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Viaje en el espacio-tiempo

Comer en Sudestada es una experiencia ya de por sí demoledora para los sentidos. Si todo sentido aplicado a la comida tiene algo de prejuicio, el lugar, los acentos argentinos, la textura y sabor de los platos y la ambientación musical están más allá de todo prejuicio. Sudestada es la sorpresa absoluta. Pero no quería yo hoy hacer crítica gastronómica después de la crítica musical de ópera de ayer. Sé que a Nicho le gustan mis artículos-crítica, pero con uno ya tengo bastante por estos días.

A lo que iba surge de Sudestada pero va mucho más allá, porque salía de comer con mi amigo Nacho e íbamos ambos un poco traspuestos por la experiencia extra sensorial (un poco flipados para ser claros) cuando frente al contenedor de papel que hay junto al local encontramos unas cinco revistas descoloridas de los ochenta. Y uno, que puede ser cualquier cosa menos discreto, decide agarrar una para ver si era posible semejante hallazgo en el Madrid del dos mil y pico. Ama se llamaba esta publicación y, porque ahora no tengo un escáner a mano que si no, colgaría la portada en el blog. Tremenda mujer de pelos imposibles es la imagen del número 525 de octubre, segunda quincena, año 1981 (80 pesetas).

Nos ponemos a hojear-ojear los artículos y anuncios, la mitad de ellos relacionados con el ganchillo, el punto de cruz y sus labores, todo un viaje astral para mi cuerpo serrano. Buscamos un taxi y ante la inexistencia del mismo comenzamos a caminar. No me pregunte la audiencia cómo pero, surgido de la nada, se detiene un taxi modelo troncomóvil que nos llama para que nos subamos. El buen hombre nos obliga a enfundarnos los cinturones de seguridad y comienza la ruta de reparto de los dos ejecutivos poco agresivos.

Mientras, seguimos atónitos esa publicación, esas fotografías hoy extintas. Entonces irrumpe con intensidad un tema musical de un puro estilo Joseliteño (si existe el término) que versa sobre la ciudad de Barcelona. La letra bien podría ser (no lo recuerdo bien) “Barcelona te regalo una corona, para que luzcas una guirnalda, sobre tu provincia hermosa”. Monumental.

Dejo a Nacho en su casa y continúo mi viaje astral por la España de la pre-post-dictadura. El taxi se detiene en un semáforo de la glorieta de Cuatro Caminos que, ya sin puente-viaducto, ha recuperado la estética cincuentera. En ese instante el conductor me indica: “vaya como está la de verde, imagínese como estará de madura”. La joven no escuchó el piropo.

Entonces, desciendo de nuevo la mirada a la página trece, cartas de las lectoras, y completo la odisea astral con este pequeño fragmento que les paso a relatar:

Desde hace algunos meses estoy suscrita a su revista AMA, que realmente me gusta mucho. Quisiera pedir, si es posible, me digan cómo se hace el punto de garbanzo.
Firma: Carmen Hoyos

Nos imaginamos que te referirás al punto de garbanzo hecho con agujas de media, porque ya sabes que hay otro que se hace con ganchillo. El punto de agujas se hace así: monta 19 puntos para que hagas una muestra y trabaja: 1.ª vuelta: del revés (derecho del trabajo). 2.ª vuelta: 1 derecho * trabajar 3 puntos juntos del revés; en el punto siguiente hacer 3 puntos (1 derecho, 1 revés, 1 derecho)*. Repetir de * a * hasta el final. 3.ª vuelta y todas las impares del revés. 4.ª vuelta: 1 derecho, *en el punto siguiente hacer 3 puntos (1 derecho, 1 revés, 1 derecho), 3 puntos juntos al revés*. Repetir de * a *. 6.ª vuelta: repetir desde la 2.ª.

De cómo se encuentra un restaurante favorito


(Le bar à huîtres – París, 26/Oct/2003)

Caminas a solas por París, que es como mejor se camina una ciudad (bueno, es como mejor se hacen la mayoría de las cosas) y te metes en un restaurante a comer. Te asomas, dudas si será el restaurante adecuado para comer a solas. Lo mejor es que esté situado al lado de tu plaza parisina favorita (Place des Vosges). Te puede ocurrir incluso que ese día, domingo, hayan cambiado de horario de verano a horario de invierno y, estando fuera de casa y semidesconectado del mundo, llegues una hora antes de lo normal. El restaurante tiene muy buena pinta (tienes un olfato excelente para los restaurantes) pero quizá esté vacío. Aún así, entras y pides mesa (con tu francés escaso). Te dice el maitre que está todo reservado (tienes buen olfato) y te ofrece una de las butacas elevadas en una pequeña barra que está al fondo a la izquierda. Te sientas y pides un vino blanco francés (no te acuerdas después de la marca), ostras, erizos (te encantan los erizos), buey de mar, camarones y mejillones crudos (gallegos, al gusto francés). Pasas el rato despiezando los alimentos y el restaurante se empieza a llenar. Es un restaurante con las paredes llenas de conchas y caracolas naturales, como un mosaico bizantino pero con almejitas en lugar de teselas. Se ocupan gradualmente todas las sillas del restaurante, incluidas las butacas que están en la barra. Terminas hablando con una pareja (padre e hija) que come en las dos butacas de al lado: comentando lo hermoso que es París, lo raro que es estar comiendo solo en un restaurante de 60 Euros por persona y lo emocionante de estar charlando y brindando con unos desconocidos. Sacas unas fotos con la cámara del teléfono (Nokia) y las comentas en tu blog más de tres años después.

Las aceras

Será quizá que hay mañanas de sábado en las que Madrid tiene menos cielo del habitual. Hoy me decido por el suelo. Después de leer medio diario en un café salgo calle Princesa abajo, objetivo Gran Vía. La Plaza de España siempre te despeina las ideas, con su ventarrón como un soplamocos bien dado.

Me pregunto por qué voy siempre por los pares. Creo que la acera de los pares es ya la acera del mundo al que cada día menos pertenezco, la acera de las matildes, de las grandes corporaciones, de los omnipresentes medios de comunicación. Es la acera del norte, de los privilegiados, de los elegidos para la gloria. A mi la gloria me queda muy lejos, esa gloria que vive de chaqueta y muere ahorcada de corbata. Decido un cambio de acera, que ahora tanto se estila.

¡Acera de los impares, acera del sur, camino de letras, de sombra en la tarde! Se ven altos los edificios de enfrente, sus ventanas oscuras, sus grandes centros comerciales. Hoy dejé cargando mi nuevo móvil en casa pensado que volvería tras el desayuno. Me apetecería llamar a alguien y contarle esta pequeña reflexión. Tampoco veo cibercafés abiertos. ¡Si pudiera dejar algunos pensamientos en mi acuario digital! Esperaré a la tarde.

Desde esta acera sin par el mundo es el mismo, pero se ve más hermoso. Asciendo a Callao y el camino me parece nuevo. En la plaza, entre socavones, saltan alegres mis ilusiones. Madrid es cada día más Madrid, el centro más centro. Desde los pares se veía de otra manera: triste lo pobre, gritón lo sucio. En la acera sur somos todos inmigrantes, todos alegres y sucios, todos madrileños.

El cielo sigue nublado. Descanso una hora en la Fnac, ojeo algunos libros de arte y de poesía. Busco alguno de Leopoldo María Panero y encuentro “Guarida de un animal que no existe”. Empieza así:
Cuando en el crepúsculo las ancianas sollozan,
acudes tú Belial
a borrar con una esponja de vino los pecados
Y a convertir en vino el pan dorado
el pan que dora el sufrimiento de los locos
el amargo pan de la muerte
y escucho tus pasos venir, venir a ayudarme
y respondes, tú solo respondes
a ese grito de la habitación a oscuras.

Qué gran suerte ser buen poeta, aunque vivas en un psiquiátrico.

Sé que quedan números por recorrer, que la calle termina en Alcalá, pero hoy ya no interesa. El pulso ha cambiado, los pasos ya no van a sonar igual. Me siento en el auditorio de la Fnac, cierro los ojos y termino el paseo junto a Leopoldo (él en su manicomio y yo en el mío) ahora por la acera de los números imaginarios.

Trufas de clase media

Ahora que uno ya no trabaja en AZCA y se dedica a pasear sus pies por el Viso y Salamanca, barrios que de sublime abolengo no deberían llamarse barrio, encuentro alguna que otra mañana un nuevo servicio municipal y motorizado que retira de la estampa excrementos caninos: un individuo enfundado en un mono verde y blanco sobre una motocicleta todoterreno, casi diría todobarrio, circulando lentamente e incordiando con escape libertario, que se detiene levemente, apoya una pierna/pata y, con un artilugio aspirador, succiona una a una las pequeñas esferas que trufan el barrio de mediocridad.

El viaje irracional

Pongo el primer pie en el continente africano un 11 de agosto en Marrakech, ciudad que se dibuja a través de una fina capa de nubes desde la ventanilla del avión que me transporta. Aunque ahora me encuentre en Madrid, pasados ya muchos días, puedo ver aquel instante casi sin cerrar los ojos. Marruecos, Marrakech, es el viaje de toda mi vida.No es fácil dejar atrás prejuicios de la niñez, no me parece justo. Qué difícil se hace para muchos occidentales visitar por primera vez un país árabe, descargar las negras imágenes de una educación caduca. De niño juré no pisar una tierra pagana de culto y formas hasta que de ella llegaran adjetivos occidentales. Y ahora, sobrepasados los treinta, siento haberla dejado al otro lado del mar como quien abandona el primer amor, aquél que jamás se despegará de tus noches, noches sin luna, africanas, orientales.

Parecen mis anteriores viajes puntadas sin hilo en la corteza terrestre, bordados invisibles aquí y allá dentro de un avión a modo de aguja, sin una geometría mínima que los justifique. Mirar por mirar, escuchar por escuchar. Y después de muchos años se me ofrece la manzana prohibida y algo en el interior me dice que ya iba siendo hora. Al fin el sur, su caos, su presente, sus amores y sus odios al otro lado de un brazo de mar.

Salgo del hotel a primera hora de la tarde y me dejo guiar por el minarete de la mezquita Koutoubia que domina la vista desde cualquier esquina de la ciudad. Uno ha sido advertido que ésta es tierra de sensaciones, colores, olores. Pero uno no escarmienta en carne ajena y las primeras impresiones son demoledoras. El color predominante es el de la tierra seca, los primeros sonidos los motores de automóviles y motocicletas y los primeros olores un fuerte aroma a estiércol y una nube de dióxido de carbono procedente de los miles de tubos de escape que vuelan por las calles.

No exagero. Uno vive en las fronteras de occidente, pero sigue siendo occidente. Este mundo es todavía una inmensa fiera, joven, creciente, y sus gentes no atienden a la estúpida educación, al falso respeto occidental. Aquí el mundo se está haciendo cada día y el crecimiento económico se sustenta a base de octanos y estiércol, al igual que lo logramos nosotros. Sus gentes viven el dolor de estar vivos y esquivan el puñal de la competitividad con volantazos sobre las motocicletas zigzagueantes entre la multitud.

Sobrevivo a los pasos de cebra y llego al centro de la ciudad. La plaza Djemaa el Fna a primera hora de la tarde está desolada. Los edificios circundantes no conforman un espacio tal y como un occidental espera. El perímetro es irregular y las calles nacen y mueren en cualquier sitio, recordándome quizás la llegada en barco a un puerto extranjero abierto al océano. El adoquín escasea en muchos lugares y hay tierra que emerge del fondo o que posiblemente ha sido traída para facilitar la limpieza de los excrementos de caballos, aves y otros animales que acompañan o son parte de un comercio casi medieval. Hace un calor húmedo, nublado. Los pequeños cafés y restaurantes sirven las últimas comidas a pie de plaza pero no invitan a unos ojos todavía inadaptados a la ciudad, por lo que decido visitar el zoco.

Entrar en la Medina desde esta plaza, entrar en el zoco, es como introducirse en un inmenso panal. Cientos de personas yendo y viniendo, deteniéndose en cada objeto colgado, asomándose a los pequeños establecimientos. Gente caminando sin rumbo fijo, bicicletas, motocicletas, carros tirados por algún burro distraído, todos ocupando los minúsculos callejones, laberínticos, cubiertos del sol con tablones y viejas planchas de uralita.

Entrar es perderse, olvidarse de quién es uno y por qué motivo está en Marrakech. Entrar es dejar a un lado los miedos, los prejuicios. Entrar es hacer el amor con la ciudad, cerrar los ojos, olvidar el humo y el estiércol, sentir el aroma de la canela como un beso, oler el cuero, las telas, los cestos de frutos secos y especias… Cada objeto se desprende de su alma que disfrazada de aroma circula por entre las pequeñas calles. Y una vez perdido, ajeno al miedo de no encontrar de nuevo la salida de este laberinto, panal de vida, uno sabe que no le queda más remedio que dejarse amar.

Porque Marrakech ama al forastero, lo ama por encima de todo. Los comerciantes te reclaman con el rito aún sin prostituir del sagrado comercio, la relación más antigua entre los pueblos. Hay que dejarse invitar a un té y aprovecharse de la hospitalidad como un amante deja a su amor agasajarle. Comprar, comprar o continuar, regatear el precio o agradecer las atenciones y seguir buscando. Y si algún chaval quiere guiarte entre las calles, déjale llevarte a los curtidores, perdidos en lo más profundo de la Medina como un viaje hacia atrás de los siglos. Comprenderemos el sacrificio del trabajo y sus condiciones, muy lejos de nuestros procesos industriales.
El sol comienza a ponerse y, en las pocas calles de la Medina que quedan sin cubrir, el cielo se va oscureciendo como el tono de la piel de un niño. La vida se aleja, concentrándose en la plaza que desde la puerta de la Medina me llama.

Volver es nacer. Entrar de nuevo en Djemaa el Fnaa al atardecer es llegar al mundo por primera vez. Con todo lo crudo y lo bello, Djemaa el Fna es la vida del hombre. La plaza fue declarada patrimonio oral de la humanidad por la UNESCO en mayo de 2001, patrimonio inmaterial porque Djemaa el Fna es un monumento al ser humano hecho de seres humanos. No hay piedras ni ladrillos ni ventanas, no hay árboles ni ríos… hay un universo de palabras vivas que rodean a uno por doquier.

La plaza se transforma en un gran anillo de puestos de zumo de naranja y frutos secos. Desde afuera observo altas columnas de humo blanco subiendo de las cocinas dispuestas en el centro. Todo está teñido de blanco, quizás haciendo contraste con el colorido del zoco. Los cocineros, en el centro de cada pequeño puesto de comida, visten delantales tan blancos como los manteles de las pequeñas mesas que los circundan. Cada uno de los minúsculos restaurantes tiene una hilera de blancas bombillas que los rodea, siguiendo la línea de las estrechas y alargadas mesas e iluminándolas como un collar de perlas bajo la luna. En cada uno de los puestos la comida varía desde las frituras de pescado, las ensaladas y otras verduras, hasta las brochetas de carne o las cabezas enteras de cordero, enormes y amenazantes para el ojo occidental.

Alrededor de todo este festival medieval, de esta fiesta de la vida, existe un mundo hermoso y cruel, todo un oriente girando a su alrededor. Contadores de cuentos, encantadores de serpientes, eruditos que hipnotizan con su árabe sabiduría a niños y ancianos, músicos, sacamuelas, vendedores de especias, juegos variados para entretener a la multitud, echadoras de cartas, espectáculos con aves, y, entre todo ello, sumergido en la marea humana, un corro de gente esperando que se cierren las apuestas por dos chavales, de no más de doce años, enfundados en guantes de boxeo para pelear. Los pocos turistas que observamos la escena nos miramos mudos y siento un apretado nudo en la boca de mi estómago. La mirada de ese chico frente a mí, la mirada de los más de veinte chiquillos que formaban aquel circo cruel, no podré olvidarla jamás: un planeta, la Tierra y no Saturno, devorando a sus propios hijos.

En Marrakech descubrí lo que realmente somos. Viajar, ahora lo sé, sólo tiene sentido si uno va a los lugares adonde la cabeza se niega. Viajar sin sufrir es viajar sin gozar. Cuanto más intensos sean los viajes más me dolerá esta puntada primera. Tomando altura dentro de este avión, de esta aguja de acero definitivamente enhebrada con un sentido y una deuda, traspaso el fino manto de nubes que cubre Marrakech como una puntada en un paño de seda. Comprendo, en este preciso instante, que el resto de viajes que haga en mi vida estarán, al final de la estela de cada reactor que tome, unidos a esta primera estancia, al cordón de un pequeño guante de boxeo. Cada despegue, como una invisible mano que cose, tensará ese infinito hilo de humo y keroseno que muere en la mano de un niño, golpeando con fuerza todo mi ser.

El airbag bien… ¿y tú?

Octubre me ha invitado a jugar con los vidrios empañados de mi habitación. Este año ha comenzado lluvioso y la humedad suele darme los buenos días con los primeros brillos de la mañana. Noches húmedas y mañanas soleadas, sueños tibios y despertares prometedores. Hace mucho que no pinto corazones en los cristales, pero mi corazón no está triste, es sólo que hace tiempo que nadie me ayuda a terminarlos. Ahora pintaba soles y nubes y lunas. Cuerpos celestes y abstractos, sueños imposibles que nunca sabía si podría hacerlos realidad.

El amanecer definitivo llegó hace apenas unos días. Fugaz y doloroso surgió de entre la nada para robarme la máscara y empujar mi cuerpo al universo de los sueños. Desnudo, magullado y agradecido he asimilado el mensaje, rudo en formas pero nítido en contenido. Hasta que el destino no te toma por el cuello y te grita que no tienes derecho a malgastar tu vida no prestas atención a las palabras que suele susurrarte al oído. Quizás es que nunca tuve un profesor como Robin Williams que me susurrara “Carpe diem” delante de una foto de ex-colegiales en blanco y negro.

Ahora el destino soy yo y yo os digo que todo merece la pena, que las preocupaciones cotidianas no lo son y que las lágrimas estúpidas son sólo eso, estúpidas. Si los sueños te persiguen, frena, y si persigues ilusiones, acelera, que sólo se vive una vez y no siempre el calendario tiene hojas suficientes.

Acumulamos diarios con anécdotas insignificantes, fotografías descoloridas y recuerdos borrosos mientras dilatamos la marcha hacia la aventura de nuestra vida. Escribid historias fantásticas, fotografiad los paisajes más bellos y recordad que las mejores páginas de vuestra particular historia suelen ser las que todavía no habéis escrito.