Archivo diario: febrero 15, 2000

Mujer amada

No te preguntes cómo he llegado hasta aquí.
No me mires con esos ojos
ni quieras saber cómo me llamo
porque no te lo diré.
Por más que lo intentes
no acertarás a pronunciar mi sagrado nombre,
porque surjo de la nada
y desaparezco entre las sombras.

Me conoces,
he comido contigo miles de veces,
he bailado abrazada a ti cada noche,
hemos hecho el amor lo suficiente
como para que no seas capaz de olvidarme.

Mi abrasador tacto te aturde,
mi aliento de brisa te desquicia,
mi voz te derrumba.
Soy la mujer que anhelas cada día
y persigues cada noche,
la que te embriaga con un beso
y te tumba con un golpe de cadera.

Mi cuerpo es El Cuerpo,
mi mirada La Mirada,
mi voz La Voz.
No intentes atraparme porque no podrás,
sólo me quedaré si me apetece.

Soy libre porque no existo sin amor,
porque cada vez que te amas me dejas de amar
y desaparezco entre la maleza que descuidas.
Vivo y muero cada día, cada hora.
No sabes dónde encontrarme
hasta que ya estoy a tu lado.
Soy todas y soy una,
tengo mil caras y ninguna.

Contigo llego,
en ti amanezco.
Sobre tu piel florece mi piel,
sobre tu beso mi beso.
Conmigo ves aparecer
ante ti el bosque al que temes,
el que disfrutas con miedo.
El viento agita las ramas, ¡no temas!
Es sólo placer, algo de sexo.
Déjame demostrarte mi poder,
olvídate ya del pasado.
No intentes buscar un rayo de luz
que rompa esta intimidad.
En la oscuridad de este sueño
te haré sentir de nuevo aquello
que una vez creíste haber hallado.

Pero en mí no has de buscar
beneficios mundanos,
no los hay.
Mi cuerpo no esconde fruto,
no soy mujer de provecho.

¿Cuántos nuevos rostros
necesitas que te muestre?
¿Cuántos más para que entiendas
que el amor sólo es amor si es inútil?

En tus sueños me intuyes,
en tu vela deserto.
Obligada a mudar cada rato
la humana piel que tan grato
me abriga.

Del amor que me niegas
se alimenta esta eterna
huida a la que condenada
me siento.

Sí,
a ti te hablo,
hombre que ama.
Yo soy poderosa,
yo soy mujer,
yo soy amada.

Mi nombre jamás lo sabrás
porque aquél que conociera mi nombre
podría llamarme cuando le interesara.
Aquél que mi nombre dominara
podría tenerme a su antojo.

Ah…
si supieras que en cada caricia me enredas,
que en cada improvisada sonrisa me pierdo,
que en cada callado beso me olvido…
pero eso sería demasiado decir.

Cierra los ojos, respira tranquilo.
Calla tus labios… escucha.
Siéntate… descansa.

Hoy estoy aquí para que no sufras,
y puede que esta vez me quede para siempre.

(Forma parte de la obra de Teatro basada en monólogos “Corazones Negros”)