Archivo mensual: septiembre 1998

El ancla te la olvidaste

Agitado y rebelde el viento del otoño sopló de tramontana. Azotando los mares, entró en calas y puertos para advertir de su poder a marineros intrépidos, gritando desde el horizonte que el verano había terminado. El tiempo de jugar a ser niños sonaba ya a cuentos de ancianos pobladores, orgullosos de devolver el mediterráneo a sus oriundos navegantes. Rudos y aguerridos, los pescadores sintieron erizar su vello al timón de sus pequeñas y envejecidas embarcaciones, sabedores de los peligros que la mar les deparaba. Sin embargo su gallardía no era fruto de la obstinación sino más bien de la necesidad. Los puertos pronto se hallaron repletos de veleros que soñaban volar durante el verano.

Hubo emociones que latirán fuerte en el recuerdo, anécdotas que renacerán en tertulias y morirán en almohadones cálidos. Pero también hubo sueños que se hicieron realidad y no morirán nunca. El otoño los había envuelto de colores y olores embriagadores y el viento los esparció hacia otros mares y otras playas más bellas si cabe. El barquito de velas de plata y timón inquieto siempre quiso ser ave. Y voló.

Nunca fue barco de un solo mar ni rumbo de un solo puerto. Con sus velas siempre desplegadas, Maravillas había enamorado a todos los que en él alguna vez habían reparado. Engalanado con nuevas y relucientes ilusiones para el periodo estival, era ciertamente envidiado, si bien que sanamente, por sus compañeros de travesías y piraterías inocentes. Niños jugando en la mar.

El otoño había llegado y con él había partido. De tramontana sopló invitando a hacer realidad los sueños, y las velas de plata, desplegadas como nadie recuerda ni recordará, se elevaron llevándose al pequeño barquito hacia lugares de los que no se vuelve. Las oscuras golondrinas no volverán, pero a mi no me importa. Ni las tupidas madreselvas, ni la madre que las parió. Sólo me queda esperar, que del recuerdo y de los sueños cálidos de almohadones de pluma y algodón no se vive pero tampoco se muere.

No sé si el rumbo seguirá inquieto o si el viento cambiará o tal vez todos volemos algún día o yo qué sé. Si sé que en lo profundo, en los azules marinos de algas y arenas y corales hay una pequeña y dolorosa ancla que nos recuerda que hay huellas que no se borran y pasados que no lo parecen. El ancla te la olvidaste, pero para volar, mejor ir ligero.

(Texto de despedida de trabajo de Alicia)