Unos junto a otros, los miles de fibras que forman la alfombra de mi salón se entrelazan delimitando un espacio vital. No soy capaz de saber cuál es cuál. Cada vez que remonto desde uno de sus flecos enseguida le pierdo la pista. En un par de nudos se oculta tras una barrera infranqueable, desaparece por un minúsculo orificio para regresar con un nuevo color. Quiero creer que es el mismo hilo, que no ha conseguido engañarme porque soy capaz de diferenciar su materia prima de sus colores superfluos. Sin embargo, tras un nuevo par de trenzados me asalta la duda. Nuevas tonalidades, nuevas texturas, ¿quién es quién en este rectángulo amigo sobre el que proyectamos tertulias y confidencias?
Me tumbo, boca abajo. Noto todas y cada una de sus imperfecciones a través mi ropa de verano. Desde esa distancia ridícula todo parece más claro. Ya la vista me parece insuficiente sentido, me dejo llevar por el tacto e inicio una nueva excursión entre trenzados y tintes, sumergiéndome y escapando en sus tejidos disuasorios. Quiero conocer su caótica matemática, desvelar cada surco, desatar cada nudo. Me creo en el derecho de hacerlo porque, al fin y al cabo, la alfombra es mía.
Es una práctica que me divierte, imaginar de donde viene y a donde va cada hilo, alegrándome confirmando que no me había equivocado y sorprendiéndome cada vez que yerro. Es entonces cuando aturdido me levanto y la observo desde arriba. Ya no veo los hilos, no con la nitidez de antes. Noto en parte su textura, pero me enamoro del dibujo que conforman todos esos hilos, apareciendo y ocultándose aleatoriamente, coloreando y definiendo una imagen, soportando mis movimientos y haciéndome vacilar en ocasiones, tejiendo y desatando motivos, dejando mi hogar enriquecido aritméticamente de recuerdos.