Durante toda mi niñez estuve obsesionado con las ollas. En mi casa nunca hubo tiempo para los pequeños placeres y mi madre practicaba la dictadura del “aquí te pillo, aquí te mato”. Cada vez que contrataba a una asistenta, le hacía el numerito de las fantásticas virtudes de la olla “Pronto” mientras yo escuchaba ensimismado, como un peatón bajo el embrujo de un vendedor ambulante.
Todo aquel conjuro de pócimas y potajes solía terminar con una frase terriblemente sencilla: hasta que suban las tres rayas. Para un niño curioso, aquella simple frontera era un límite absurdo. Me quedaba observando el progresivo ascenso del émbolo mientras los pobres garbanzos padecían un asfixiante infierno de pasiones. Cuando la tercera raya aparecía, la válvula iniciaba su alegre baile, implacablemente interrumpido por la estricta asistenta, que metía a la pobre olla bajo un gran chorro de agua helada. No sé por qué hoy veo algo sexual en todo esto.
Recuerdo el día en que, impotente ante la imperiosa necesidad de abrir la olla a plena presión, decidí distraer a la asistenta con un escape de agua en el baño, y cuando mi pequeña válvula-Marilyn intentaba sujetar sus faldas sobre una enérgica nube de vapor, la elevé ligeramente con mi delicada mano. A mis gritos, la asistencia apareció en la cocina como una exhalación para socorrerme, mientras la válvula salía disparada colándose entre la rejilla de los fuegos y la pared. Me lanzó una gélida mirada de institutriz asesina y, agarrando escrupulosamente con dos paños la olla, la llevó a toda velocidad a la pila.
Aquel día había espinacas para comer, y cuando mis padres llegaron a casa, encontraron el techo de la cocina decorado con un largo graffiti de intenso verde y jugosa textura. Siempre me he preguntado que habría pasado si me hubiera decidido a abrir la olla.