Archivo mensual: septiembre 2005

Don Giovanni en el Real

La partitura la conocemos todos, y cada vez se hace más difícil sorprender al espectador. La ejecución podría calificarla de correcta, será quizá que la orquesta sin la etiqueta no se concentra igual, veremos qué ocurre en el estreno.

Interpretación sublime de María Bayo en su papel de Donna Anna. En general todas las mujeres (Sonia Ganassi potente, María José Moreno intensa) están muy por encima de sus compañeros masculinos (todos bastante flojos, por no decir flojísimos, sobre todo su interpretación actoral). No podemos olvidar que la ópera es un teatro y la interpretación debe pesar tanto como el canto. Los hombres, a mi parecer, están muy mal dirigidos por Lluis Pasqual (¡menudo estreno en el Real!). En ese sentido María Bayo está absolutamente completa: mi más sincera felicitación.

Pero lo que no se puede permitir es dilapidar dinero público en una escenografía y decorados inmundos para un espectáculo de este calibre. Destacaré el escenario inicial, propicio y magníficamente iluminado, con una clara inspiración en las obras de Sean Scully, pero comienza a perderse con un tiovivo más visto que el tebeo y una fiesta mezcla de barroco y camorra siciliana al final del primer acto que te deja frío. Pero mejor frío que con calores, los que provoca el mausoleo biónico de granito-poché que parece una revisión del panteón del Valle de los Caídos pasado por los ojos de Chillida y las pestañas de Pepi, Luci, Bom y otras mierdas del montón.

Mi más sincero pésame a Lluis Pasqual (Director de Escena) y a Ezio Frigerio (Escenógrafo) por este montaje. Después de los aplausos, principalmente a las féminas, escuché algún que otro abucheo. ¡Qué tristeza!

El Pompidou y la ciudad del amor… propio

……….……….Una profunda bocanada de aire cálido,
……….……….no como el grito invertido del ahogado
……….……….sino como el trago definitivo del mejor borgoña.

La ciudad del amor acoge en su mismo corazón la casa del diablo. Sus venas de fuego corren sobre su piel, sobre sus huesos. Hundido en lo más sagrado de París, con su boca ortodóntica te traga, te digiere para ser siempre parte del perfume contemporáneo, la esencia de la descomposición. Si de este mundo sobra lo superfluo, sobras tú. Yo contenido, sujeto, frente al continente, transparente.

Solo llego a París y mis pasos me llevan por el camino que nadie recorre. Los edificios se apartan de mi deambular perdido, las sombras me guían. Este adoquinado es chanson, tres mujeres se despiden y se dispersan como tres
palomas se diluyen en un cielo de Sisley, tras un disparo.

Solo cruzo la sombra gótica del ábside de St. Merri y me asomo a la Fontaine Stravinsky, preludio de lo que acontece, Jardín de El Bosco. Serpientes de color escupen agua maldita, una laguna Estigia sin Cancerbero. Todo esto es una blasfemia, un grito en mitad de la perfección.

Vengo a Paris con 30 años perdidos, de lo vivido nada me queda. Las alegrías fueron tantas como las penas, el balance equilibrado, malgastado. Las vidas compensadas son vidas mediocres. Mejor ser santo o diablo. Mejor diablo. En esta plaza hundida, el Centro Pompidou me observa insignificante. No hay mente humana que haya podido concebir semejante locura, porque esta obra no es del hombre.

Uno compra un ticket como si llamara a un gondolero: un viaje sin retorno hacia el museo de arte contemporáneo, plantas 5 y 6. Ese ascenso doloroso, estadios sobre una mecánica escala, metáfora de una vida. Tramos de dejarse llevar, como siempre. Un intestino trasparente desde el que ves la vida alejarse mientras asciendes. Títeres y titiriteros, plazas de Baudelaire, fiestas y viudas, el mundo y la carne. Barandillas sobre la muerte.

El sol se pone sobre los tejados, moldes invertidos de bizcocho, negras tejas de pizarra y tiza:

No volveré a malgastar la vida
No volveré a malgastar la vida
No volveré a malgastar la vida
No volveré a malgastar mi vida.

El mundo es más hermoso desde lo alto. La voz que siempre habla dice todo esto te daré si te postras ante mí y me adoras. Un paisaje de espaldas a la vida, a mi propia vida. Sobre el cielo, bajo el horizonte, a izquierda y a derecha, Notre Dame y el Sacré Coeur. La torre Eiffel al fondo, mi otro yo, el que todo lo ve, el que se supone que todo lo sabe y realmente no sabe nada.

La gente que me rodea no existe, no escucho sus voces, no las oigo. Sólo el sol que ya no está y padre y madre a derecha e izquierda. Vistas de Mont Matre en mi mente, rojas sombrillas en la Place du Tertre bajo las cuales deben quedar los últimos lienzos. Y las cuatro estaciones, las horas de la vida en la fachada de Notre Dame como las Catedrales de Rouen que escupía Monet.

Es el mundo al que pertenecí hasta que vine aquí: todo lo ocurrido, lo acontecido, lo banal. Todo esto te daré si te postras ante mí y me adoras… Podría lazarme sobre las rocas, pero no creo que un ejército de ángeles venga en mi auxilio. Es el hombre frente al hombre, frente a un mundo sin dioses. Con mi espalda frente a la tarde siento el verdadero paisaje frente a mí.

El siglo XX descansa dentro de este infierno de cristal y acero. El desprecio absoluto por la ley, la destrucción de todo canon de belleza, un inmenso puzzle de siglos desparramado por el suelo. Odio o amor, luz o sombra, arte o destrucción. Pero ay, somos hijos del XX y amamos los pechos que nos amamantaron, aunque seamos Rómulo o Remo. Delaunay, Picasso, Rothko, entraron en el templo y a gritos expulsaron a los mercaderes de impresiones.

Hay más belleza en una sola tesela que en todas las bóvedas de Caracalla, más amor en un verso de Neruda que en todos los ripios de Bécquer. Uno entra en este bosque de acero y el David de Donatello parece un muñeco de plastilina, el Nacimiento de Venus un aborto.

Desprecio el porvenir porque ya no queda nada que romper, tan sólo el recoger cada pieza e intentar reconstruir de nuevo este Big Bang, ¡qué solemne aburrimiento! Por eso sale uno por la misma puerta que ha entrado. La ciudad está a oscuras, las escaleras mecánicas descienden.

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Yo nunca me fui del Pompidou. Ante él me postré y lo adoré. Hay otro yo que huyó al abrazo de París, a la vida sin vida. Yo me quedé aquí, en este infierno pestilente de autodestrucción. Notre Dame y el Sacre Coeur abrazaron al hijo perdido en el templo, pero yo descansé entre las cosas de mi padre. La Tour Eiffel amó al desertor. Junto a ése vivió el XXI mientras mis huesos aun arden al fuego de este desierto, sin maná, sin Jahvé.

Soy la mujer de un nazi

Soy la mujer de un nazi,
la dama que comparte
crímenes bajo las sábanas.

Soy la mujer de un nazi,
la madre que amamanta
niños arios con pechos de sangre.

Soy la mujer de un nazi,
la dulce cocinera de sueños
que se esparcen como la ceniza.

Soy la mujer de un nazi,
y sobre mí observo nada
y a mi lado nada queda.

Soy la mujer de un nazi.