El rítmico tamborileo de estas calles silencia el latido de mi corazón. Púrpura, negro, palmas y flores adornan los balcones haciéndome viajar hacia la niñez. Ya de vuelta en mi recuerdo veo como todo ha sido siempre así, saetas y trompetas adelantando la llegada de cada paso, de cada estación. Mientras un paso se aleja se mantiene viva la imagen y su triste melodía se entremezcla con otra nueva que lentamente se acerca.
El incienso compartido nos hace vivir en una implícita complicidad. Entre la multitud mi mirada se entrecruza con muchas otras, dando una aprobación que nunca fue cuestionada. Mis ojos escrutan otros, ocultos bajo balanceantes máscaras que pasan de largo, sin ni siquiera preguntarme si sus cuerpos han vivido mi vida alguna vez. Todo ha sido siempre así, y así será por muchos años. La tradición es al fin y al cabo eso.
Las lágrimas de Getsemaní no amargan los olivares, quizá porque son sólo de pascuas a ramos. Un beso en la mejilla no rompe una amistad, aunque sea por unos pocos denarios. Y una corona no hace rey, aunque sea de espinas.
La pasión se vive en el momento y en el momento se da todo lo que se tiene. Cuando el sol se oscurece y las túnicas se juegan a los dados, cuando los sacerdotes se defienden con una estúpida bofetada, cuando los gobernadores se esconden tras una turbia jofaina y cuando las madres lloran por sus hijos sólo acompañadas por los allegados, uno se pregunta por qué esta soledad.
Y si entre la multitud de la acera uno no encuentra una estación en la que quedarse, sólo queda esperar que la siguiente sea más bella, aunque cada paso nos acerque más hacia el calvario.
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