Palabras ||||||| Bautista Nicolás

Donde duermen los sueños

Diciembre 1, 1998 · Deja un comentario

Se despertaba minutos antes de salir el sol. Desde la temprana oscuridad, su cuerpo se predisponía para dar la bienvenida a los primeros rayos de la mañana. Al igual que las hojas del árbol que bajo su ventana se erguía, sus brazos se acomodaban con un suave vaivén, preparándose para no desaprovechar ni el más fugaz reflejo de luz, convirtiendo los livianos segundos del amanecer en un cotidiano milagro.

Invadiendo lentamente su habitación, esos primeros rayos bañaban su cuerpo y ella los sentía frescos y suaves como rocío bajo los pies, los oía inesperados y joviales como la melodía de un joyero, los soñaba negros y profundos como negra y profunda era la angustia que la invadía al abrir los ojos. Presa en su propia pesadilla, vivía sin poder hallar el lugar donde duermen los sueños.

Día tras día muchas eran las sensaciones que se sucedían, sensaciones que para la mayoría pasaban inadvertidas. Ella, sin embargo, esperaba siempre al acecho, cazadora y devoradora de imágenes invisibles. Con el paso del tiempo llegó a sentirse orgullosa de su capacidad para conocer y memorizar su alrededor, convirtiendo la casualidad de cada evento en una simple rutina.

Y año tras año retornaban del oculto baúl las ilusiones perdidas y las promesas falladas. Y cada 6 de Enero el odio de su niñez se tornaba en pena y dolor que hacían más negra y ciega su altiva mirada.

Con la esperanza olvidada, ocurrió que un 5 de Enero del Año del Despertar, paseando por las calles de su ciudad natal, cercana la medianoche, algo se interpuso entre su bastón y los húmedos peldaños del portal. Tanteó durante unos segundos hasta que una voz la sobresaltó:

-¿Quién se atreve a perturbar mi sueño? – exclamó desde el nivel del suelo.

- No sé quién es usted, pero este es mi portal y usted no puede estar aquí durmiendo – replicó.

– Llevo mucho tiempo esperándote, tanto, que mis compañeros me han abandonado– y añadió: –Estoy aquí para hacer realidad tu deseo, si es que todavía tienes fe.–

No sabía a cuento de qué venía eso, pero la broma era de evidente mal gusto.

– Digamos que no quiero amargarle más la noche. Márchese de aquí y no llamaré a la policía – contestó y seguidamente cerró el portal de un portazo.

Esa noche apenas durmió. No podía apartar de su mente al hombre que se había encontrado en el portal. – Debería haberle preguntado su nombre, al menos me habría quedado más tranquila – pensó.

Y entre sueños y pesadillas escuchó el sonido de su viejo despertador, y por primera vez en toda su vida, permaneció en la cama ocultando su cabeza bajo la almohada. Y pasados unos minutos sintió cómo, de nuevo, un cálido y suave bálsamo bañaba sus piernas, cómo una inesperada y jovial melodía endulzaba sus oídos, y al apartar la almohada, una blanca y radiante luz encendía sus ojos, atravesando la ventana que tantas veces sus ojos habían soñado.

Se incorporó de un salto y se colocó frente al cristal. El horizonte era más profundo de lo que creía. Bajó su mirada deteniéndose en el árbol al que tantas veces había imitado y que se elevaba mostrando sus desnudas y brillantes ramas, ligeramente congeladas. –Por esta vez no te tengo envidia- pensó. Entonces prosiguió su recorrido visual por la calle, intentando imaginar al hombre que la noche anterior dormía en su portal. Sin embargo, allí no había nadie.

Se puso el abrigo y bajó a la calle. No había nadie en la puerta de su casa, pero en su paseo encontró muchas personas en lugares a cuál más inhóspito, y a todos ellos despertó preguntándoles si la conocían y cuáles eran sus nombres, pero no halló ninguna información que de algo le sirviera. Y cuanto más se alejaba de casa, más vagabundos se encontraba. Sin embargo, ninguno de ellos le proporcionaba ningún tipo de pista. Dio la vuelta y cabizbaja inició su regreso a casa.

Fue entonces cuando en un acto reflejo cerró sus ojos, olvidando el milagro que había sucedido. Habían pasado tantos años que conocía el camino sin necesidad de bastón, sin embargo en su recuerdo no era capaz de situar a todas aquellas personas que tantas veces allí habían estado y que ella no había sido capaz imaginar. Orgullosa como estaba de su capacidad de reconocer su entorno, no había reparado en aquellos que tantas noches habían dormido al abrigo de esquinas, portales y aceras. Y sintió lástima de si misma.

Entró en el portal y en las escaleras se tropezó con un abrigo. Intrigada lo recogió y tanteó en los bolsillos. Su corazón se sobresaltó al sentir un áspero papel totalmente perforado. Lo sacó suavemente, desdoblándolo mientras abría los ojos. En él no había nada escrito, sin embargo sus dedos no opinaban lo mismo. Cerró de nuevo los ojos y con una suave caricia recorrió la primera línea, que rezaba: “Queridos Reyes Magos…”

Categorías: relatocorto

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