Archivo mensual: noviembre 2002

Absolución

Cerré la portezuela y me puse de rodillas. El crujido de la madera penetró en mis piernas, llegándome hasta el cerebro. Lo solté todo, con pelos y señales. Al otro lado de la celosía escuchaba una respiración profunda, como un metrónomo que me ayudaba a vaciarme. Al final quedamos a ambos lados en silencio.Esperaba la llegada de la sentencia absolutoria, sin embargo escuché una voz ronca, anciana, que dijo: “Podrás rezar lo que quieras el resto de tu vida, pero aun así te pudrirás en el infierno”.Salí corriendo del confesionario para pedir una justificación cara a cara, pero allí dentro tan solo había oscuridad.

El sargento

La casa de nuestra tía no tiene patio de luces. Cuando vamos los domingos a comer con el abuelo, que vive con ella en el pueblo, vemos desde la calle sus bragas colgadas en el balcón. Mi madre siempre le dice a mi padre que por favor le diga algo, que para eso es su hermana. Él dice que mire el resto de casas, que allí son todos vecinos.Durante la comida, mi tía y mi padre no dejan hablar a nadie. El abuelo preside la mesa y escucha sonriente cómo mi padre se pone al día de los cotilleos del pueblo. Mi hermana y yo nos sentamos frente a mi madre, que se coloca de espaldas a la ventana. Ella nos mira con gesto grave y nos da alguna que otra patada para que estemos serios, pero es que parece el sargento de una casa-cuartel con esas bragas ondeando a sus espaldas. 

Moneda

No recuerdo la edad que tenía cuando me hicieron el juego de la moneda. Debía cruzar los brazos y cerrar los ojos mientras me apretaban con fuerza una moneda en el centro de la frente. Después la volvían a guardar sin que lo notara. Estaba prohibido descruzar los brazos y, al abrir los ojos, sentías perfectamente cómo esa moneda seguía allí, pero no podías tocar para comprobarlo.

Desde entonces creo que se me quedó esta cara de tonto, obsesionado con un dinero que nunca tendré mientras me quedo de brazos cruzados en la vida.