Saca,
de tu pecho el aire
que me haga más daño,
una daga blanca
de metales cálidos.
Abre,
esa boca grande
de afilados dardos,
que me pasen dentro
y me arranquen lazos.
Muerde,
con más gritos llenos
de rencor o asco
que merezco siempre
que te debo algo.
Mira,
sin decir palabra,
con gestos aciagos
escupe silencios,
mentiras y agravios.
Huye,
que nada merezco,
de ti ni vasallo,
desprecio tan sólo,
distancia de esclavo.
Callo,
ya todo lo dije
a la tarde, callo
los últimos versos
que saben amargos.
(“Distancia” forma parte de la serie “Interferencias del vacío”)