Palabras ||||||| Bautista Nicolás

Un día de tormenta

Febrero 1, 2002 · Deja un comentario

Valentín se asomó a la ventana y observó el cielo que comenzaba a nublarse. “Otra tarde más” – pensó, mientras se desnudaba para entrar en la ducha. Había decidido salir de marcha aquella noche, aunque realmente no tenía ganas.

De su armario escogió lo primero que encontraron sus manos. El pelo ligeramente engominado, su camisa entreabierta y el cinturón ceñido. Un poco de vaselina en los labios y sobre su pecho perfume que camuflara la tristeza. Cerró de dos vueltas la cerradura y se acomodó la bufanda mirándose en el espejo del ascensor.

En la calle se había levantado la brisa que anuncia un día de tormenta. Introdujo las manos en los bolsillos del abrigo y apresuró su paso. El dinero no abundaba, así que decidió acercarse al centro caminando. Dobló la primera esquina y se incorporó a un río de gente que paseaba por la arbolada avenida. Las copas se mecían al unísono, interpretando una inquietante melodía. Observó la expresión de los peatones, los fruncidos ceños y las mandíbulas tensas.

La ciudad cada día parecía menos humana, las calles más sombrías, los saludos más siniestros. Cruzó el puente apretando los brazos contra su cuerpo. La brisa comenzaba a convertirse en un intenso viento que se incrementaba a cada paso. Por un segundo pensó en volver a casa, pero rechazó la idea. Las primeras gotas, apenas apreciables, le devolvieron de sus pensamientos.

Valentín se cobijó contra la pared mientras avanzaba esquivando a las señoras mayores que protegían con el alero de los edificios sus alborotadas permanentes. El ácido perfume de la laca se mezclaba con orines de perro entre portal y portal. Decidió cambiar de acera. El tráfico era intenso y su decisión provocó un par de frenazos, seguidos de algún que otro insulto que murió apresado dentro de la ventanilla. En el otro lado de la calle, la situación no mejoró demasiado.

El viento remueve la conciencia de la ciudad, agita esquinas umbrías, escarba entre los adoquines para aflorar un poso de mierda acumulado en días precedentes. Entonces toda esa basura comienza su danza entre piernas, farolas y ruedas de vehículos. En ella se puede leer, como en un diario, la hipocresía de la pulcra sociedad.

Aún quedaba un buen trecho cuando un golpe de viento abrió su abrigo de par en par. Hizo un amago para abrocharse de nuevo los botones pero sus manos estaban apresadas dentro de los bolsillos. El abrigo se batía violentamente y sólo acertó a cruzar sus brazos sobre la cintura, quedando el pecho prácticamente al descubierto. Una señora con gesto recriminatorio le gritó: “¡Chaval, tápate que vas a coger algo!”

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