Las aceras

Será quizá que hay mañanas de sábado en las que Madrid tiene menos cielo del habitual. Hoy me decido por el suelo. Después de leer medio diario en un café salgo calle Princesa abajo, objetivo Gran Vía. La Plaza de España siempre te despeina las ideas, con su ventarrón como un soplamocos bien dado.

Me pregunto por qué voy siempre por los pares. Creo que la acera de los pares es ya la acera del mundo al que cada día menos pertenezco, la acera de las matildes, de las grandes corporaciones, de los omnipresentes medios de comunicación. Es la acera del norte, de los privilegiados, de los elegidos para la gloria. A mi la gloria me queda muy lejos, esa gloria que vive de chaqueta y muere ahorcada de corbata. Decido un cambio de acera, que ahora tanto se estila.

¡Acera de los impares, acera del sur, camino de letras, de sombra en la tarde! Se ven altos los edificios de enfrente, sus ventanas oscuras, sus grandes centros comerciales. Hoy dejé cargando mi nuevo móvil en casa pensado que volvería tras el desayuno. Me apetecería llamar a alguien y contarle esta pequeña reflexión. Tampoco veo cibercafés abiertos. ¡Si pudiera dejar algunos pensamientos en mi acuario digital! Esperaré a la tarde.

Desde esta acera sin par el mundo es el mismo, pero se ve más hermoso. Asciendo a Callao y el camino me parece nuevo. En la plaza, entre socavones, saltan alegres mis ilusiones. Madrid es cada día más Madrid, el centro más centro. Desde los pares se veía de otra manera: triste lo pobre, gritón lo sucio. En la acera sur somos todos inmigrantes, todos alegres y sucios, todos madrileños.

El cielo sigue nublado. Descanso una hora en la Fnac, ojeo algunos libros de arte y de poesía. Busco alguno de Leopoldo María Panero y encuentro “Guarida de un animal que no existe”. Empieza así:
Cuando en el crepúsculo las ancianas sollozan,
acudes tú Belial
a borrar con una esponja de vino los pecados
Y a convertir en vino el pan dorado
el pan que dora el sufrimiento de los locos
el amargo pan de la muerte
y escucho tus pasos venir, venir a ayudarme
y respondes, tú solo respondes
a ese grito de la habitación a oscuras.

Qué gran suerte ser buen poeta, aunque vivas en un psiquiátrico.

Sé que quedan números por recorrer, que la calle termina en Alcalá, pero hoy ya no interesa. El pulso ha cambiado, los pasos ya no van a sonar igual. Me siento en el auditorio de la Fnac, cierro los ojos y termino el paseo junto a Leopoldo (él en su manicomio y yo en el mío) ahora por la acera de los números imaginarios.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s