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Madama Butterfly en el Real

Bajo los focos, ante las cámaras. Público que observa al público que observa. Un escenario que gira transponiendo los planos, jugando con el travelling de la cámara cuando es realmente la escena la que se mueve. Una más que notable dirección de escena de Mario Gas y una soberbia dirección musical a cargo de Plácido Domingo. Así es Madama Butterfly, el último estreno del Teatro Real de Madrid.

Un juego escenográfico en el que la dramática historia de John Luther Long es rodada en cine. Director y actores esperan la llegada del público sobre el escenario, en los prolegómenos del “cinco y acción”. El primer acto pasa ante mis ojos y oídos sin pena ni gloria, quizá como en aquel primer estreno de febrero de 1904 que obligó a Puccini a introducir cambios.

El segundo acto es ya otra cosa. Tras el solitario “Un Bel Di Vedremo” comienza la apoteósica interpretación actoral, dejando casi en un segundo plano la interpretación musical de todo el reparto: un ejercicio de orquesta y actuación teatral que superan la partitura de Puccini. Y luego llegó el final del segundo acto: un momento de insuperable intimidad, bajo las cámaras que lentamente acechan a la protagonista, un instante que arrancó alguna que otra lágrima.

Silencio, oscuridad. La orquesta afina de nuevo a 440. Vuelve la luz, vuelve el drama, tercer acto. Sostenido el público de un fino hilo de seda, igual dió que se bordara el “Addio Fiorito Asil“, estaba ya todo hecho.

Equus en el West End londinense

Predispuesto el espectador a contemplar esta imagen, el morbo está servido. El inocente niño que tan de cerca hemos observado en la multimillonaria saga de Harry Potter, se enfrenta a su propio mito. Eso es quizá lo que él o sus representantes han decidido que esté en la mente del espectador antes de que la obra comience.

Seis cabezas equinas, metálicas, esquemáticas y casi esqueléticas, presiden la estancia colgadas de las seis puertas del establo. El espacio, negro, circular, en plano inclinado, presenta cuatro prismas negros, cuatro cajas, que sirven de referente visual; cuatro elementos móviles que son desplazados por los actores a lo largo de la obra. Una luz azul, casi ultravioleta, ilumina las cabezas. El público rodea el escenario, el teatro es antiguo, muy londinense.

Richard Griffiths es el psiquiatra, soberbio en todo momento. Daniel Radcliffe demuestra que es capaz de pulverizar sus registros anteriores, a pesar incluso de su ligera incomodidad por el desnudo frontal del final, pero esto es lo de menos. El montaje es extraordinario, y el final del primer acto apoteósico, quizá el mejor Radcliffe de toda la obra. En solitario, con el torso descubierto y enfundado en unos vaqueros azules, galopando excitado un impresionante corcel (Will Kemp, que estrena ahora en España la película Miguel and William) sobre un suelo giratorio.

El resto de la obra es una reflexión, un viaje oscuro a los orígenes del sexo y sus mitos. El texto perturbador, sobre el filo de la navaja, clava sus zarpas en la conciencia del espectador y no la suelta ni siquiera después de salir del teatro. ¿Cuál es el origen de las filias sexuales? ¿Qué o quién las fija en cada persona y cuándo? ¿Es libre el individuo en la elección? Y, una vez fijadas para siempre, ¿qué hacer si no son socialmente, éticamente aceptadas? La carga de responsabilidad del psiquiatra es la carga que la humanidad soporta ante cada individuo: una vez extirpada la filia sexual no es posible fijarla en otro objetivo (acto, objeto o persona) así como así. Las experiencias del placer y del dolor quedarán ya definitivamente mutiladas, el ser incompleto.

Don Giovanni en el Real

La partitura la conocemos todos, y cada vez se hace más difícil sorprender al espectador. La ejecución podría calificarla de correcta, será quizá que la orquesta sin la etiqueta no se concentra igual, veremos qué ocurre en el estreno.

Interpretación sublime de María Bayo en su papel de Donna Anna. En general todas las mujeres (Sonia Ganassi potente, María José Moreno intensa) están muy por encima de sus compañeros masculinos (todos bastante flojos, por no decir flojísimos, sobre todo su interpretación actoral). No podemos olvidar que la ópera es un teatro y la interpretación debe pesar tanto como el canto. Los hombres, a mi parecer, están muy mal dirigidos por Lluis Pasqual (¡menudo estreno en el Real!). En ese sentido María Bayo está absolutamente completa: mi más sincera felicitación.

Pero lo que no se puede permitir es dilapidar dinero público en una escenografía y decorados inmundos para un espectáculo de este calibre. Destacaré el escenario inicial, propicio y magníficamente iluminado, con una clara inspiración en las obras de Sean Scully, pero comienza a perderse con un tiovivo más visto que el tebeo y una fiesta mezcla de barroco y camorra siciliana al final del primer acto que te deja frío. Pero mejor frío que con calores, los que provoca el mausoleo biónico de granito-poché que parece una revisión del panteón del Valle de los Caídos pasado por los ojos de Chillida y las pestañas de Pepi, Luci, Bom y otras mierdas del montón.

Mi más sincero pésame a Lluis Pasqual (Director de Escena) y a Ezio Frigerio (Escenógrafo) por este montaje. Después de los aplausos, principalmente a las féminas, escuché algún que otro abucheo. ¡Qué tristeza!