Octubre me ha invitado a jugar con los vidrios empañados de mi habitación. Este año ha comenzado lluvioso y la humedad suele darme los buenos días con los primeros brillos de la mañana. Noches húmedas y mañanas soleadas, sueños tibios y despertares prometedores. Hace mucho que no pinto corazones en los cristales, pero mi corazón no está triste, es sólo que hace tiempo que nadie me ayuda a terminarlos. Ahora pintaba soles y nubes y lunas. Cuerpos celestes y abstractos, sueños imposibles que nunca sabía si podría hacerlos realidad.
El amanecer definitivo llegó hace apenas unos días. Fugaz y doloroso surgió de entre la nada para robarme la máscara y empujar mi cuerpo al universo de los sueños. Desnudo, magullado y agradecido he asimilado el mensaje, rudo en formas pero nítido en contenido. Hasta que el destino no te toma por el cuello y te grita que no tienes derecho a malgastar tu vida no prestas atención a las palabras que suele susurrarte al oído. Quizás es que nunca tuve un profesor como Robin Williams que me susurrara “Carpe diem” delante de una foto de ex-colegiales en blanco y negro.
Ahora el destino soy yo y yo os digo que todo merece la pena, que las preocupaciones cotidianas no lo son y que las lágrimas estúpidas son sólo eso, estúpidas. Si los sueños te persiguen, frena, y si persigues ilusiones, acelera, que sólo se vive una vez y no siempre el calendario tiene hojas suficientes.
Acumulamos diarios con anécdotas insignificantes, fotografías descoloridas y recuerdos borrosos mientras dilatamos la marcha hacia la aventura de nuestra vida. Escribid historias fantásticas, fotografiad los paisajes más bellos y recordad que las mejores páginas de vuestra particular historia suelen ser las que todavía no habéis escrito.