Apretada en el fondo del refrigerador, la mandarina se sentía agria. Eternamente ignorada, su vida se congelaba en un sinfín de días sin sol. Sólo de vez en cuando llegaban a su piel celulítica los pálidos rayos de una bombilla que veía tras los barrotes de la bandeja de los yogures.Las Navidades habían pasado y allí seguía, soportando las burlas y comentarios de los habitantes de tal particular mansión. “Tú no sirves ni para hacer zumo” le había soltado un día un pomelo con su tono particularmente ácido.
En las mazmorras más inaccesibles del blanco castillo, Mandi veía que su vida llegaba a término y pronto comenzarían a reblandecerse sus carnes. Temía particularmente el cáncer de gajo, que comenzaba con una ligera y suave pelusilla blanca y terminaba por tapizar de verde toda su piel. Lo había visto un par de veces en alguna compañera y era sabedora de los efectos que tal mal conllevaba. Una nueva remesa de tomates y sería totalmente aplastada, lenta pero inexorablemente.
Ocurrió que un sábado por la tarde llegaron unos yogurines desnatados no se sabe D’anon’e (léase “de dónde” en gangoso). Venían empaquetados en un vehículo de transporte que anunciaba un fantástico viaje al caribe a cambio de un simple código de barras. Ella no tenía código de barras, pero podía apañárselas para conseguir uno. Con un celador tan despistado, a veces quedaban esos vehículos semidestrozados durante largos días al alcance de la mano (bueno, del gajo). Tuvieron que pasar un par de cenas y por fin pudo hacerse con uno, y cuidadosamente lo introdujo entre dos de sus gajos por un orificio que solo Mandi conocía (joder, no seáis crueles, que habían sido demasiados días sola, y la carne es débil).Ahora sólo faltaba escapar. “La estrategia ha de ser perfecta” se decía. Un fallo y terminaría en el fondo de la bolsa de la basura. Nadie sabría apreciar la laxitud de sus carnes en su justa medida, o al menos, ningún humano livianamente sibarita. Y su celador lo era en gran medida. Con sus cenitas a base de tomatitos y anchoa, sus tórridas fondues y sus pasionales “strawberry cheesecakes”. Tenía que huir y rápido.
En su larga y tormentosa estancia en el “fridge”, como alguna vez le había oído decir al pijillo, era conocedora de la alta rotación de sus okupas, los tomates. No debería decir tacos, pero alguna que otra vez murmuraba “joder, si es que se los come hasta verdes, el muy pederasta…”. Así que decidió hacerse pasar por uno de ellos. “En una tarde de resaca y del color que se me están poniendo las carnes, no será muy complicado”, pensaba.
Y pasaron un par de días y vio nítida su ocasión (la verdad es que son demasiadas tardes de resaca, las de este mamón…). En cuanto se abrió la bandeja, apretó fuerte fuerte hasta que su piel se hizo tersa por unos instantes… Una mano la rodeó y salió del frigorífico. A los pocos instantes ya estaba debajo de un chorro de agua helada. Sintió rejuvenecer sus carnes y un intenso escalofrío sacudió su cuerpo. Un par de meneos y ya estaba encima de una tabla de madera.
Entonces un brillo cegador la sobrecogió. Un terrible y afilado cuchillo se acercaba rápidamente y no veía escapatoria. Rápidamente se hizo a un lado y salvó el primer envite. Otro quiebro y salvó el segundo. “Joder con el tomate”, oía decir, pero ella seguía concentrada (que es lo contrario de recién exprimida, según le habían dicho). “Un par de envites más y desistirá”, pensó. El filo esta vez se acercó por el centro. No había escapatoria. Entonces sacó el código de barras que llevaba enrollado dentro y le hizo frente. “¡Atrás mamón!” gritaba, con un estilo que recordaba ligeramente al Zorro Banderas. El cuchillo no entraba y Mandi se sintió “heroína”.
Entonces el celador sacó una cucharilla, colocó a Mandi encima, puso el mechero debajo, rompió el precinto de una jeringuilla, la aspiró suavemente y se metió un viaje. No es el caribe pero es la hostia.
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