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Excesos y déficits

En la incorporación a la autopista, habiendo entrado usted sin ceder el paso, se ha colocado directamente en el carril izquierdo al abandonar la vía de aceleración. Lleva un exceso de velocidad superior a 50 Km/h en los últimos dos kilómetros, el piloto trasero izquierdo de freno no le luce, los retrovisores no están homologados y, aun sin haberse bajado del vehículo, puedo decirle que tiene usted unos ojos preciosos.

Lipstick

Rodeada de sus más íntimos admiradores, en la más íntima intimidad de su cuarto, con el gramófono girando a todo girar, peinada y maquillada para la ocasión, alzada en unos blancos zapatos de tacón de aguja, semidesnuda sobre el aparador, iluminada por la tenue luz de una chimenea encendida, atusándose lentamente la rubia melena, jugueteando con el elástico de las medias de seda, la mirada perdida en la aceituna de un martini seco que sobre la mesa de caoba reposaba, balanceando levemente las caderas, susurrando para sí lo que sólo ella sabe que susurraba, aquella irresistible mujer de porcelana abrió su lápiz labial y se redibujó de nuevo sus rosados labios, muy lentamente, con la boca semiabierta, dejando entrever su húmeda lengua.

Cerró el lápiz labial y todos se fueron a sus respectivas a casas a dormir. Nadie pudo pegar ojo.

Wendoline

mira niño que te lo vengo diciendo desde hace más de media hora y como sigas vas a conseguir que me ponga ya de mala leche para todo el día que vengo del trabajo y me tienes toda la casa hecha un asco y parece que no quieras ya a tu madre que ni te lavas la cara súbete esos pantalones que te los vas a pisar de verdad niño que yo un día te meto un sopapo y mira que no quiero que los malos tratos están hoy muy mal vistos pero a tú a mi no me conoces aunque muevas así la cabeza y digas que soy tu madre que un hijo conoce mejor que nadie a su madre pero a mí no me conoces no me conoces no me conozco ni yo que a veces se me viene la wendoline que es como llamaba tu abuela a esta pequeña diabla que a veces me posee y se me pone hasta la cara roja que ya me he visto yo en el espejo del ascensor y me he dicho wendoline no me mires asi que te meto un soplamocos que te rompo los nudillos y ya ves tu sigue y sigue dándome la murga por dios que paciencia hay que tener contigo mira vete para el salón y que te aguante tu padre ya un ratito que se me queman las croquetas

Rosario

El hombre es un pellejo con dos agujeros, la boca y el culo, y un camino que los atraviesa, principalmente de sentido único. Ese camino no pertenece al cuerpo, es como el agujero de un donut, que sin él no lo sería pero que realmente no le pertenece. La parte del universo que no somos atraviesa ese particular umbral a lo largo de nuestra vida, como un infinito cordón formando un rosario de cuentas engarzadas, en el que a alguno le ha tocado ser gloria y al resto avemaría. Porque estos pellejos secos que somos, caminamos colgados de la mano de un ser creyente que nos manosea, que pasa sobre la mayoría sin apenas detenerse. Virgen de los colgados, ruega por nosotros.

Invisible

Una vez escuché una explicación pormenorizada de un científico, de esos especializados en destripar películas de ciencia-ficción, sobre la imposibilidad de ser invisible y gozar del sentido de la vista al mismo tiempo. Argumentaba que si las ondas electromagnéticas, a las que vulgarmente denominamos luz, pudieran atravesarnos sin obstáculos, las células que residen en la retina serían, por ese motivo, incapaces de detectarlas.Entonces decidí que no estaba interesado en ser invisible. 

En un lugar de la calle…

Dentro de 25 años un libro será protagonista de un programa informático al que habrán llamado virtual-realidad. Sus personajes, introducidos en un super-ordenador, observarán el mundo real desde unas inmensas pantallas de televisión colocadas en lo alto de los edificios. Don Quijote y Sancho tendrán la oportunidad de mirar las andanzas de los ocupados ciudadanos de la tierra. Para ellos, nuestras vidas serán como para nosotros las suyas han sido.

Algunos mirarán hacia arriba con ojos curiosos desde la acera, otros continuarán caminando con la vista pegada al asfalto y la prisa, pero también algunos, con gesto alegre y respetuoso, levantarán levemente su sombrero a modo de saludo mientras escuchan: “Sancho, ¿no es aquel señor que saluda, el joven muchacho que un día nos acompañó en pos de mi Dulcinea?”

Absolución

Cerré la portezuela y me puse de rodillas. El crujido de la madera penetró en mis piernas, llegándome hasta el cerebro. Lo solté todo, con pelos y señales. Al otro lado de la celosía escuchaba una respiración profunda, como un metrónomo que me ayudaba a vaciarme. Al final quedamos a ambos lados en silencio.Esperaba la llegada de la sentencia absolutoria, sin embargo escuché una voz ronca, anciana, que dijo: “Podrás rezar lo que quieras el resto de tu vida, pero aun así te pudrirás en el infierno”.Salí corriendo del confesionario para pedir una justificación cara a cara, pero allí dentro tan solo había oscuridad.

El sargento

La casa de nuestra tía no tiene patio de luces. Cuando vamos los domingos a comer con el abuelo, que vive con ella en el pueblo, vemos desde la calle sus bragas colgadas en el balcón. Mi madre siempre le dice a mi padre que por favor le diga algo, que para eso es su hermana. Él dice que mire el resto de casas, que allí son todos vecinos.Durante la comida, mi tía y mi padre no dejan hablar a nadie. El abuelo preside la mesa y escucha sonriente cómo mi padre se pone al día de los cotilleos del pueblo. Mi hermana y yo nos sentamos frente a mi madre, que se coloca de espaldas a la ventana. Ella nos mira con gesto grave y nos da alguna que otra patada para que estemos serios, pero es que parece el sargento de una casa-cuartel con esas bragas ondeando a sus espaldas. 

Moneda

No recuerdo la edad que tenía cuando me hicieron el juego de la moneda. Debía cruzar los brazos y cerrar los ojos mientras me apretaban con fuerza una moneda en el centro de la frente. Después la volvían a guardar sin que lo notara. Estaba prohibido descruzar los brazos y, al abrir los ojos, sentías perfectamente cómo esa moneda seguía allí, pero no podías tocar para comprobarlo.

Desde entonces creo que se me quedó esta cara de tonto, obsesionado con un dinero que nunca tendré mientras me quedo de brazos cruzados en la vida.

El patio

La vecina de mi piso tenía todas las braguitas de colores. Cada fin de semana las colgaba en el tendedero, una tras otra hasta completar una de las cuerdas. Yo me quedaba mirándolas, preguntándome cuál sería el color favorito para cada día de la semana. Era bonito aquel arco iris en el patio de luces.Un día apareció un calzoncillo blanco colgado entre las braguitas. Era un calzoncillo como los míos, pero más grande. Me sentí muy orgulloso. Desde aquel día, cuando volvía del colegio, al subir en el ascensor, me bajaba un poquito el pantalón del uniforme y me sacaba la camisa, dejando a la vista el elástico de mis calzoncillos. 

Círculos

A veces llega el día de los círculos adhesivos de fieltro para las patas de los muebles. Entro en casa y me los encuentro sobre el aparador del hall, junto a un incómodo silencio. En el salón todos los muebles están patas arriba, las sillas, las mesas, los sillones, todo. Mi habitación también está dada la vuelta. Ese día nos toca comer en la cocina y pese a estar los tres reunidos, no nos dirigimos la palabra. Es como si las conversaciones se hubieran quedado en el salón.

Por la tarde mi padre despega los círculos viejos, lija en silencio la superficie para quitar los restos del adhesivo y coloca los nuevos. Da la vuelta otra vez a los muebles y los deja en el centro de la habitación. Después se pone el abrigo y no regresa hasta la noche.

Mi madre entonces se dedica a probar distintas combinaciones. Yo me quedo observando desde afuera. Nunca me pregunta si me gusta la nueva distribución hasta que ha terminado. Ni siquiera con mi habitación. No sé qué año le pregunté por qué nunca daban la vuelta a su habitación, por qué tenían que ser sólo la mía y el salón. Me dijo que su dormitorio no tenía más posibilidades.

Por turnos

Hace más de un año que mi hermano pequeño sabe comer en la mesa de los adultos, pero ahora hacemos turnos. Mi padre dice que mi hermana mayor se casa el año que viene y para qué comprar otra silla.

La sombrilla

El último día de las vacaciones llegué a la playa al amanecer. Mi mujer había decidido regresar a casa el día anterior para poner las cosas a punto. Escogí el sitio habitual de un asqueroso mirón que se deleitaba contemplando a mi mujer. Quité la funda protectora de la sombrilla y me empleé a fondo para clavar la base en la arena. Aquella zona parecía tener algunas rocas debajo. Esperé todo el día pero el hombre no apareció. Al recoger, retiré la sombrilla y encontré la punta manchada de sangre. Mi mujer aún no había llamado. Excavé lo más rápido que pude y enseguida reconocí la cara enterrada en la arena. Nunca me he atrevido a contárselo a mi mujer.

El bronceador

Siempre elegías el mismo lugar de la playa. Tu novio se dedicaba a poner la sombrilla mientras tú colocabas estratégicamente la toalla. Su cuerpo inflado de anabolizantes competía con la colchoneta en una intensa batalla con el hinchador. Tú te tumbabas boca abajo con las piernas ligeramente abiertas y me ofrecías tu sexo, retirando delicadamente hacia un lado el minúsculo tanga. Al regresar de su primer baño te aplicaba un aromático aceite bronceador, deleitándose para finalizar en cada uno de tus femeninos pliegues. Yo sé que el tesoro encontrado por sus lubricados dedos era para mí, pero yo era feliz viéndote morder la retorcida toalla durante el masaje digital, entregándome a la prominente erección retenida en el apretado bañador de tu novio.

Erratas

Te acercas por el pasillo, tu perfume llega antes que tú. Solicitarás otra revisión del documento a entregar. Pasarás tus brazos sobre mis hombros, yo de espaldas, mirando tu reflejo en el protector de la pantalla. La corrección automática no funcionará. En cada inspiración mía no cabrá más aire. Me apartarás la mano del ratón, apoyando ligeramente tu antebrazo sobre el mío. Miraré absorto la flecha del cursor cruzando sobre tus ojos. Tu melena rozará levemente mi cuello. Escucharé el rítmico tamborileo de tus yemas en el teclado y segundos después el cordón digital de la oficina transportará mi documento corregido hacia tu impresora. Un chorro de tinta bañará la piel virginal de otro din-a4 que, con un poco de suerte, quizá tenga otra errata.

Caos

He descubierto la ecuación secreta que gobierna el aparente caos del universo. La fórmula es increíblemente sencilla, no entiendo por qué nadie la ha descubierto antes que yo. Como todas las ecuaciones, tiene una parte a cada lado del signo igual, pero lo increíble es que las dos partes son idénticas. Un matemático afirmaría que eso no es una ecuación. Pero lo es. Este mensaje mundial es para comunicar a aquellos que desean predecir el futuro o desvelar el pasado que desistan porque es imposible. En el momento en que intentas llegar a la solución, todos los elementos de la fórmula se simplifican entre sí y queda la insultante igualdad 1=1. Tan sólo permite observar, impasible, la caótica ocurrencia de los hechos presentes.

Caligrafía

Dicen que tengo la letra hecha un asco. Lo que nadie sabe es que lo hago a propósito. De pequeño, las tiernas monjitas del colegio, me sometieron a un régimen dictatorial de caligrafía. Recuerdo con desagrado las interminables horas en las que el lapicero recorría lentamente las líneas de puntitos del cuaderno mientras mi lengua se gangrenaba, estrangulada sin piedad entre los labios. Miles de coscorrones, mi mamá me mima y mi mamá me ama consiguieron que lograra tener una letra perfecta.

Un día, en la universidad, la chica más guapa de la clase me dijo que tenía la letra muy bonita pero que, para mis veintitrés años, parecía de retrasado mental. Desde entonces comencé a escribir como el culo. Es increíble, pero cuanto peor es tu letra más te respeta la gente.

Tiempo después he visto que otras personas, teóricamente muy preparadas, utilizan la misma técnica. Mi dermatólogo por ejemplo, graduado en Oxford, me cobra treinta mil por dos recetas de mierda que no entiende ni el farmacéutico. O el otro día sin ir más lejos, en la feria del libro, un Nobel de literatura me dedica su última novela y, cuando llego a casa y se la enseño a mi mujer, nos pasamos media hora intentando encontrar mi nombre en la dedicatoria.

Chamberí, 80m, reformado

Cuando recogí los planos de mi nueva casa en el ayuntamiento, me sorprendí de que, sobre el papel, la distribución fuera algo diferente. Al final del pasillo, detrás de un mueble que cubre toda la pared, el plano decía que había otra habitación. Llamé a la inmobiliaria, pero el contestador decía que estaban de vacaciones. Rebusqué entre mis papeles el teléfono del vendedor y le llamé. Colgué al escuchar que el timbre de un teléfono sonaba al otro lado de la pared. Llevo ya un mes aquí, aterrorizado sin atreverme a retirar el armario. Ahora mi teléfono está sonando y el número que sale en la pantalla me resulta demasiado familiar.

La cena

El que ha llamado era tu padre, que viene a cenar. Él no sabe que existes, cómo iba a saberlo. El portal estaba oscuro y para él yo fui sólo otra más. Me ha preguntado qué vino podía traer. Aquella noche iba borracho. No podré olvidar jamás su cara, ni siquiera mañana, cuando haya dejado de ver la tuya. Te pareces tanto…¿Sabes que tu abuela no quiso pagarme el aborto? El horno debe estar ya listo. Ella no ha tenido que aguantar tu incesante llanto este interminable año sin vacaciones. Blanco para mí – le he dicho – yo tomaré pescado, es que estoy un poco revuelta, y tráete un buen tinto para ti, cariño, que te vas a morir cuando pruebes el asado.

Espera

Su marido, un científico de fama mundial, subió del sótano gritando que la máquina del tiempo estaba lista. Les congregó en aquella lúgubre estancia y se despidió sonriente, sentado sobre el extraño artilugio. Seleccionó una fecha: 3 de junio de 2050. Una gran burbuja de luz envolvió la máquina. En el centro de aquella esfera se le podía ver, quieto, sin pestañear, detenido en un instante de gloria.Para ella pasaron los días, los meses, los años… El constante zumbido le obligó a tapiar la puerta del sótano. Hizo prometer a sus hijos que en 2050, cuando ella se hubiera ido, estarían allí abajo esperando a su padre y le dirían que lo había echado de menos.

Tras la ventanilla

Esperamos más de una hora a la puerta de su coche con intención de informarle, pero sus ojos dejaban entrever que no creía que el piquete fuera informativo.

El lado oscuro

Llevo más de tres meses llamando a mi hijo Harry Potter. Cada vez que salimos de ver una de esas superproducciones de Hollywood en las que una persona corriente descubre los poderes secretos de su dinastía, mi hijo se siente tan identificado que decide iniciar una nueva existencia, obligándonos a su madre y a mi a despojarle de su nombre, aquél que con tanta ilusión le pusimos hace más de cinco años. El caso de Harry Potter ha sido más sangrante para mí, ya que además el chaval ha perdido mi apellido.

Los objetos cotidianos cobran un nuevo valor en casa. No sabemos cuánto tiempo más tendremos que guardar la escoba bajo llave o si podré decidirme a dejar a mano de nuevo las gafas sin peligro de que se las ponga en cuanto me dé la vuelta. Lo peor es que el pobre lleva una semana diciendo “abracadabra” a un horrible florero que nos regaló mi suegra y no es capaz de hacerlo volar. Estoy por echarle una mano.

No puedo negar que echo de menos esa capacidad de los niños para olvidar el aburrido día a día. El poder llegar mañana a mi jefe, después de haber visto el Episodio II de Star Wars y soltarle así, sin complejos, un “Obi-Wan, lamento comunicarte que he sido seducido por el lado oscuro de la Fuerza”, en vez de tragarme todo el rato que estoy hasta las narices de ese trabajo de mierda y que no le soporto más.

Nunca te diré esto

Espero que nunca tengas la oportunidad de leer esto, porque esta noche necesito liberar la negra voz que siempre callo. Hoy necesito espolear el odio, ahondar en el dolor para mitigar este rencor que siento. Necesito cometer con mi mente el mayor de los crímenes porque sé que mi rencor sólo desaparecerá cuando me sienta culpable, y para ello debo ver el fruto de mi ira, ya sea éste real o imaginario. No temas – te dije – es sólo esta horrible tensión en mi mandíbula lo que me hace mirarte de otro modo.Mañana… Mañana te veré con otros ojos. 

Las tres rayas

Durante toda mi niñez estuve obsesionado con las ollas. En mi casa nunca hubo tiempo para los pequeños placeres y mi madre practicaba la dictadura del “aquí te pillo, aquí te mato”. Cada vez que contrataba a una asistenta, le hacía el numerito de las fantásticas virtudes de la olla “Pronto” mientras yo escuchaba ensimismado, como un peatón bajo el embrujo de un vendedor ambulante.

Todo aquel conjuro de pócimas y potajes solía terminar con una frase terriblemente sencilla: hasta que suban las tres rayas. Para un niño curioso, aquella simple frontera era un límite absurdo. Me quedaba observando el progresivo ascenso del émbolo mientras los pobres garbanzos padecían un asfixiante infierno de pasiones. Cuando la tercera raya aparecía, la válvula iniciaba su alegre baile, implacablemente interrumpido por la estricta asistenta, que metía a la pobre olla bajo un gran chorro de agua helada. No sé por qué hoy veo algo sexual en todo esto.

Recuerdo el día en que, impotente ante la imperiosa necesidad de abrir la olla a plena presión, decidí distraer a la asistenta con un escape de agua en el baño, y cuando mi pequeña válvula-Marilyn intentaba sujetar sus faldas sobre una enérgica nube de vapor, la elevé ligeramente con mi delicada mano. A mis gritos, la asistencia apareció en la cocina como una exhalación para socorrerme, mientras la válvula salía disparada colándose entre la rejilla de los fuegos y la pared. Me lanzó una gélida mirada de institutriz asesina y, agarrando escrupulosamente con dos paños la olla, la llevó a toda velocidad a la pila.

Aquel día había espinacas para comer, y cuando mis padres llegaron a casa, encontraron el techo de la cocina decorado con un largo graffiti de intenso verde y jugosa textura. Siempre me he preguntado que habría pasado si me hubiera decidido a abrir la olla. 

Ejecutivos agresivos

Siempre he tenido los pies fríos. Da igual la estación del año en la que me encuentre porque mis pies parecen querer conservarse hibernados, como deseando vivir eternamente. En verano hay ocasiones en las que se agradece, sobre todo cuando viajas en el metro acompañado por la sudoración de las sandalias ajenas. Yo me sonrío ante las miradas culpables con un regusto de superioridad.

Ahora que parece que el siberiano invierno nos abandona, los calcetines ejecutivos, esas medias de medio pelo, aparecen como de la nada por los cajones, cuando lo cierto es que hace años que ya no los compro. Un verano sucumbí a la tentación del seis por uno, intrigado por su capacidad de reducir su volumen a una diminuta caja de tres centímetros cúbicos y por poco me tienen que amputar dos dedos.

Pues aquí están de nuevo, como dos escaladores de las gélidas cumbres del Himalaya, esperando al acecho que una mañana con prisas me los ponga por error. Están muy equivocados. Nunca olvidaré su tacto sibilino. Me recuerda a las bragas de mi compañera Marijose cuando me pedía que le acariciara con los pies por debajo de la mesa de juntas de la oficina. Decía que era más excitante que pasarse nueve semanas y media acariciándose con dos cubitos de hielo.

Tintineo

En un instante te colaste por un minúsculo orificio de mi bolsillo y con una rubia caricia en mi pierna te despediste para siempre. Me queda el recuerdo de tu tintineo, de tus alegres saltos sobre los adoquines de la ciudad.

(Texto homenaje a la peseta en el día de su despedida) 

Silencio

Almudena:

Había decidido olvidarte. Recoger del suelo tus sonoros zapatos, borrar del baño tus besos. Decirte adiós y comenzar una nueva vida. Pero no he podido. Tu aroma olvidado habita en los cajones y me quita el sueño. Presiento tus caricias entre las sábanas, tu oculto vello en mi almohada. Me dejaste, me callaste.

Esta noche, al fin, iré tras de ti. Llevaré estas palabras junto al corazón, en febrero. Desde lo alto del viaducto miraré tus ojos en el oriente. Me estarás viendo, lo sé, y serán los últimos segundos de silencio.

Maltratada

Si crees que podrás dormir en paz estás muy equivocado. Ya no me duelen las llagas de mis labios ni me oprimen las esposas que lesionaron mis muñecas. Se acabaron los cardenales en mi espalda, los mechones de pelo arrancados entre tus dedos. Ya no te temo, Javier, ya no tengo ese miedo que me hizo callar tantos años antes de denunciarte por malos tratos.

No han pasado veinticuatro horas desde que dejaste esa horrible corona de claveles sobre mi tumba y ya piensas que podrás empezar una nueva vida. No podrás, Javier, porque he decidido quedarme. Estaré contigo todos los días de tu vida, tal y como te prometí ante el altar. Cada vez que cierres los ojos, cada vez que encuentres un segundo de paz en tu miserable vida lo interrumpiré con una carcajada como las que tantos años me dedicaste mientras me golpeabas una y otra vez.

A mí el cielo me espera, Javier, sin embargo a ti el infierno te perseguirá hasta la muerte.

(“Maltratada” fue finalista del concurso de Microrrelatos de elmundo.es) 

Saludos desde el espacio

Lunes 29 de Mayo de 2084

Acabo de incorporarme desde mi cápsula de hibernación y contemplo de nuevo el planeta Tierra. Hace más de 100 años que nací en una pequeña ciudad que ahora se conserva bajo una inmensa esfera aislante que brilla desde el espacio. Todos sus habitantes murieron en la gran explosión de la cuarta guerra. El armamento utilizado evitaba la destrucción masiva limitándose a la carbonización de la materia orgánica. La vida se detuvo en milésimas de segundo y meses después los dominadores decidirían congelar la ciudad para gloria de nuestra especie. Hoy se puede visitar, aunque nunca me he atrevido.

En cada viaje al planeta-estación T45 tengo un sueño diferente. En la hibernación los sueños son tan largos que cuando despierto tardo casi una semana en poder olvidarlos. Esta vez volvía a mi ciudad en una visita turística programada. Para mi sorpresa la ruta pasaba por mi antigua casa. La valla protectora impedía el paso al salón. Entre la multitud de curiosos viajeros pude ver la silueta de mis padres sentados en el sofá junto a la ventana. Mi madre tenía el auricular del teléfono en la oreja y la mirada puesta en mi padre que sonreía. La guía turística explicaba las virtudes de la “carbonización instantánea” mientras yo recordaba nuestra última conversación telefónica: “Mamá, me aceptaron en la Agencia Europea Interestelar. Quizá la próxima vez os salude desde el espacio.”