Palabras ||||||| Bautista Nicolás

La consulta

Diciembre 1, 2000 · Deja un comentario

Sobre la cómoda del dormitorio apenas quedaban ya unas pocas pastillas. Miró el reloj que colgaba frente a la cama, marcaba las diez menos veinte. Con paso lento se acercó al armario y abrió uno a uno todos los cajones para comprobar que cada cosa estaba en su sitio. Revisó meticulosamente los trajes y corbatas colgados y sacó brillo por última vez a sus gemelos de plata favoritos. Cerró el armario y regresó arrastrando las zapatillas a la cama.

Las sábanas todavía calientes le invitaron a introducirse de nuevo. Una vez tumbado alcanzó la agenda que estaba sobre la mesita. Repasó las citas canceladas y arrancó suavemente la hoja correspondiente a ese día. Había abierto ligeramente la contraventana. Desde su cama se intuía un maravilloso día de invierno, un par de nubes casi transparentes sobre un relajante azul cielo. Miró al techo. La habitación parecía haberse cansado definitivamente de girar.

No se atrevió a juzgar si aquella mañana de diciembre era de verdad la mañana adecuada para hacer un balance de su vida. Quizá el médico le había metido demasiado miedo como para permitirse el lujo de esperar un día más, quizá fue él mismo el que no quiso esperar. Su diagnóstico no dejaba lugar a la duda: enfermedad terminal, reposo absoluto y dos tranquilizantes cada ocho horas; venga usted dentro de dos días y estudiaremos un tratamiento específico.

Habían pasado ya casi las cuarenta y ocho horas y esa misma tarde debía volver a la consulta. Pensó que aquellas pocas horas eran tiempo suficiente para resumir su vida, que no sería capaz de encontrar tantas cosas que resaltar. Pensó lo rápido que había pasado su niñez, que su adolescencia se había solapado con su juventud y que, en un abrir y cerrar de ojos, se había plantado a las puertas de un inmenso abismo. Se dio cuenta, realmente, de que su vida cabía en una sola línea.

Y a falta de otra cosa que pensar decidió vivir de nuevo su vida en aquellas pocas horas. “Cambiaré las decisiones importantes que tomé” – pensó, “quizás así imagine por unas horas que tuve una vida cuyo resumen merezca algo más que una línea”. Y comenzando de nuevo el ejercicio se remontó a su niñez, y descubrió que los años comenzaban a pasar y buscando una decisión relevante que modificar, comprobó, para su asombro, que no había tomado ninguna. “Curiosa vida la mía” – resolvió – “me siguen sobrando horas antes de la consulta”.

“Probaré hacia adelante, construiré el futuro que esta oscura dama ha venido a robarme” – se dijo decidido. “Concentración, eso es lo que necesito”- pensó, y tras unos minutos en silencio nada venía a su cabeza, sólo el repetitivo sonido del segundero del reloj que de la pared colgaba. “Sarcástico reloj éste” – se dijo indignado. Unos minutos más tarde ya estaba vestido para salir. “Está bien, pues a vivir se ha dicho” – gritó, y salió a la calle.

Respirar, escuchar, caminar… a cada paso elegir, no dejar un solo sueño por cumplir. Cambiar, olvidar los días en los que todo era nada y disfrutar esos en los que cualquier cosa te parece suficiente. Dejar atrás la estabilidad y la cordura, luchar para no volver nunca, conseguir que al menos alguien te llame loco. Que los pocos días que quedan sean más que todos los vividos.

“Buenas tardes doctor, cómo le ha ido la mañana” – preguntó. “Bien, acompáñeme por favor” – le indicó. Fue casi una hora de alta tecnología aplicada sobre su cuerpo: escáner, radiografías, análisis, sondas, cuestionarios. “Ya hemos terminado – aclaró el doctor-  “por favor, espere en la sala, le llamaremos en media hora”.

Pasó la media hora y una enfermera pronunció su nombre. “¡Tome joven! – le dijo, dándole un sobre, “¡entrégueselo al doctor cuando le llame!”, y dándose la vuelta desapareció por el fondo del pasillo. Tanteó su contenido y colocándolo sobre la palma de su mano comprobó el peso. “Quién se atrevería a pensar que un sobre tan ligero pueda llevar una carga tan pesada” – pensó.

Regresó a su asiento y mientras acariciaba los cantos del sobre escuchó una voz que le llamaba, pero esta vez no provenía del pasillo, alguien en la calle había dicho su nombre completo. Se levantó, sorprendido, y salió a la calle. Tras unos segundos mirando a ambos lados se dijo que lo había imaginado y, girando sobre sí mismo, inició el camino de vuelta. A los pocos segundos volvió a escuchar su nombre, en la calle, otra vez. Respirar, escuchar, caminar… a cada paso elegir… y guardando el sobre en el bolsillo de su abrigo regresó a casa.

Pasó el tiempo, el reloj de la pared dejó de sonar. Por la ventana se intuía un maravilloso día de invierno, un par de nubes casi transparentes sobre un relajante azul cielo. Bajo el techo, frente al reloj, un anciano cuerpo yacía rodeado de su familia. En su pecho un sobre abierto, en su cara una sonrisa y en su mano una tarjeta: Feliz Navidad.

Categorías: relatocorto

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