El viaje irracional

Pongo el primer pie en el continente africano un 11 de agosto en Marrakech, ciudad que se dibuja a través de una fina capa de nubes desde la ventanilla del avión que me transporta. Aunque ahora me encuentre en Madrid, pasados ya muchos días, puedo ver aquel instante casi sin cerrar los ojos. Marruecos, Marrakech, es el viaje de toda mi vida.No es fácil dejar atrás prejuicios de la niñez, no me parece justo. Qué difícil se hace para muchos occidentales visitar por primera vez un país árabe, descargar las negras imágenes de una educación caduca. De niño juré no pisar una tierra pagana de culto y formas hasta que de ella llegaran adjetivos occidentales. Y ahora, sobrepasados los treinta, siento haberla dejado al otro lado del mar como quien abandona el primer amor, aquél que jamás se despegará de tus noches, noches sin luna, africanas, orientales.

Parecen mis anteriores viajes puntadas sin hilo en la corteza terrestre, bordados invisibles aquí y allá dentro de un avión a modo de aguja, sin una geometría mínima que los justifique. Mirar por mirar, escuchar por escuchar. Y después de muchos años se me ofrece la manzana prohibida y algo en el interior me dice que ya iba siendo hora. Al fin el sur, su caos, su presente, sus amores y sus odios al otro lado de un brazo de mar.

Salgo del hotel a primera hora de la tarde y me dejo guiar por el minarete de la mezquita Koutoubia que domina la vista desde cualquier esquina de la ciudad. Uno ha sido advertido que ésta es tierra de sensaciones, colores, olores. Pero uno no escarmienta en carne ajena y las primeras impresiones son demoledoras. El color predominante es el de la tierra seca, los primeros sonidos los motores de automóviles y motocicletas y los primeros olores un fuerte aroma a estiércol y una nube de dióxido de carbono procedente de los miles de tubos de escape que vuelan por las calles.

No exagero. Uno vive en las fronteras de occidente, pero sigue siendo occidente. Este mundo es todavía una inmensa fiera, joven, creciente, y sus gentes no atienden a la estúpida educación, al falso respeto occidental. Aquí el mundo se está haciendo cada día y el crecimiento económico se sustenta a base de octanos y estiércol, al igual que lo logramos nosotros. Sus gentes viven el dolor de estar vivos y esquivan el puñal de la competitividad con volantazos sobre las motocicletas zigzagueantes entre la multitud.

Sobrevivo a los pasos de cebra y llego al centro de la ciudad. La plaza Djemaa el Fna a primera hora de la tarde está desolada. Los edificios circundantes no conforman un espacio tal y como un occidental espera. El perímetro es irregular y las calles nacen y mueren en cualquier sitio, recordándome quizás la llegada en barco a un puerto extranjero abierto al océano. El adoquín escasea en muchos lugares y hay tierra que emerge del fondo o que posiblemente ha sido traída para facilitar la limpieza de los excrementos de caballos, aves y otros animales que acompañan o son parte de un comercio casi medieval. Hace un calor húmedo, nublado. Los pequeños cafés y restaurantes sirven las últimas comidas a pie de plaza pero no invitan a unos ojos todavía inadaptados a la ciudad, por lo que decido visitar el zoco.

Entrar en la Medina desde esta plaza, entrar en el zoco, es como introducirse en un inmenso panal. Cientos de personas yendo y viniendo, deteniéndose en cada objeto colgado, asomándose a los pequeños establecimientos. Gente caminando sin rumbo fijo, bicicletas, motocicletas, carros tirados por algún burro distraído, todos ocupando los minúsculos callejones, laberínticos, cubiertos del sol con tablones y viejas planchas de uralita.

Entrar es perderse, olvidarse de quién es uno y por qué motivo está en Marrakech. Entrar es dejar a un lado los miedos, los prejuicios. Entrar es hacer el amor con la ciudad, cerrar los ojos, olvidar el humo y el estiércol, sentir el aroma de la canela como un beso, oler el cuero, las telas, los cestos de frutos secos y especias… Cada objeto se desprende de su alma que disfrazada de aroma circula por entre las pequeñas calles. Y una vez perdido, ajeno al miedo de no encontrar de nuevo la salida de este laberinto, panal de vida, uno sabe que no le queda más remedio que dejarse amar.

Porque Marrakech ama al forastero, lo ama por encima de todo. Los comerciantes te reclaman con el rito aún sin prostituir del sagrado comercio, la relación más antigua entre los pueblos. Hay que dejarse invitar a un té y aprovecharse de la hospitalidad como un amante deja a su amor agasajarle. Comprar, comprar o continuar, regatear el precio o agradecer las atenciones y seguir buscando. Y si algún chaval quiere guiarte entre las calles, déjale llevarte a los curtidores, perdidos en lo más profundo de la Medina como un viaje hacia atrás de los siglos. Comprenderemos el sacrificio del trabajo y sus condiciones, muy lejos de nuestros procesos industriales.
El sol comienza a ponerse y, en las pocas calles de la Medina que quedan sin cubrir, el cielo se va oscureciendo como el tono de la piel de un niño. La vida se aleja, concentrándose en la plaza que desde la puerta de la Medina me llama.

Volver es nacer. Entrar de nuevo en Djemaa el Fnaa al atardecer es llegar al mundo por primera vez. Con todo lo crudo y lo bello, Djemaa el Fna es la vida del hombre. La plaza fue declarada patrimonio oral de la humanidad por la UNESCO en mayo de 2001, patrimonio inmaterial porque Djemaa el Fna es un monumento al ser humano hecho de seres humanos. No hay piedras ni ladrillos ni ventanas, no hay árboles ni ríos… hay un universo de palabras vivas que rodean a uno por doquier.

La plaza se transforma en un gran anillo de puestos de zumo de naranja y frutos secos. Desde afuera observo altas columnas de humo blanco subiendo de las cocinas dispuestas en el centro. Todo está teñido de blanco, quizás haciendo contraste con el colorido del zoco. Los cocineros, en el centro de cada pequeño puesto de comida, visten delantales tan blancos como los manteles de las pequeñas mesas que los circundan. Cada uno de los minúsculos restaurantes tiene una hilera de blancas bombillas que los rodea, siguiendo la línea de las estrechas y alargadas mesas e iluminándolas como un collar de perlas bajo la luna. En cada uno de los puestos la comida varía desde las frituras de pescado, las ensaladas y otras verduras, hasta las brochetas de carne o las cabezas enteras de cordero, enormes y amenazantes para el ojo occidental.

Alrededor de todo este festival medieval, de esta fiesta de la vida, existe un mundo hermoso y cruel, todo un oriente girando a su alrededor. Contadores de cuentos, encantadores de serpientes, eruditos que hipnotizan con su árabe sabiduría a niños y ancianos, músicos, sacamuelas, vendedores de especias, juegos variados para entretener a la multitud, echadoras de cartas, espectáculos con aves, y, entre todo ello, sumergido en la marea humana, un corro de gente esperando que se cierren las apuestas por dos chavales, de no más de doce años, enfundados en guantes de boxeo para pelear. Los pocos turistas que observamos la escena nos miramos mudos y siento un apretado nudo en la boca de mi estómago. La mirada de ese chico frente a mí, la mirada de los más de veinte chiquillos que formaban aquel circo cruel, no podré olvidarla jamás: un planeta, la Tierra y no Saturno, devorando a sus propios hijos.

En Marrakech descubrí lo que realmente somos. Viajar, ahora lo sé, sólo tiene sentido si uno va a los lugares adonde la cabeza se niega. Viajar sin sufrir es viajar sin gozar. Cuanto más intensos sean los viajes más me dolerá esta puntada primera. Tomando altura dentro de este avión, de esta aguja de acero definitivamente enhebrada con un sentido y una deuda, traspaso el fino manto de nubes que cubre Marrakech como una puntada en un paño de seda. Comprendo, en este preciso instante, que el resto de viajes que haga en mi vida estarán, al final de la estela de cada reactor que tome, unidos a esta primera estancia, al cordón de un pequeño guante de boxeo. Cada despegue, como una invisible mano que cose, tensará ese infinito hilo de humo y keroseno que muere en la mano de un niño, golpeando con fuerza todo mi ser.

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