Aquella canción, pieza como te gustaba llamarla, dos minutos y cuarenta y pico, lenta y dolorosa, lente et douloureuse se ha ido, Jesusito. La cinta que me grabaste cuando te empezaron a flaquear las manos se borró ayer sin yo quererlo. Me sabe mal, Jesusito, me sabe mal. Por eso he venido.Perdona que te traiga estas letras escritas y no te las lea de viva voz, pero la vista ya no me acompaña, y la memoria para saber dónde puse las gafas la semana pasada tampoco. Han pasado años ya, verdad, y sigues como aquí, a ratos. Este último tiempo he venido poco, o nada dirás. Apenas me dejan salir de la residencia sola. Ves, eso nos pasa por no querer tener niños. Nos las apañamos bien de jóvenes pero cuando la cosa se puso fea me dejaste con los silencios, esos silencios tan tuyos. Me acuerdo de nuestras discusiones sobre música, y de Gynopédies Nº 1, la primera canción moderna de piano que me gustó. Yo aplaudía antes de que terminaras, y tú me reñías porque el último compás de silencio decías que también era música. ¡Qué cosas! Y los paseos por los Campos Elíseos después de tus conciertos, y te decía si ya podía hablar o si tu taconeo seguía dentro del último compás.
Y después el alzheimer y nos volvimos. Te lo cuento como si no lo supieras, pero con esa enfermedad, Jesusito, es como si no lo supieras. Y me grabaste Gymnopédies Nº 1 con el magnetófono que nos regaló mi hermana aquella primera Navidad de vuelta en España. Para que me escuches cuando ya no pueda tocar. ¡Ay, tus pruebas de acústica! Con esa castaña de magnetofón, que luego me dijo que le costó dos perras un día que nos enfadamos, y tú pensando en la acústica. Decidiste meterlo en el piano, bajo la tapa, porque se grababa mejor. Y cada vez que lo he escuchado desde que te fuiste, con el sonido de la tapa cerrándose y abriéndose, o abriéndose y cerrándose, al principio y al final, parece que salieras tú del ataúd para tocarla. Sor Camino me lo decía, la muy bruta: ¡Guarde esa cinta que bastantes muertos tenemos aquí cada año como para escuchar a Jesusito el vampiro!
Ya he ido a la revisión esta mañana y don Ignacio me ha extendido un cheque de doce meses si cuido de catarros, caídas y colitis (las tres ces, como se las conoce y se las teme). Pero el cuerpo, qué penita de cuerpo, Jesusito. Si lo vieras, con esos ojitos de músico loco, dirías si te pinto de negro pareces un semitono. Ahora sí que parezco una francesita, eso me dice Tomás, Aladino que yo le digo, todo el día con el clarinete para arriba y para abajo. Sor Camino le grita Aladino, calle ya un poquito, pero ese sí que no sabe lo que son los silencios.
Y Manuela me dejó la habitación para mi sola… Se fue con la tercera ce y casi me lleva a mí detrás gaseada como en Auschwitz. Ahora, alguna noche, viene el Aladino con su clarinete y me dice unas cochinadas que no veas. Le digo, toca, toca, que así no hablas, pero se me mete en la cama y me dice que su lengua es mejor que los dedos de mi difunto. El clarinete es el instrumento de los mejores amantes, me dice el muy guarro. Y yo le ponía la cinta en el magnetófono, aunque ya casi sólo se oía la tapa abrirse y cerrarse. ¡Pero ay anoche, Jesusito! Le pongo al play, sale la tapa y en lugar de nuestro Gymnopédies Nº 1, me suena la marcha de la procesión del Corpus en clarinete, que me la ha grabado encima. Entre tapa y tapa, Jesusito, y ya no te tengo. Te dejo aquí el magnetófono, igual tú puedes con esto.
Besos,
tu Anita
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