Archivo mensual: junio 2004

Por placer

A la hora de preparar estas palabras, uno desconoce en qué momento de la ceremonia será llamado a leerlas. Y en el momento en que las escribo, pienso si habré de estar en donde ahora me ven, antes o después del “podéis ir en paz”.

Porque no es lo mismo saber que la audiencia espera sentada hasta el final de estas líneas por el deber o por el compromiso. Por lo que a mí respecta, preferiría que estuviera escuchando por placer. Y es que en la vida, Esther, José Ramón, nos encontramos cada día con estas tres formas de hacer las cosas: la obligación, el compromiso o el placer.

Sobre la obligación no voy a hablar demasiado porque la ley, divina o humana, es muy poco específica. Se escribieron cientos de páginas en el antiguo testamento, mandamientos y preceptos, y tuvo que venir Jesús a echarnos una mano: “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. San Agustín apostilló con su “Ama y haz lo que quieras” y ya está dicho todo. De las leyes humanas me quedo con “tu libertad termina donde empieza la del otro”. Pocas cosas, pues, las que hacer por deber.

Placer o compromiso, no son dos caminos. No es cierto que por placer haría una cosa y por compromiso haría a veces la contraria. No es un quiero o un debo. Uno en la vida hace lo que tiene que hacer, porque uno solo es el camino, porque se vive solo una vez. Es la forma en que uno vive, la que uno ha elegido. No es el QUÉ, es el CÓMO.

Por placer estar juntos en la alegría, por placer en la enfermedad. Por placer compartir cuatro paredes, por puro placer pagarlas. Por placer besar, procrear, amamantar, acariciar, educar. Acompañad esas nuevas vidas que tendréis, José Ramón y Esther, acompañadlas en la vida por placer.

Desde el primer día que os vi juntos se me quedó en la cara una sonrisa porque vislumbré que entre vosotros no había compromiso. Estabais juntos por placer, porque sí, porque no estar juntos era ir en contra de lo evidente.

Hoy estoy aquí y no sé realmente si me ha tocado hablar representando la amistad, el pasado reciente o la pasión por las letras. Me da igual. Hoy hablo por placer, y con este inmenso gusto y orgullo que siento por estar hoy aquí, aprovecharé estas palabras primeras que escucháis siendo una sola carne para felicitaros porque vuestro amor ha triunfado.

Nada más queda ya por decir, salvo que continuéis tomando tan sabias decisiones. Que eduquéis a los hijos en el placer de vivir conforme a la verdad, como sé seguro que lo haréis, por encima de normas y de leyes. Y que aprendan de vosotros el verdadero valor de la amistad, de la que nos sentimos tan orgullosos nosotros, todos, vuestros amigos.

(Texto para la Boda de José Ramón y Esther)