Palabras ||||||| Bautista Nicolás

Lavando culpas sobre el río Spree

Junio 6, 2001 · Deja un comentario

Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre.

Herido profundamente en su orgullo y consciente del error cometido, decidió acabar con su vida devolviendo a las causantes de su pena parte del dolor infringido. Culpó a su mujer de la desidia de sus últimos años de matrimonio y a la joven amante de convertir su plácida senectud en una tormenta de promesas incumplidas.

Citó a las dos mujeres en medio del puente de Gerlitz advirtiéndoles de su firme convicción de arrojarse al río delante de ellas. El episodio restablecería el honor perdido y dejaría en las pérfidas damas un regusto de culpabilidad que les amargaría para siempre la existencia.

A la hora convenida se subió a la barandilla y miró hacia ambos lados con la esperanza de verlas aparecer simultáneamente por cada orilla. Esperó y esperó pero ninguna de ellas acudió a la cita. Preocupado por la posibilidad de resbalar y precipitarse al río antes de tiempo, se sentó en la barandilla con los pies colgando sobre el cauce. Allí pasó el resto del día, indeciso entre regresar a casa como un cobarde o acabar con su miserable vida sin disfrutar aquel último y añorado instante de gloria.

Al anochecer, un joven que paseaba por el puente se acercó y le preguntó: ¿qué hace usted ahí sentado?. Albinus respondió: he decidido suicidarme delante de las dos únicas mujeres que han significado algo en mi vida y, aun sabiéndolo, ninguna ha querido asistir. El joven, tras unos segundos en silencio, preguntó: ¿Cree que no han venido porque usted ya no significa nada para ellas o porque, no acudiendo a la cita, usted no se arrojaría?

Albinus, sorprendido por el planteamiento, no supo que contestar y mirándole a los ojos dijo: ¿y usted, qué haría en mi lugar?, a lo que el joven contestó: no sé cuáles son sus razones, pero parece evidente que usted no quiere asumir el problema y pretende trasladar su responsabilidad a otra persona.

Albinus, asombrado ante la sagacidad del joven preguntó: ¿Cómo ha sabido usted que el culpable de todo soy yo? El joven añadió: No lo sabía, pero usted casi me convierte en el culpable de su muerte.

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