Palabras ||||||| Bautista Nicolás

El día

Diciembre 1, 2002 · Deja un comentario

Aquella mañana las sábanas cortaban. Sentía su tacto afilado, de rayado y frío acero y mis piernas ausentes, llenas de dedos abiertos y entumecidos. Una almohada de roca dentro de una áspera funda. Y mucha luz afuera.

La ventana iluminaba la habitación con una extraña combinación de colores. Me asomé: las nubes se arrastraban heridas sobre la ciudad y los pájaros, cansados de respirar hollín, habían decidido caminar sobre los tejados. Abajo en cambio brillaba el adoquín, azul. Y el asfalto, verde como no lo imaginaba, parecía hasta mullido.

No había ropa en el armario, tan sólo harapos apolillados y perfume de serrín. No encontré zapatos, apenas unos cueros acartonados con cordones de vivas serpientes. Y así me dejé bajar las escaleras, hacia el salón. Ese día no fue sólo el ácido aliento de la mañana, también escuché gritos agudos de una extraña mujer y un niño piel ceniza. Recuerdo todavía esas voces, el olor de los besos fermentados, los cabellos con reflejos de lo habitual, de las cosas de siempre. Y salí a la calle.

Fue como un parto tras demasiado tiempo en una placenta sin aire, alimentado por un cordón, sin saborear. El aire frío y las aceras azules y el asfalto mullido y verde, sí. Vi muchas caras envueltas en turbantes de occidente con ojos hundidos y tristes, algunos acompañando a sus perros esclavos. Me senté sobre el bordillo y me descalcé guardando las zapatillas en los bolsillos del pijama.

No tenía que ir hacia ningún lado y me quedé respirando. Pasaban coches con prisa. Aquella mi primera mañana no dio para otras preocupaciones. Sólo aire, sólo color. Al rato tuve hambre y encontré lo más rico en algunos restos gratuitos, después de rebuscar un poco. Nada demasiado difícil salvo esquivar algunas caras que ya he decidido no ver. Y la tarde fue parecida, casi perfecta. Hay tanto aire por respirar que es mejor tomárselo con calma.

La oscuridad llegó pronto, antes, y me puse de nuevo las zapatillas. No estuve solo aquella primera noche. Afuera, en la casa, recuerdo otras noches en soledad, esquivando camisones de espinas, escuchando voces de dentro que ya se han callado. Mi primera noche, decía, un perrillo vino a mi lado, sin condiciones, sin contrato. Y él sabe que es libre de marcharse y yo de alimentarle. Pero nunca nos hemos dejado. Aquella noche paseamos unas horas, por donde él quiso y por donde yo quise. Y nos pareció bien orinar junto al río.

Cerraron todas las casas y apagaron las luces, primero algunas y luego todas. Entonces descubrí la verdadera noche. Me acuerdo de aquella no por haber sido la primera, sino por ser la última sin vello en la cara, que el aire de la noche no es grato para los recién llegados. Y aunque cualquier sitio es bueno para descansar, no niego que los hay mejores que aquel callejón. Perro también opinaba lo mismo, ¿verdad?
En la noche me despertaron linternas y voces que no dieron conmigo y que de no ser por vosotros ya casi había olvidado. Pero a pesar de todo descansé mejor que todas las noches anteriores juntas. Y así terminó el día.

¿Y la mañana siguiente? – alguien preguntó.
¡Sí, por favor, cuenta otra vez lo de la mañana siguiente! – insistieron los demás.

Me despertó Perro, hurgando con su hocico en mi oreja. Me levanté sonriente como nunca, como hoy, y respiré otra vez. Y al fondo del callejón encontré este carro plateado en el que ahora llevo mis cosas. Había en él una moneda con la que me dediqué una canción.

Luego vine hasta aquí tarareando, descalzo sobre el verde asfalto y el azul adoquín. Desde la otra manzana olí el calor de vuestros cartones al fuego y Perro siguió el rastro. Al llegar os vi bebiendo y bailando, y tú, Pedrín, te paraste y mirándome a los ojos gritaste “¡Bizco! ¿Dónde te habías metido?” y luego seguiste bailando.

Oye, Bizco, nunca nos has dicho a qué te dedicabas antes – preguntaron.

¿Antes de aquel día? Antes de aquel día yo estaba loco.

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