Pero no puedo. No puedo callar. Necesito hablar, gritar, escribir, disparar, matar. El silencio destruye las neuronas por resonancia, por acumulación de pensamientos banales, trascendentes, estúpidos, geniales, invisibles, rojos, imposibles. No puedo. Mi cabeza es una inmensa olla de palabras, un enorme caldero al fuego, suspendido de un travesaño requemado. Un caldero que bulle desbordado de agua, hidróxido de sodio y grasa humana: desperdicios de la especie a la que pertenezco.
La saponificación es un proceso conocido, pero no por ello puedo esperar. Necesito echar más leña a la hoguera, hasta salir despedido, en forma de pompa transparente, temblorosa, infantil, con el viento al soplar sobre este pozo por todos conocido, el foso en que la vida nos ha metido. Volar sin más, en el aire, como una pompa diminuta, frágil, sin ninguna dirección ni sentido. Sólo como una esfera que se eleva sobre el suelo y que en su ascenso refleja, sobre su tornasolada superficie, la realidad distorsionada de lo que la circunda. Pompa o nada. Hacia el cielo, lejos, lejos del suelo. Y elevarse con pequeños impulsos, palabras sin mucha pretensión. Esquivar las miradas adultas con la ayuda de la fortuna y la indiferencia, hasta alcanzar los primeros metros. Después mentir, mentir para hincharse, inflarse, crecer, engordar el vacío interior de los primeros partos. Todos son caminos y todos son válidos, la verdad la inventaron los santos y para mí están ya todos muertos. La verdad es mejor disfrazarla, hasta que parezca mentira. Y proseguir el ascenso inmerecidamente, palabra a palabra, altisonante, insultante, exultante a fin de cuentas, me da lo mismo. Crecer como una pompa que se transforma paulatinamente en globo, estratosférico, obsceno hasta el extremo, como el planeta, como un planeta o un sol, rojo o verde, o negro como la miseria de la que todos estamos hechos, la que el día menos pensado quizá perfore esa fina película de agua y jabón en la que nos hemos convertido y con un sonoro chasquido, estrepitoso, como un pedo, nos devuelva a nuestra forma natural, a una gota minúscula, a una minucia. Y el aire o alma, que conteníamos, crecida a base de saponificar los desperdicios, se disuelva en la niebla del día y sea respirada por todos, y todos los ojos nos devuelvan el asco en la mirada.
Pero ser gota y haber volado, como la lluvia. Ascendido y muerto en la cima, destruyéndolo todo para caer estrellado en el asfalto, igual que una gota de tinta en un papel inmaculado. Derribado, sí, pero habiendo oteado el horizonte. Y sobre el papel convertirse en reguero de negra conciencia, en una línea estrecha y descendiente, que zigzaguea y paulatinamente vuelve a convertirse en palabra, escarbando el papel y ensuciándolo, como una pluma o cuchillo de acero que vacía las entrañas de lo blanco, y las expone públicamente, de nuevo, a sufrir el merecido e implacable peso de la justicia.