Tengo un amigo que dice que marcharse despacio es no haberse ido. Siempre que se lo escucho decir me imagino en una habitación llena de amigos moviendo mi silla poco a poco, acercándola lentamente a la puerta, manteniendo la conversación como si nada ocurriera pero estando cada vez más alejado de la mesa. Un rato más de tertulia y me veo con la silla dentro del ascensor, hablando a voces para que desde el salón me puedan oír. En ese momento sonrío, me digo que estoy un poco loco y vuelvo a la entretenida conversación.
La verdad es que no me gusta marcharme, odio desprenderme de esporádicos instantes de intensidad para ser engullido por la perpetua monotonía. Me cuesta sobre todo cuando soy consciente de esa excepcional intensidad, cuando querría cerrar los ojos en ese mismo instante para llevarme conmigo la inmensidad del entorno. Me duele retornar de momentos excepcionales, casi tanto como saber que no es posible permanecer en ellos. No existe posibilidad alguna de dilatar ni siquiera unos segundos ese momento de auténtica felicidad. En el mismo instante en que te das cuenta de que la vida te está regalando unas gotas de eternidad, intentas cerrar los puños para retenerlas en tus manos pero ya es demasiado tarde. Notas como se filtran entre los dedos y retornan evaporadas al lugar de donde salieron, al insípido transcurrir de los segundos.
Será quizás que estoy siempre de viaje, en una alocada búsqueda de instantes de eternidad consentida, de consciente plenitud. Y que de tanto ajetreo, de tantas idas y venidas resulta que al final creo no haber estado en ningún sitio. Machado decía que el camino se hace al andar, que no es posible volver atrás. En cada singladura, en mi cruzada perpetua, abandono minutos y horas y días que no puedo recuperar. Ese es el precio de mi eternidad, las huellas que no puedo volver a pisar, las miradas que no acierto a dibujar, las palabras que no sé escribir, la brisa que no quiero embotellar.
En mi particular viaje cada estación es incógnita y el camino siempre aburrido. Desconozco cuándo piensa detenerse mi tren, cuándo podré alzar la vista de nuevo para decirme que esta vez ya es “para siempre”, que no tiene sentido proseguir el camino. En el monótono viaje me quedo dormido, anestesiado por la apatía de un segundero silencioso mientras los kilómetros vuelan bajo mis pies. Y cuando el silbato de la odiosa locomotora me despierta y observo tranquilo la serenidad del paisaje, siempre es para avisar que el tren parte de nuevo, mi tren parte de nuevo…
A veces imagino qué haría si pudiera apearme en un instante de felicidad. Bueno, tendría que bajar tan despacito, como dice mi amigo, que el tren no notara mi falta. Entonces pasearía por la estación y compraría una bolsa de gominolas, me sentaría delante de mi cantautor favorito y le pediría que me cantara “de aquí a la eternidad”. Miraría alrededor buscando las cosas que de verdad son eternas, los sentimientos que no están de paso, las amistades que no son pasajeras. Me sentaría en el andén para ver los demás trenes pasar, para sonreír con el pitido de la locomotora y correr al lado de un vagón diciendo adiós con la mano a las miradas amodorradas, gritaría que las espero, que las esperaré siempre y volvería bailando entre el humo del tren que ya se fue para sentarme en mi rincón favorito a disfrutar de otro instante perfecto.
Pero es sólo mi imaginación, porque mi adormilado cuerpo sigue de viaje hacia no sé muy bien dónde. Colocaré de nuevo mi almohada, tiraré un poco del revoltijo de sábanas y mantas y me daré media vuelta. La eternidad me espera, más pronto o más tarde, aunque para mí no haya nada como disfrutarla en vida.
0 respuestas hasta el momento ↓
Todavía no hay comentarios... Empiece usted rellenando el siguiente formulario.