Palabras ||||||| Bautista Nicolás

Recuerdos de un verano inolvidable

Julio 1, 1998 · Deja un comentario

Cuando cierro los ojos todavía puedo sentir su perfume.  Apoyada y ligeramente inclinada sobre la barandilla del paseo marítimo, su silueta se insinuaba a través del vestido invitándome a permanecer unos instantes alejado, de forma que la luz del atardecer me permitiera contemplar su cuerpo en todo su conjunto.

Sabía perfectamente lo puntual que acostumbro a ser, pero siempre acudía a nuestras citas unos minutos antes y me recibía como si no esperara mi llegada. Yo la veía bastante antes de llegar, de espaldas y con la cabeza levemente girada hacia el sol. Al salir del apartamento siempre apresuraba mi paso hasta llegar a la avenida que desembocaba en el paseo, ansioso por comprobar que ella no había faltado a la cita. Ya desde la avenida, su cuerpo destacaba sobre la gente que se había animado a salir a pasear al lado de la playa, y era precisamente allí donde aminoraba mi marcha para deleitarme. Eran los minutos más emocionantes del día y el acercarse lentamente los convertía en más excitantes si cabe. Cualquier persona que la observara por detrás pensaría que estaba admirando la puesta de sol, refrescando la bronceada piel con la brisa que solía levantarse al caer la tarde. Sólo yo sabía que sus ojos esperaban cerrados mi llegada, que su cuerpo, aferrado al pasamanos, solicitaba mis brazos a su alrededor.

El pelo recogido en un alborotado moño facilitaba el primer contacto. Unos labios, los míos, despertaban sus ojos con un suave beso en la nuca mientras sus brazos, libres ya de la seguridad que la barandilla proporcionaba, se aventuraban a rodear mi cintura. Su cara ya no apuntaba hacia el horizonte, se había vuelto para recibir mi boca y así, en un fugaz y eterno beso comenzaba cada noche nuestra particular aventura.

Hoy, ya de vuelta, no recuerdo cuáles fueron esas aventuras, sin embargo no puedo olvidar que el comienzo de cada una de ellas fue siempre el mismo, y que ese comienzo, me acompañará durante todo el invierno.

 

Son of a beach!

(Que no es una canción cubana tipo Gloria Stefan sobre la playa sino un juego de palabras)

 

Hace ya quince días que estoy de vuelta de las vacances y todavía no sé de dónde viene esa peste. He lavado toda la ropa y no consigo eliminarla. Lo peor es que con los efluvios me acuerdo de la jodida gorda contoneándose como una foca en la barandilla de la playa. Embutida a presión en ese vestido, sus michelines se transparentaban de tal manera que siempre dudaba si acercarme o marcharme corriendo en dirección contraria. La puesta de sol y ella delante era como un eclipse solar.

Por más que intentaba llegar antes que ella para no sufrir semejante cuadro, ella debía verme llegar desde algún sitio, porque cuando me acercaba ya estaba la jodida estatua de Botero en la playa. Y encima se hacía la loca. Con el inmenso pandero hacia mí y de perfil, como si por un casual me fuera a equivocar con otra… Salía del apartamento apesadumbrado, preguntándome cómo podía haberme comido eso la otra noche, con paso lento y vacilante, pero al llegar a la avenida desde la que se adivinaba la playa (porque lo que es ver…), y la veía, echaba a correr para que la gente no me viera llegar. Y es que desde la avenida, su cuerpo destacaba sobre la multitud como una ambulancia del SAMUR en un dormitorio oscuro. Cuanto más cerca estaba, más deprisa corría para apartarla del paseo. No quería que la gente me viera llegar pero montaba unos atascos en la acera que la gente pensaba que había un show en el medio (y más gente que se apelotonaba alrededor). Si hay un momento que aborrecía del día era entrar en el jodido espectáculo marítimo y llevarme al elefante marino. (Había niños que hasta lloraban). Lo peor de todo era que casi no podía abrir los ojos de lo gorda que estaba y que su piel brillaba como un langostino escaldado. No había forma de hacerla entender que su cuerpo no se bronceaba, que por más que se echara aceite, lo único que iba a conseguir era parecerse cada vez más a una señal de STOP de autopista. Pues allí estaba, agarrándose al pasamanos y apoyada sobre el abdomen, ocultando los adornos de la barandilla entre los michelines.

Su pelo era como una escarola atada con una goma de oficina, dejando al descubierto una peasso colleja que invitaba a cebarse. Al llegar no podía reprimirme (¡ZAS!.  ¡ZAS!, ¡ZAS! y ¡ZAS!). (Había que igualar el color del cuerpo con el del cuello). Entonces soltaba de una puta vez la barandilla y me agarraba por la cintura hasta elevarme por encima de la gente. Me subía y me bajaba mirándome como si fuera un bollo de nata montada. Cuando abría la boca, sólo se oía una cosa…  (me había ido por la pata abajo…)

Ya desde Madrid, no recuerdo otra cosa que la llegada al paseo marítimo. Me queda todo el jodido invierno para poder olvidarlo… No sé si me quedarán fuerzas…

Categorías: relatocorto

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