Archivo mensual: enero 2005

Descalzos

Piernas desde los dedos,
desde tus pies de fruta
que me acarician.
Alas de plomo y dedos de pluma
sobre mi cara,
desnuda.

Piernas y pies que dibujan
el alma de cada beso
sobre la arena,
y reviven
lo que un día
de ti fue íntima huella.

Pies y tú, bajo la sombra
de mi espalda aquella tarde,
pisaban descalzos mi casa
y tu casa,
corrían descalzos la calle
perdiéndose en la mañana.

Quiero

Pero no puedo. No puedo callar. Necesito hablar, gritar, escribir, disparar, matar. El silencio destruye las neuronas por resonancia, por acumulación de pensamientos banales, trascendentes, estúpidos, geniales, invisibles, rojos, imposibles. No puedo. Mi cabeza es una inmensa olla de palabras, un enorme caldero al fuego, suspendido de un travesaño requemado. Un caldero que bulle desbordado de agua, hidróxido de sodio y grasa humana: desperdicios de la especie a la que pertenezco.

La saponificación es un proceso conocido, pero no por ello puedo esperar. Necesito echar más leña a la hoguera, hasta salir despedido, en forma de pompa transparente, temblorosa, infantil, con el viento al soplar sobre este pozo por todos conocido, el foso en que la vida nos ha metido. Volar sin más, en el aire, como una pompa diminuta, frágil, sin ninguna dirección ni sentido. Sólo como una esfera que se eleva sobre el suelo y que en su ascenso refleja, sobre su tornasolada superficie, la realidad distorsionada de lo que la circunda. Pompa o nada. Hacia el cielo, lejos, lejos del suelo. Y elevarse con pequeños impulsos, palabras sin mucha pretensión. Esquivar las miradas adultas con la ayuda de la fortuna y la indiferencia, hasta alcanzar los primeros metros. Después mentir, mentir para hincharse, inflarse, crecer, engordar el vacío interior de los primeros partos. Todos son caminos y todos son válidos, la verdad la inventaron los santos y para mí están ya todos muertos. La verdad es mejor disfrazarla, hasta que parezca mentira. Y proseguir el ascenso inmerecidamente, palabra a palabra, altisonante, insultante, exultante a fin de cuentas, me da lo mismo. Crecer como una pompa que se transforma paulatinamente en globo, estratosférico, obsceno hasta el extremo, como el planeta, como un planeta o un sol, rojo o verde, o negro como la miseria de la que todos estamos hechos, la que el día menos pensado quizá perfore esa fina película de agua y jabón en la que nos hemos convertido y con un sonoro chasquido, estrepitoso, como un pedo, nos devuelva a nuestra forma natural, a una gota minúscula, a una minucia. Y el aire o alma, que conteníamos, crecida a base de saponificar los desperdicios, se disuelva en la niebla del día y sea respirada por todos, y todos los ojos nos devuelvan el asco en la mirada.

Pero ser gota y haber volado, como la lluvia. Ascendido y muerto en la cima, destruyéndolo todo para caer estrellado en el asfalto, igual que una gota de tinta en un papel inmaculado. Derribado, sí, pero habiendo oteado el horizonte. Y sobre el papel convertirse en reguero de negra conciencia, en una línea estrecha y descendiente, que zigzaguea y paulatinamente vuelve a convertirse en palabra, escarbando el papel y ensuciándolo, como una pluma o cuchillo de acero que vacía las entrañas de lo blanco, y las expone públicamente, de nuevo, a sufrir el merecido e implacable peso de la justicia.

Gymnopédies Nº1 (Jesusito de mi vida)

Aquella canción, pieza como te gustaba llamarla, dos minutos y cuarenta y pico, lenta y dolorosa, lente et douloureuse se ha ido, Jesusito. La cinta que me grabaste cuando te empezaron a flaquear las manos se borró ayer sin yo quererlo. Me sabe mal, Jesusito, me sabe mal. Por eso he venido.Perdona que te traiga estas letras escritas y no te las lea de viva voz, pero la vista ya no me acompaña, y la memoria para saber dónde puse las gafas la semana pasada tampoco. Han pasado años ya, verdad, y sigues como aquí, a ratos. Este último tiempo he venido poco, o nada dirás. Apenas me dejan salir de la residencia sola. Ves, eso nos pasa por no querer tener niños. Nos las apañamos bien de jóvenes pero cuando la cosa se puso fea me dejaste con los silencios, esos silencios tan tuyos. Me acuerdo de nuestras discusiones sobre música, y de Gynopédies Nº 1, la primera canción moderna de piano que me gustó. Yo aplaudía antes de que terminaras, y tú me reñías porque el último compás de silencio decías que también era música. ¡Qué cosas! Y los paseos por los Campos Elíseos después de tus conciertos, y te decía si ya podía hablar o si tu taconeo seguía dentro del último compás.

Y después el alzheimer y nos volvimos. Te lo cuento como si no lo supieras, pero con esa enfermedad, Jesusito, es como si no lo supieras. Y me grabaste Gymnopédies Nº 1 con el magnetófono que nos regaló mi hermana aquella primera Navidad de vuelta en España. Para que me escuches cuando ya no pueda tocar. ¡Ay, tus pruebas de acústica! Con esa castaña de magnetofón, que luego me dijo que le costó dos perras un día que nos enfadamos, y tú pensando en la acústica. Decidiste meterlo en el piano, bajo la tapa, porque se grababa mejor. Y cada vez que lo he escuchado desde que te fuiste, con el sonido de la tapa cerrándose y abriéndose, o abriéndose y cerrándose, al principio y al final, parece que salieras tú del ataúd para tocarla. Sor Camino me lo decía, la muy bruta: ¡Guarde esa cinta que bastantes muertos tenemos aquí cada año como para escuchar a Jesusito el vampiro!

Ya he ido a la revisión esta mañana y don Ignacio me ha extendido un cheque de doce meses si cuido de catarros, caídas y colitis (las tres ces, como se las conoce y se las teme). Pero el cuerpo, qué penita de cuerpo, Jesusito. Si lo vieras, con esos ojitos de músico loco, dirías si te pinto de negro pareces un semitono. Ahora sí que parezco una francesita, eso me dice Tomás, Aladino que yo le digo, todo el día con el clarinete para arriba y para abajo. Sor Camino le grita Aladino, calle ya un poquito, pero ese sí que no sabe lo que son los silencios.

Y Manuela me dejó la habitación para mi sola… Se fue con la tercera ce y casi me lleva a mí detrás gaseada como en Auschwitz. Ahora, alguna noche, viene el Aladino con su clarinete y me dice unas cochinadas que no veas. Le digo, toca, toca, que así no hablas, pero se me mete en la cama y me dice que su lengua es mejor que los dedos de mi difunto. El clarinete es el instrumento de los mejores amantes, me dice el muy guarro. Y yo le ponía la cinta en el magnetófono, aunque ya casi sólo se oía la tapa abrirse y cerrarse. ¡Pero ay anoche, Jesusito! Le pongo al play, sale la tapa y en lugar de nuestro Gymnopédies Nº 1, me suena la marcha de la procesión del Corpus en clarinete, que me la ha grabado encima. Entre tapa y tapa, Jesusito, y ya no te tengo. Te dejo aquí el magnetófono, igual tú puedes con esto.

Besos,
tu Anita