Palabras ||||||| Bautista Nicolás

A la deriva

Enero 2, 2004 · Deja un comentario

Dicen que el que escribe es alguien que no está muy seguro de quién es, que el destino le ha puesto en un lugar en el que no es feliz y que por eso diluye sus problemas en universos fantasiosos y, en ocasiones, infantiles. Es alguien que busca en la persona que está al otro lado del papel un pecho en el que apoyar de vez en cuando la cabeza. No quiero otorgarte esta responsabilidad, no me entiendas mal, sería demasiada carga.

Lo que quería decirte es que no creo que este problema de identidad me afecte tan solo a mí. Ahora mismo, por ejemplo, estarás imaginando una cara, unos labios diciéndote estas cosas, aunque bien sabes que yo jamás me atrevería a decirte esto directamente. Preferiría que me imaginases escribiendo… Mejor así, gracias. ¿Y tú? Yo te imagino leyendo, pensando que no tienes mucho tiempo y que te quedan todavía unas líneas más y te daría las gracias por tu paciencia.

Pero si te das cuenta, en estos momentos es tu propia voz la que resuena mientras lees estas líneas. Realmente lo que yo escribo es lo que tú lees, pero es tu propia voz la que lo dice. Es tu yo oculto el que te habla, ese yo al que habitualmente no dejas expresarse y que en ocasiones se emociona, ríe o llora cuando roba unas frías frases de un papel para decir lo que ha callado tiempo atrás.

Pero sigues firme. Sabes que esto es realmente un papel, lo he escrito yo y tú lo lees… que lástima. Ahora podría hacer que pensaras todas esas cosas que nunca me has dicho y ser yo quien tenga tu cabeza apoyada en mi pecho: “no te preocupes, todo en este mundo puede cambiar un día, un día…” (es tu voz, ¿la oyes?) “… un día que llegará cuando todo sea diferente y me puedas acompañar de nuevo en este raro dolor de estar vivo”.

Al menos lo he intentado. He escrito esto para ti, Manuel, y tú posiblemente no llegues ni a leerlo. Me equivoqué, otra vez, como aquel día en que te abandoné. Tú ya habrás rehecho tu vida y habrás encontrado a otra mujer. Alguien que quizá te haya dado los hijos que por mi estupidez nunca me pediste. Yo conseguí mi soñado cargo de Consejera. Desde el ordenador de este despacho sin fotos he lanzado esta carta a un digital océano, a este foro. Y si algún día te conectas y llegas a leer esto, quizá entonces puedas perdonarme, aunque ya sea tarde.

Siempre tuya,

Leonor

PD: Y a ti, navegante intrépido que encontró en Internet esta carta a modo de mensaje en una botella, lamento haberte entretenido. Déjame otra vez a la deriva, que aún no he llegado a puerto.

Categorías: relatocorto

0 respuestas hasta el momento ↓

  • Todavía no hay comentarios... Empiece usted rellenando el siguiente formulario.

Deja un comentario