Archivo mensual: octubre 1999

Prótesis legítima

Mi padre era protésico dental y tenía una máquina de escribir.  Aunque en ambas cosas no era del todo malo, me quedo con la segunda, porque las ficciones que de sus manos salían eran bastante más creíbles. Voluntad nunca le faltó, aunque no era lo que podríamos decir un manitas. Sus reducidos pacientes y escasos lectores nunca nos aventuramos a dar una crítica realmente exhaustiva, quizá porque tampoco era realmente necesario. Los primeros se las apañaban bastante bien. En el aspecto funcional del problema tenían asumido que ya nunca podrían hincar el diente a cosas duras. En el plano estético-personal tampoco. En cuanto a los segundos, entre los que nos encontrábamos familiares y amigos, siempre nos quedaba el consuelo de leernos El Quijote cada par de años.

Mi padre murió hace ya unos años, sin embargo la costumbre de leer a Cervantes la conservo. La historia del ingenioso hidalgo la llevo conmigo cada día, su idealismo me acompaña en todas las empresas que acometo. Pienso que qué mejor escudero para tutelar mis andanzas por este falso mundo que ese infinito optimismo, que esa febril capacidad de transformar la mentira que nos envuelve en otra ficción más verosímil a nuestras miopes entendederas. “Total, si vamos a contar mentiras, tralará…” – me digo.

Su máquina de escribir todavía la atesoro, es mi tótem de la gran burla de la vida. Sus contadas teclas aún recuerdan historias que los demás seguramente habremos olvidado. Su deteriorado carro lleva grabado descoloridos personajes envueltos en problemas banales, que de tanto girar sobre si mismos terminaron por reescribir su propia miseria. Su afónica campanilla hace tiempo que no avisa que la línea llega a su fin. Allí se quedó, en un estado inacabado, sin papel y con la tinta seca.

Sus otros personajes de ficción deben yacer ya bajo muchos metros de tierra, alimentando esperanzas de recios cipreses. Su sabiduría se habrá esparcido, entremezclándose con las proteínas de otros familiares y vecinos enverdeciendo la ladera. Sin embargo, mi padre seguirá allí presente. Su protésica firma perdurará años, quizá siglos, y cuando ni la ladera ni los cipreses presencien el místico atardecer de la ciudad, él y sus miles de enterradas sonrisas continuarán riéndose del destino y de la vida.