio es otro día más, porque hace tiempo ya que vuestro amor es real. Y es que, aunque no lo parezca, no es hoy el día en que habéis decidido compartir vuestras vidas. No es hoy.

Alimentad constantemente el amor y no os preocupéis por las fechas, por los aniversarios, por los días señalados. En vuestro pequeño mundo todo ocurrirá en un tiempo diluido, donde los instantes mágicos os esperarán una tarde cualquiera. No dudéis para hacer un regalo, ni detengáis en vuestros labios un “sí te quiero” para un momento mejor, porque si limitáis vuestro amor lo estaréis matando poco a poco. Entonces, lo que hoy celebramos y que apareció en vuestras vidas sin saber muy bien cuándo, desaparecerá y no os daréis cuenta hasta que ya se haya ido.

Liberad al sentimiento de sus cadenas, romped los prejuicios, escuchad al amor. No temáis por lo que éste pueda decir o hacer porque gracias a él, en cada pequeño mundo, la vida es feliz. Y dejad para nosotros el goce de este ocho de junio porque, esta fecha, ya es nuestra.

(Texto para la boda de Ana y Manolo)

Poesía

Uno intenta sorprender con unos versos al lector en un sencillo homenaje a la poesía, rebuscando entre un universo de palabras aquellas que por su espontánea rítmica puedan conformar un breve poema, y en el afán cautivador de esta extraña espeleología, las diminutas piritas se escabullen entre el vasto lodazal de las palabras que no riman.

Entonces, en el silencio de las horas que preceden al sueño, uno escucha el zumbido de la sangre que del corazón entra y sale, y es en ese preciso instante cuando uno se acaba rindiendo ante la evidencia: dejemos que el sentimiento decida cuál es nuestra natural manera de estar agradecidos a la poesía. Pongamos la razón en huelga un día de nuestra vida.

(Texto para el Día Internacional de la Poesía) 

En un rincón del alma

Hoy es domingo, domingo por la tarde. Me gusta sentirme acompañado por María Dolores Pradera las últimas horas del fin de semana. Desde la habitación contigua escucho su voz, entre los vapores que emana el dominical potro de tortura cuando acaricio su lomo con mi amiga la plancha. Esta vez el disco era el número dos, increíble antología de éxitos de una voz que acompañó el inicio de muchas vidas de mi generación. Acabo de cumplir los veintiocho, y mis amigos no deben ser tampoco tan “generación X” como algún sociólogo se empeña en denominar, pues he recibido unas cuantas solicitudes para que les deje grabar la banda sonora de mis ilusiones infantiles.

Entre arrugados puños, marías dolores y encabronados cuellos, surgen como de la nada momentos de mi niñez y adolescencia. El timbre de su voz, grave como el tiempo que cada segundo nos abandona, perfila un pasado lleno de ilusiones. Eran momentos de pelota y chapas, peonzas y canicas, besos y mofletes rosados. Eran fines de semana en el asiento trasero de hijo único, viajes para ver a los abuelos y semanas blancas y nevadas.

Hoy quedé apresado en el REPEAT 1 de mi reproductor de CDs con la nueve, María Dolores Pradera y Alberto Cortez cantándome desde un rincón de mi alma: “Con las cosas más bellas guardaré tu recuerdo que el tiempo no logró sacarlo de mi alma, lo guardaré hasta el día en que me vaya yo”.

He decidido dejar la plancha y acariciar unas teclas, frías en horas de oficina pero abrasadoras estas otras. Me apetecía recordar los últimos años de mi vida, inolvidables ratos que parecen querer abandonarme. Colegio Mayor, asignaturas pendientes, el nuevo mundo laboral y amigos para siempre. Hace apenas unos meses quería creer que todo iba a seguir así, que la juventud iba a ser eterna, con mis amigos aquí, junto a mis sueños de niño.

Este fin de semana soñé de nuevo con ellos, mis amigos, a que todo era como antes. Yo tenía unos años menos y todo parecía real… El futuro estaba lejos, tan lejos… “Seremos muy felices, no te dejaré nunca, siempre serás mi amor”. Pero la pesada y adulta sombra del trabajo nos separa irremisiblemente. Ya no estabamos todos, ahora sé que cada vez estaremos menos. Esa losa, que se empeña en sepultar antiguos anhelos, esta noche me pesa toneladas. Bajo un gran montón de muertas ilusiones me revuelvo intentando prolongar la juventud. En el momento en que me acueste despertaré, será adulto lunes y todo volverá al rincón de una casa cada vez más grande, a un rincón cada vez más lejano.

Mañana viviremos de nuevo sin soñar, el CD cantará con la diez “entonces yo daré la media vuelta y me iré con el sol cuando muera la tarde”. Seguiremos alejándonos por las estancias de una mansión que no nos pertenece, preguntándonos por qué, mientras nuestra cabeza niega con un gesto el inevitable paso de los años.

Eternidad consentida

Tengo un amigo que dice que marcharse despacio es no haberse ido. Siempre que se lo escucho decir me imagino en una habitación llena de amigos moviendo mi silla poco a poco, acercándola lentamente a la puerta, manteniendo la conversación como si nada ocurriera pero estando cada vez más alejado de la mesa. Un rato más de tertulia y me veo con la silla dentro del ascensor, hablando a voces para que desde el salón me puedan oír. En ese momento sonrío, me digo que estoy un poco loco y vuelvo a la entretenida conversación.

La verdad es que no me gusta marcharme, odio desprenderme de esporádicos instantes de intensidad para ser engullido por la perpetua monotonía. Me cuesta sobre todo cuando soy consciente de esa excepcional intensidad, cuando querría cerrar los ojos en ese mismo instante para llevarme conmigo la inmensidad del entorno. Me duele retornar de momentos excepcionales, casi tanto como saber que no es posible permanecer en ellos. No existe posibilidad alguna de dilatar ni siquiera unos segundos ese momento de auténtica felicidad. En el mismo instante en que te das cuenta de que la vida te está regalando unas gotas de eternidad, intentas cerrar los puños para retenerlas en tus manos pero ya es demasiado tarde. Notas como se filtran entre los dedos y retornan evaporadas al lugar de donde salieron, al insípido transcurrir de los segundos.

Será quizás que estoy siempre de viaje, en una alocada búsqueda de instantes de eternidad consentida, de consciente plenitud. Y que de tanto ajetreo, de tantas idas y venidas resulta que al final creo no haber estado en ningún sitio. Machado decía que el camino se hace al andar, que no es posible volver atrás. En cada singladura, en mi cruzada perpetua, abandono minutos y horas y días que no puedo recuperar. Ese es el precio de mi eternidad, las huellas que no puedo volver a pisar, las miradas que no acierto a dibujar, las palabras que no sé escribir, la brisa que no quiero embotellar.

En mi particular viaje cada estación es incógnita y el camino siempre aburrido. Desconozco cuándo piensa detenerse mi tren, cuándo podré alzar la vista de nuevo para decirme que esta vez ya es “para siempre”, que no tiene sentido proseguir el camino. En el monótono viaje me quedo dormido, anestesiado por la apatía de un segundero silencioso mientras los kilómetros vuelan bajo mis pies. Y cuando el silbato de la odiosa locomotora me despierta y observo tranquilo la serenidad del paisaje, siempre es para avisar que el tren parte de nuevo, mi tren parte de nuevo…

A veces imagino qué haría si pudiera apearme en un instante de felicidad. Bueno, tendría que bajar tan despacito, como dice mi amigo, que el tren no notara mi falta. Entonces pasearía por la estación y compraría una bolsa de gominolas, me sentaría delante de mi cantautor favorito y le pediría que me cantara “de aquí a la eternidad”. Miraría alrededor buscando las cosas que de verdad son eternas, los sentimientos que no están de paso, las amistades que no son pasajeras. Me sentaría en el andén para ver los demás trenes pasar, para sonreír con el pitido de la locomotora y correr al lado de un vagón diciendo adiós con la mano a las miradas amodorradas, gritaría que las espero, que las esperaré siempre y volvería bailando entre el humo del tren que ya se fue para sentarme en mi rincón favorito a disfrutar de otro instante perfecto.

Pero es sólo mi imaginación, porque mi adormilado cuerpo sigue de viaje hacia no sé muy bien dónde. Colocaré de nuevo mi almohada, tiraré un poco del revoltijo de sábanas y mantas y me daré media vuelta. La eternidad me espera, más pronto o más tarde, aunque para mí no haya nada como disfrutarla en vida.

Tapiz amigo

Unos junto a otros, los miles de fibras que forman la alfombra de mi salón se entrelazan delimitando un espacio vital. No soy capaz de saber cuál es cuál. Cada vez que remonto desde uno de sus flecos enseguida le pierdo la pista. En un par de nudos se oculta tras una barrera infranqueable, desaparece por un minúsculo orificio para regresar con un nuevo color. Quiero creer que es el mismo hilo, que no ha conseguido engañarme porque soy capaz de diferenciar su materia prima de sus colores superfluos. Sin embargo, tras un nuevo par de trenzados me asalta la duda. Nuevas tonalidades, nuevas texturas, ¿quién es quién en este rectángulo amigo sobre el que proyectamos tertulias y confidencias?

Me tumbo, boca abajo. Noto todas y cada una de sus imperfecciones a través mi ropa de verano. Desde esa distancia ridícula todo parece más claro. Ya la vista me parece insuficiente sentido, me dejo llevar por el tacto e inicio una nueva excursión entre trenzados y tintes, sumergiéndome y escapando en sus tejidos disuasorios. Quiero conocer su caótica matemática, desvelar cada surco, desatar cada nudo. Me creo en el derecho de hacerlo porque, al fin y al cabo, la alfombra es mía.

Es una práctica que me divierte, imaginar de donde viene y a donde va cada hilo, alegrándome confirmando que no me había equivocado y sorprendiéndome cada vez que yerro. Es entonces cuando aturdido me levanto y la observo desde arriba. Ya no veo los hilos, no con la nitidez de antes. Noto en parte su textura, pero me enamoro del dibujo que conforman todos esos hilos, apareciendo y ocultándose aleatoriamente, coloreando y definiendo una imagen, soportando mis movimientos y haciéndome vacilar en ocasiones, tejiendo y desatando motivos, dejando mi hogar enriquecido aritméticamente de recuerdos.

Pasión

El rítmico tamborileo de estas calles silencia el latido de mi corazón. Púrpura, negro, palmas y flores adornan los balcones haciéndome viajar hacia la niñez. Ya de vuelta en mi recuerdo veo como todo ha sido siempre así, saetas y trompetas adelantando la llegada de cada paso, de cada estación. Mientras un paso se aleja se mantiene viva la imagen y su triste melodía se entremezcla con otra nueva que lentamente se acerca.

El incienso compartido nos hace vivir en una implícita complicidad. Entre la multitud mi mirada se entrecruza con muchas otras, dando una aprobación que nunca fue cuestionada. Mis ojos escrutan otros, ocultos bajo balanceantes máscaras que pasan de largo, sin ni siquiera preguntarme si sus cuerpos han vivido mi vida alguna vez. Todo ha sido siempre así, y así será por muchos años. La tradición es al fin y al cabo eso.

Las lágrimas de Getsemaní no amargan los olivares, quizá porque son sólo de pascuas a ramos. Un beso en la mejilla no rompe una amistad, aunque sea por unos pocos denarios. Y una corona no hace rey, aunque sea de espinas.

La pasión se vive en el momento y en el momento se da todo lo que se tiene. Cuando el sol se oscurece y las túnicas se juegan a los dados, cuando los sacerdotes se defienden con una estúpida bofetada, cuando los gobernadores se esconden tras una turbia jofaina y cuando las madres lloran por sus hijos sólo acompañadas por los allegados, uno se pregunta por qué esta soledad.

Y si entre la multitud de la acera uno no encuentra una estación en la que quedarse, sólo queda esperar que la siguiente sea más bella, aunque cada paso nos acerque más hacia el calvario.

El airbag bien… ¿y tú?

Octubre me ha invitado a jugar con los vidrios empañados de mi habitación. Este año ha comenzado lluvioso y la humedad suele darme los buenos días con los primeros brillos de la mañana. Noches húmedas y mañanas soleadas, sueños tibios y despertares prometedores. Hace mucho que no pinto corazones en los cristales, pero mi corazón no está triste, es sólo que hace tiempo que nadie me ayuda a terminarlos. Ahora pintaba soles y nubes y lunas. Cuerpos celestes y abstractos, sueños imposibles que nunca sabía si podría hacerlos realidad.

El amanecer definitivo llegó hace apenas unos días. Fugaz y doloroso surgió de entre la nada para robarme la máscara y empujar mi cuerpo al universo de los sueños. Desnudo, magullado y agradecido he asimilado el mensaje, rudo en formas pero nítido en contenido. Hasta que el destino no te toma por el cuello y te grita que no tienes derecho a malgastar tu vida no prestas atención a las palabras que suele susurrarte al oído. Quizás es que nunca tuve un profesor como Robin Williams que me susurrara “Carpe diem” delante de una foto de ex-colegiales en blanco y negro.

Ahora el destino soy yo y yo os digo que todo merece la pena, que las preocupaciones cotidianas no lo son y que las lágrimas estúpidas son sólo eso, estúpidas. Si los sueños te persiguen, frena, y si persigues ilusiones, acelera, que sólo se vive una vez y no siempre el calendario tiene hojas suficientes.

Acumulamos diarios con anécdotas insignificantes, fotografías descoloridas y recuerdos borrosos mientras dilatamos la marcha hacia la aventura de nuestra vida. Escribid historias fantásticas, fotografiad los paisajes más bellos y recordad que las mejores páginas de vuestra particular historia suelen ser las que todavía no habéis escrito.

El ancla te la olvidaste

Agitado y rebelde el viento del otoño sopló de tramontana. Azotando los mares, entró en calas y puertos para advertir de su poder a marineros intrépidos, gritando desde el horizonte que el verano había terminado. El tiempo de jugar a ser niños sonaba ya a cuentos de ancianos pobladores, orgullosos de devolver el mediterráneo a sus oriundos navegantes. Rudos y aguerridos, los pescadores sintieron erizar su vello al timón de sus pequeñas y envejecidas embarcaciones, sabedores de los peligros que la mar les deparaba. Sin embargo su gallardía no era fruto de la obstinación sino más bien de la necesidad. Los puertos pronto se hallaron repletos de veleros que soñaban volar durante el verano.

Hubo emociones que latirán fuerte en el recuerdo, anécdotas que renacerán en tertulias y morirán en almohadones cálidos. Pero también hubo sueños que se hicieron realidad y no morirán nunca. El otoño los había envuelto de colores y olores embriagadores y el viento los esparció hacia otros mares y otras playas más bellas si cabe. El barquito de velas de plata y timón inquieto siempre quiso ser ave. Y voló.

Nunca fue barco de un solo mar ni rumbo de un solo puerto. Con sus velas siempre desplegadas, Maravillas había enamorado a todos los que en él alguna vez habían reparado. Engalanado con nuevas y relucientes ilusiones para el periodo estival, era ciertamente envidiado, si bien que sanamente, por sus compañeros de travesías y piraterías inocentes. Niños jugando en la mar.

El otoño había llegado y con él había partido. De tramontana sopló invitando a hacer realidad los sueños, y las velas de plata, desplegadas como nadie recuerda ni recordará, se elevaron llevándose al pequeño barquito hacia lugares de los que no se vuelve. Las oscuras golondrinas no volverán, pero a mi no me importa. Ni las tupidas madreselvas, ni la madre que las parió. Sólo me queda esperar, que del recuerdo y de los sueños cálidos de almohadones de pluma y algodón no se vive pero tampoco se muere.

No sé si el rumbo seguirá inquieto o si el viento cambiará o tal vez todos volemos algún día o yo qué sé. Si sé que en lo profundo, en los azules marinos de algas y arenas y corales hay una pequeña y dolorosa ancla que nos recuerda que hay huellas que no se borran y pasados que no lo parecen. El ancla te la olvidaste, pero para volar, mejor ir ligero.

(Texto de despedida de trabajo de Alicia)

Vuela

Hoy me he despertado gritando. En mis primeros segundos de lucidez, no hallaba aire que alimentarme pudiera. Un sentimiento de angustia y desesperación había corrido dentro de mí y no era capaz de sacudírmelo. En mi pesadilla, negra y profunda como el reino de Hades, una parte de mi ser me había sido arrebatada. A la fuerza.

Agudo e insoportable, el dolor se propagaba por toda mi alma y me atenazaba, intentando con todas sus fuerzas llevarme de nuevo a los dominios de la inconsciencia, donde ya libre dominarme supiera. No podía recordarlo. No quería recordarlo… Nunca antes había sentido lo mismo. Pido a Dios que nunca vuelva a sentirlo.

En mi corta existencia había experimentado el frío intenso en multitud de ocasiones; frío azul; frío humano. Quizá fueron sólo algunas veces, al principio, pero congelaron parte de mis ilusiones, al igual que las de otros muchos. Sin embargo, no fue nada al lado de lo que la noche me había regalado.

Inmóvil, cual témpano absurdo, luché por liberarme. Si la última ninfa había huido a la búsqueda de platas más brillantes, debía, en su honor, retornar y devolver a este pequeño universo algo de su alegría. En un instante recordé su sonrisa dispuesta y milagrosamente salté de la cama.

Sólo encontré trajes grises. El sueño también lo fue.