Archivo mensual: enero 2004

El final de Arquímedes

Curioso es al menos que las verdades incontestables de la ciencia no se puedan aplicar a las relaciones entre los seres humanos. Este mundo se rige por las leyes de la naturaleza, leyes matemáticas que empezamos a conocer desde hace apenas un puñado de siglos, leyes físicas y químicas que explican la atracción entre los cuerpos, la relación entre la fuerza aplicada y la velocidad alcanzada, entre la mezcla de componentes químicos y la temperatura que alcanza la reacción, el compuesto final y el calor liberado. Somos la suma consciente de un conjunto de fórmulas que regulan la interacción de cada uno de nuestros componentes y la interrelación con nuestro entorno.

No se me olvida el último siglo y los avances en teoría de caos, la dualidad onda-corpúsculo de la luz, la relatividad de Einstein, de igual forma que tampoco se me olvida el Principio de Indeterminación de Heisenberg: “Es imposible conocer simultáneamente la posición y la velocidad del electrón, y por lo tanto determinar su trayectoria; cuanta más precisión se obtenga en conocer su posición mayor error se comete en conocer su velocidad y viceversa”.

Yo creo que fueron las veces que te pregunté si me querías lo que hizo que dejaras de amarme. Mis dudas y tu silencio, mi esfuerzo y tu aparente indiferencia. La avalancha de besos y detalles cotidianos, llamadas y cafés, y mi tiempo, el que ahora me sobra. Pero es que cuando me enamoré de ti yo me regía por la física de Newton y la estupidez de Eva, seducidos ambos por dos malditas manzanas. Principios de acción y reacción, de dos más dos siempre son cuatro… pero no lo fueron.

Todo avanzaba a un hermoso ritmo y sentíamos los árboles pasar, como ahora. Caminábamos juntos, pero yo me empeñé en averiguar a dónde, y a fuerza de preguntar me confirmaste que a ninguna parte. Ahí nos quedamos: supe la posición pero alteré la velocidad. Nuestra trayectoria murió.Hoy sólo queda el espacio que dejaste y el tiempo que sin ti se consume, mis libros de física y este paseo rutinario y vacío. Es el peso del volumen desalojado, como formuló Arquímedes, lo que provoca un empuje, pero en mi caso es hacia abajo. Debe ser que vivo en un mundo al revés y que empecé contigo por donde todos, probablemente, terminan.

A la deriva

Dicen que el que escribe es alguien que no está muy seguro de quién es, que el destino le ha puesto en un lugar en el que no es feliz y que por eso diluye sus problemas en universos fantasiosos y, en ocasiones, infantiles. Es alguien que busca en la persona que está al otro lado del papel un pecho en el que apoyar de vez en cuando la cabeza. No quiero otorgarte esta responsabilidad, no me entiendas mal, sería demasiada carga.

Lo que quería decirte es que no creo que este problema de identidad me afecte tan solo a mí. Ahora mismo, por ejemplo, estarás imaginando una cara, unos labios diciéndote estas cosas, aunque bien sabes que yo jamás me atrevería a decirte esto directamente. Preferiría que me imaginases escribiendo… Mejor así, gracias. ¿Y tú? Yo te imagino leyendo, pensando que no tienes mucho tiempo y que te quedan todavía unas líneas más y te daría las gracias por tu paciencia.

Pero si te das cuenta, en estos momentos es tu propia voz la que resuena mientras lees estas líneas. Realmente lo que yo escribo es lo que tú lees, pero es tu propia voz la que lo dice. Es tu yo oculto el que te habla, ese yo al que habitualmente no dejas expresarse y que en ocasiones se emociona, ríe o llora cuando roba unas frías frases de un papel para decir lo que ha callado tiempo atrás.

Pero sigues firme. Sabes que esto es realmente un papel, lo he escrito yo y tú lo lees… que lástima. Ahora podría hacer que pensaras todas esas cosas que nunca me has dicho y ser yo quien tenga tu cabeza apoyada en mi pecho: “no te preocupes, todo en este mundo puede cambiar un día, un día…” (es tu voz, ¿la oyes?) “… un día que llegará cuando todo sea diferente y me puedas acompañar de nuevo en este raro dolor de estar vivo”.

Al menos lo he intentado. He escrito esto para ti, Manuel, y tú posiblemente no llegues ni a leerlo. Me equivoqué, otra vez, como aquel día en que te abandoné. Tú ya habrás rehecho tu vida y habrás encontrado a otra mujer. Alguien que quizá te haya dado los hijos que por mi estupidez nunca me pediste. Yo conseguí mi soñado cargo de Consejera. Desde el ordenador de este despacho sin fotos he lanzado esta carta a un digital océano, a este foro. Y si algún día te conectas y llegas a leer esto, quizá entonces puedas perdonarme, aunque ya sea tarde.

Siempre tuya,

Leonor

PD: Y a ti, navegante intrépido que encontró en Internet esta carta a modo de mensaje en una botella, lamento haberte entretenido. Déjame otra vez a la deriva, que aún no he llegado a puerto.