Llevo más de tres meses llamando a mi hijo Harry Potter. Cada vez que salimos de ver una de esas superproducciones de Hollywood en las que una persona corriente descubre los poderes secretos de su dinastía, mi hijo se siente tan identificado que decide iniciar una nueva existencia, obligándonos a su madre y a mi a despojarle de su nombre, aquél que con tanta ilusión le pusimos hace más de cinco años. El caso de Harry Potter ha sido más sangrante para mí, ya que además el chaval ha perdido mi apellido.
Los objetos cotidianos cobran un nuevo valor en casa. No sabemos cuánto tiempo más tendremos que guardar la escoba bajo llave o si podré decidirme a dejar a mano de nuevo las gafas sin peligro de que se las ponga en cuanto me dé la vuelta. Lo peor es que el pobre lleva una semana diciendo “abracadabra” a un horrible florero que nos regaló mi suegra y no es capaz de hacerlo volar. Estoy por echarle una mano.
No puedo negar que echo de menos esa capacidad de los niños para olvidar el aburrido día a día. El poder llegar mañana a mi jefe, después de haber visto el Episodio II de Star Wars y soltarle así, sin complejos, un “Obi-Wan, lamento comunicarte que he sido seducido por el lado oscuro de la Fuerza”, en vez de tragarme todo el rato que estoy hasta las narices de ese trabajo de mierda y que no le soporto más.