Timbales para la eternidad

Nunca supe si las arrugadas faldas de mi novia eran de Adolfo Domínguez o es que en los bares todo el mundo le metía mano. Todas las noches que salíamos a tomar algo me desquiciaban sus incesantes idas y venidas al baño. Entre la multitud (prefería llevarme a bares abarrotados) la excursión al servicio era su aventura favorita. Yo la veía desde la barra, alejándose liviana como una pluma, flotando sobre las miles de manos que debían estar “transportándola” desde abajo, regalando su hipnotizante sonrisa a diestro y siniestro y dejándome con una copa en cada mano y la cara de gilipollas.

No puedo negar que tenía buen tipo, de esos que llaman “ligeramente” la atención, que hacen que los ojos realicen un recorrido ascendente – descendente – ascendente para luego posarse con babeantes pupilas sobre los míos implorando perdón. Siempre tuve la sensación de estar saliendo con la Venus de Milo y la firme convicción de que todo el mundo se creía en el derecho de terminar de moldear su silueta. Lo que más me reventaba era, sin embargo, que a mí casi no me dejara tocarla. Paseábamos, bailábamos, “etc.” (You know what I mean…) pero se ponía terriblemente irritante cuando mis manos descendían más allá de la línea de su cintura. Ahora creo que mi mano se le antojaba obstáculo en su diana, un impedimento a su gratuito y vespertino masaje de glúteos.

Recuerdo con toda perfección la noche en que quise terminar con mi sufrimiento. Me escapé de la barra y me introduje entre la multitud esperando a que regresara del baño. Allí estaba yo, asomando la mano por el pasillo que ya estaba formándose como un miembro más del “Dream Team”, esperando la aparición de Michael Jordan a la salida de vestuarios para la palmadita de rigor. Pedí al pincha, de camino, que me pusiera el “Mambo Number Five”. La gente estaba entrando en faena, comenzando a agitar lascivamente sus caderas y tararear la melodía. Creo que incluso vi a uno escupiéndose en la palma antes de frotarse ansiosamente las manos. Estaba claro que había caldeado suficientemente el ambiente.

Salió de la taza y todos la vimos reflejada en el espejo, dirigiéndose hacia la pila para lavarse las manos. La música cada vez sonaba más alta y empezó a desatarse una especie de histeria colectiva… “A little bit of Monica is what I need!” coreaba la gente mientras comenzaban a agarrarse por los hombros, casi como si estuviéramos ganando la octava Copa de Europa. Todo el bar ya miraba hacia la salida de los baños y, cada vez que salía alguien la gente gritaba “¡¡¡¡¡Uuuuyyyyyy!!!!!” totalmente enloquecida. “’¡Es polaco el que no bote!, ¡eh!, ¡eh!…” seguían coreando, mientras el pincha volvía a subir la música.

Se abrió la puerta y en ese mismo instante el foco que apuntaba hacia la bola de espejos se giró para iluminar la salida del baño. Se había mojado ligeramente el pelo y miraba totalmente de frente, como una auténtica reina de la noche. El pasillo se estrechaba, tanto que si hubiera tenido guardaespaldas habrían empezado a repartir hostias a tutiplén. Comenzó a caminar y por un instante pensé que ella sería pronto presa del pánico, sin embargo, en un par de pasos inició el movimiento de pandero como sólo ella sabía. Su culo era ciertamente lo más parecido a la reencarnación de unos timbales de un “Centro Cubano”. Izquierda (¡ZAS!), derecha (¡ZAS!). Izquierda (¡ZAS!), derecha (¡ZAS!). “¡Dios, como podrá ser tan cerda!”, pensaba. Entonces supe por qué cuando la miraba desnudarse en mi habitación, sus enrojecidas nalgas me recordaban litografías de Andy Warhol.

Mientras estos terribles pensamientos azotaban mi mente, ella continuaba con su recorrido, cual pin-ball rebotando locamente en cada una de las manos que encontraba en su camino. Comenzaba a dudar si tendría el pandero tan duro por el gimnasio o es que siempre estuvo inflamado de tanto azote. Quedaban apenas dos manos para llegar a donde yo me encontraba. En un par de segundos (con sus correspondientes sonidos, cual campanadas fin de año) se situó frente a mí. Giró su cuello, me miró directamente a los ojos y en lo más profundo de su mirada leí un “soy patrimonio de la humanidad” que me dejó totalmente de piedra.

Entonces sentí un impulso nervioso surgir violento de mi cerebelo y abalanzarse hacia mi mano, un latigazo bioquímico de milésimas de segundo que se me antojaron eternas. Me sentí inquilino de mi propio cuerpo, espectador de acontecimientos inminentes que me involucrarían definitivamente en el fatal desenlace. (Evidentemente en milésimas de segundo no se me ocurrieron estas palabras, ¿qué pensáis, que estaba fumao?). En ese fugaz instante cientos de miles de cromosomas  mutaron al paso de la información neuronal, produciéndose una metamorfosis cuando menos peculiar. El RH de mi sangre se tornó negativo, los músculos de mi brazo y de mi mano se amorataron, y cual pelotari “¡ahí va la hostia!” le arreé uno de los mayores azotes de la historia de la humanidad. Si me hubiera visto algún policía me habría metido perpetua por cometer delito contra la ley de conservación del patrimonio histórico-artístico.

Ella se elevó casi cinco metros sobre el suelo, saliendo despedida por encima del pasillo humano que se había formado. Me aparté del gentío y fui corriendo al lugar donde se suponía debía descender. Estaba muy cerca de la puerta, así que mientras llegaba y no (y mira que tardó un rato en caer), abrí con mi pierna izquierda la puerta del bar. Mi brazo seguía amoratado, prácticamente no sentía la palma de mi mano y mi RH estaba más negativo que nunca. Entonces vi que no estaba solo. A mi lado, otras tres personas esperaban la llegada del asteroide con ansiosas ganas de rematar la faena. Metí codo y grité: “¡mía!”. El primer azote no fue nada comparado con el segundo: movimiento ascendente, impulso descomunal y giro de muñeca “spin left”. Salió a través del quicio de la puerta con destino la órbita K-27. Las lentejuelas de sus braguitas iban despegándose durante la ascensión, dejando una estela al más puro estilo “Cometa Halley”.

En ese emotivo momento fui al guardarropa, recogí mi abrigo y me fui a casa. Salí a la terraza y miré al cielo. Mi querido cometa ya no era del todo mío (¿alguna vez lo fue?), pero no estaba triste. Allí seguiría por toda la eternidad, estudiado, admirado y añorado por científicos, noctámbulos y borrachos. Yo, mientras tanto, duermo en el anonimato recordando nuestra última melodía al ritmo del “son sabrosón” de mis timbales favoritos.

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